Obama, Cameron, Trierweiler y Cía.: derecho a mostrar los hombros

Artículo publicado el 10 de Septiembre de 2012
Artículo publicado el 10 de Septiembre de 2012
El papel de primera dama —toda una americanada reconocida— resulta difícil de parangonar en Europa. Y es que no solo hay disparidad de sistemas (¿nos quedamos con la compañera del presidente o la pareja del primer ministro?), sino también diferencias culturales: allí parecen prestarse a la cámara y al anfiteatro; aquí, a su autonomía.
Unas muestran subordinación, otras se entregan desde su independencia.

“Esta noche estoy aquí como esposa, madre y abuela, como estadounidense, para lanzaros este solemne compromiso: este hombre (Mitt Romney) no fallará”. Así es como, envuelta en un vestido bermellón y al ritmo de una versión de My girlde The Temptations, la candidata a primera dama estadounidense, Ann Romney, abandonó de la mano de su marido la convención republicana celebrada hace unas semanas en Florida. Días más tarde, Signed, sealed, delivered, I'm yours de Stevie Wonder daba la bienvenida a Michelle Obama en la asamblea demócrata. Subió con los hombros al descubierto, sentenció que su esposo “cree en que las mujeres son más que capaces de decidir por sí mismas en cuanto a sus cuerpos y su salud” y se marchó por donde vino ella sola. Aunque bien es cierto que también rindió culto a su marido, a diferencia de la encorsetada Ann, habló como mujer y no como devota esposa.

¿Se dan estas polaridades en las primeras damas de Europa? Lejos de los atavíos de Cherie Blair, los harenes desconocidos por Veronica Lario y las parodias de Carla Bruni sobre Jacqueline Kennedy, una nueva generación de consortes europeas parece amanecer. Su autonomía marca la diferencia. Tal es el caso de Elvira Fernández Balboa: de perfil bajo, se la ha definido como una madre católica, que en sus ratos libres escucha música a través de Spotify y que, en el alejamiento de la agenda política de su marido, Mariano Rajoy, busca proteger a su familia. Por la misma senda camina Elsa Antonioli. Harta de tanta velina, Italia parece estar más que satisfecha con la esposa de Mario Monti: descrita como una mujer “a la antigua, sobria, fiable y reservada”, Antonioli es comisaria de la Cruz Roja en Milán. Nada que ver con aquella época en la que la jefatura del gobierno italiano estaba relacionada con expresiones como bunga bunga.

Las dos primeras damas durante una visita oficial a los Estados Unidos.Sin embargo, este comedimiento no es extensivo a las otras primeras damas europeas. Es el caso de Samantha Cameron, esposa del primer ministro británico e hija del aristócrata sirReginald Sheffield. Probablemente el delfín que lleva tatuado en el tobillo no la convierta en una rebelde, pero su supuesto “I fucking hope not” cuando le comentaron que su próxima mudanza sería hacia el número 10 de Downing Street demuestra que posee cierto carácter —o credibilidad callejera, según afirman en el Reino Unido—. Igual de lenguaraz se revela la compañera de François Hollande, Valérie Trierweiler. Al memorable tuit que lanzó contra la ex de su actual pareja, hay que añadir la contestación con la que replicó vía Twitter al expresidente francés: “Sarkozy no sabe qué es el periodismo independiente”. Menos sediciosa, pero con similar energía se muestra la esposa del primer ministro polaco, Małgorzata Tusk. En un parlamento donde las diputadas suponen el 20% y un senado que acoge apenas un 8% de mujeres, Tusk lucha por la paridad a fin de que las ciudadanas polacas se animen a participar en la política del país.

Pese a que cada caso tiene su particularidad, parece haberse establecido una especie de dicotomía entre las primeras damas —y no solo europeas—. Superada la imagen edulcorada y asociada a las obras caritativas, entre las mujeres de los jefes de gobierno actuales hay quienes continúan en la privacidad de su vida previa, aisladas de la esfera pública por voluntad propia, y aquellas que manifiestan abiertamente su sustento hacia la figura política de su marido. Y todas ellas desempeñan este papel sin renunciar a su individualidad, a su independencia, a su pensamiento libre, a sus imperfecciones ante tanta cosificación y tanto corsé. En definitiva, como Michelle, sin renunciar a su derecho a mostrar los hombros.

Imágenes: portada, (cc) Tiffany.Ann.M/Flickr; texto, (cc) Medill DC/Flickr. Vídeo: euronewses/YouTube.