Nueva Polonia, nuevo terreno: Historias del Estadio Nacional de Varsovia

Artículo publicado el 15 de Septiembre de 2011
Artículo publicado el 15 de Septiembre de 2011
Un nuevo edificio se alza estos días en el anárquico skyline varsoviano: el estadio nacional. Más tarde de lo planeado, pero a tiempo para el Campeonato Europeo de Fútbol de 2012, debe abrir sus puertas en este año. El caro y controvertido proyecto de construcción crece a la orilla del Vístula, en un lugar con un gran significado histórico.

En el polvoriento suelo de la enorme obra yacen las huellas de las máquinas de construcción. Delante del ovoide rojiblanco del estadio en el lado sur, donde comienza nuestra visita, resalta, entre las excavadoras y las hormigoneras, la estatua de tres deportistas atléticos como un ente extraño. Sus caras de ángulos cerrados están dispuestas hacia el oeste. “Lo llaman Los que huyen descalzos del este”, cuenta Jarek Dabrowski, guía turístico urbano desde hace 23 años y varsoviano desde hace 72. La estatua presidía, hasta el comienzo de la obra en 2008, la entrada sur del “estadio del 10ª aniversario del manifiesto de julio”, que se construyó poco después de la segunda guerra mundial sobre los escombros de una Varsovia destruida. “Era la lápida del cementerio de la ciudad”, explica Dabrowski. La excusa para su construcción fue un acto de propaganda socialista: el “5º festival de la juventud y de los estudiantes”.

Paradójicamente, el estadio “X-lecia” (contracción del nombre antiguo en polaco, Dziesięciolecia) se hizo famoso por un acto de protesta contra el régimen: el profesor de filosofía Ryszard Siwiec se autoinmoló, quemándose en público para manifestarse contra la represión violenta de la primavera de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia. El suceso se ocultó: no se dijo ni una palabra en los diarios. Después del fin del comunismo, el realizador Maciej Drygas rindió un homenaje tardío al mártir con el documental Oíd mi grito.

Estadio Solidarnosc

El estadio también sirvió de escenario para un legendario acontecimiento de crítica al régimen: “cuando nuestro Papa hizo una misa en 1983 en el estadio, lo jalearon como a una estrella del pop”, cuenta Jarek Dabrowski, quien estuvo allí entre los 1,5 millones de espectadores. “Cuando sacaban alguna bandera clandestina con el emblema de Solidarnosc, rompían los vítores. La multitud era un mar de estandartes rojiblancos. El Papa Juan Pablo II dio su bendición al por entonces sindicato clandestino. Apoyó su lucha por la democracia y la independencia, que ganó seis años después.

Inicio del maratón en el estadio Dziesieciolecia, 1980.

Al igual que el sistema político, los fundamentos del estadio a la orilla del Vístula acabaron cediendo en los años 80 y se derrumbó en 11 meses. Encima, mostró carencias prácticas: debido al largo camino que había entre los vestuarios y el campo de juego, se tuvo que doblar el tiempo de descanso en los partidos de fútbol. No tenía iluminación, por lo que “se dispuso una fila de coches a lo largo de la pista que la iluminaban con los faros”, explica Jarek Dabrowski.

“Se podría haber hecho una montaña con los escombros de las ruinas!”, cuenta entusiasmado el guía turístico. Su propuesta se escribió en los titulares del diario local Super-Ekspres, aunque la ciudad la rechazó. Tampoco tuvo éxito un grupo de arquitectos que quiso proteger el estadio como un monumento histórico por su significado histórico y su arquitectura. Al ser nominadas candidatas Polonia y Ucrania para acoger el Campeonato Europeo de Fútbol, se decidió construir un nuevo estadio sobre las ruinas del anterior.

De mercado ruso a objeto de prestigio

“Se podían prestar películas rusas y en bares diminutos había platos vietnamitas y cocktails de judías y fruta: de lo más raro”

Pero no sólo el edificio fue víctima de esta decisión. A principios de los noventa se abrió un mercado al aire libre en el descampado alrededor de las ruinas y en la loma del estadio. Los comerciantes venían de Polonia, los países vecinos y Vietnam. El nombre “Feria Europa” era tan prometedor de modernidad que en seguida empezó a llamarse “Mercado de los rusos”. Todo lo que estaba a la venta se podía convertir en dólares. “Armas, perros, lavadoras: se podía comprar de todo lo que había en el mundo por poco dinero”, cuenta una varsoviana. Los vendedores ilegales susurraban: “Vodka” o “cigarrillos” y ofrecían productos que habían importado de contrabando a través de la frontera del este. “¡Quiéreme sólo a mí!” , susurraba un vendedor. “Quería venderme una copia ilegal de una película con ese título”, recuerda la estudiante Ewelyna. “Se podían prestar películas rusas- explica- y en bares diminutos había platos vietnamitas y cocktails de judías y fruta: de lo más raro”. Ewelyna echa de menos la feria anual: “no volverá a haber algo así en Polonia nunca más”, dice. Ella piensa que el nuevo estadio es puramente un elemento de prestigio.

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En el lado norte de la obra, ante las entradas de la estación de tren Stadion, hay algunas casetas cubiertas con lonas de plástico. Los últimos restos del mercado. Los compradores se apretujan en las entradas, cuyos suelos están cubiertos con cartones para proteger del barro. Furtivamente, me ofrecen “papieroski” (cigarros). Falsificaciones de tejanos y suéters de poliéster ondean como banderas al viento. En un puesto con parrilla hay café y filetes. Una vendedora cuenta que también se va a eliminar las paradas de restos del mercado cuando comience el Europeo. Al igual que otros miles de vendedores, tendrá que buscarse otro puesto: “era fácil encontrar trabajo en la feria anual”, dice. Por un lado, se ha ofrecido como alternativa trabajo en un centro comercial nuevo en el que ahora se sitúa el mercado. Aunque el complejo es muy pequeño y está demasiado lejos.

“Cuando Polonia esté en el centro de atención durante el Europeo de 2012, el país tiene que estar bien representado. La Feria Europa era un montón de basura”, opina un chico que está esperando el autobús. “Pero mire bien eso!”, me pide haciendo un gesto con el brazo que engloba a los rudimentarios chiringuitos, los vendedores y los suéters de poliéster. Como él, muchos varsovianos se alegran de que los “Brudasy”, los guarros, por fin se hayan ido. “Estoy orgulloso de nuestro nuevo estadio”, dice. “Es un símbolo de que Polonia es hoy un país europeo”. Al fondo destaca en el cielo el Stadion pintado con los colores nacionales. Desde donde estoy, parece como un ovni de otro tiempo.

Fotos:  Portada  (cc)Zaykoski/flickr; Texto: ©Johanna Meyer-Gohde; Carrera de maratón (cc); Exposición Socialismo/flickr; Vídeo: (cc)Youtube