Obituario: Alfabetos, mariposas e Inger Christensen

Artículo publicado el 2 de Febrero de 2009
Artículo publicado el 2 de Febrero de 2009
¿Por qué aprender Galés? De todos modos, todos hablan inglés. ¿Por qué aprender el impronunciable flamenco, el finés imposible, el catalán seguro de sí mismo o el minúsculo danés? Pero, cuando la poetisa experimental danesa murió el 2 de enero de 2009 en Copenhague, un idioma perdedor perdió a su voz más hermosa

No me gusta especialmente leer a Shakespeare. Me parece demasiado anticuado, demasiado teatral. Lo ‘divertido’ de hecho no tiene tanta gracia. Leer a Herman Hesse se te hace trabajoso: te colma de verdadera satisfacción al haber acabado. Nunca leería dos veces el mismo texto de Umberto Eco. Pero los versos de la poetisa danesa Inger Christensen se asemejan al tipo de música maravillosa que te engancha, que te fuerza a volver a pulsar el botón ‘repetir’ hasta que tu compañero de piso vuelva a casa (aunque sea cosa de adolescentes). El tipo de música que consigue que quieras contárselo a todo el mundo. Vaya si le he hablado a la gente de Inger Christensen, nacida en la costa este de Dinamarca, en Vejle, en 1935. Mi estima por su obra era tan del dominio público que me enteré de su muerte el 2 de enero de 2009 por un comentario recibido en Facebook.

La mujer del alfabeto

Esta antigua profesora de arte, con un hijo, murió a escasas tres semanas de cumplir los 74 años. Con ella, mi lengua materna perdió a su voz más bella. Desde entonces se ha encaramado a la cima de las listas danesas de ventas. Los medios de comunicación rebosan programas, artículos y homenajes. “Tuvo todos los reconocimientos excepto el premio Nobel”, dicen. No alcanzo a entender lo que quieren decir.

(Foto tomada en Steffansgade, Nørrebro, por .susanne/ Flickr)

Había reinado la calma. Christensen no había publicado poesía después de su obra maestra de 1991 Sommerfugledalen ('Valle de las mariposas'). Tras sus dos obras maestras anteriores, el poema semipolítico de 239 páginas Det ('Ello', 1969) y su encantadora revelación internacional Alfabet ('Alfabeto', 1981), en las que ponía a prueba su poesía con estrictas estructuras matemáticas, lingüísticas y alfabéticas, Valle de las mariposas llevó su poesía, y la poesía danesa, a nuevas cimas.

Con su última obra, el Valle de las mariposas, la poesía danesa alcanzó nuevas cimas

Valle de las mariposas se presenta bajo la forma de un ‘soneto redoblado’. Lo que es lo mismo, una secuencia de 15 sonetos, en la que el último verso de cada soneto es el primero del siguiente lo que hace de los 14 primeros sonetos un ciclo. El número 15, el soneto maestro, está compuesto a su vez de todos los primeros versos, en el orden correcto por supuesto. ¿Complicado? Búscalo en Google. La impresionante y rígida estructura hace que el poema sea prácticamente intraducible a causa de la multitud de rimas y de la intertextualidad entre los sonetos. Cuando lo leí por primera vez, cautivado sentado en mi silla, estaba convencido de que todo lo que sabía sobre la evolución del idioma y etimología (que tengo que admitir que no era mucho) era solo un sinsentido. Esta experiencia, tan perfecta en forma y contenido, no era tan solo un puzle de fonemas al azar combinados en un verso bonito. Era la razón misma de que el danés hubiese evolucionado hasta su estado actual. Como si todas las palabras que Christensen empleaba no existiesen antes de que ella les hubiese dado forma, ligándolas en oraciones, y amarrándolas en versos y sonetos y este tipo de cosas.

¿De qué escribió?

Lo estricto de la forma es tan impresionante que los que describen la poesía de Christensen a menudo se olvidan de mencionar su significado; ¿de qué escribió? ¿Sólo de mariposas y alfabetos? Bueno, por ahí empezó. Pero ninguna de sus obras poéticas trata sólo de unos pocos temas. En todo lo que escribió incluyó el universo entero y todo lo que contiene, la vida la muerte, el amor, la pena, la alegría, la amistad, la locura, el arte, la naturaleza, los sueños, los recuerdos, la realidad y el resto de lo que se puede nombrar o a lo que se puede aludir.

La poesía de Inger Christensen en sí misma, es razón suficiente para aprender danés

Me consta que la ocasión requiere una muestra de sus palabras, un fragmento de un poema, o tan solo un verso. Pero me faltan las fuerzas. Leo las traducciones al alemán o al inglés y se parecen tanto al original como Mi Pequeño Poni a un caballo de verdad. ¿Así que por qué aprender flamenco, o finés o catalán? La verdad es que no lo sé. Pero el danés, esa lengua basta, desagradable, de las llanuras del norte, guarda un secreto. Un secreto cálido y confuso. Cuando un idioma de perdedores pierde a su voz más hermosa, le damos gracias a Dios de que los libros todavía estén con nosotros. Porque, aunque Inger Christensen nos haya dejado hace un mes, su poesía por sí misma, es razón suficiente para aprender danés. O por lo menos intentarlo mientras estás de Erasmus en Copenhague.