Occidente, pizza e Islam

Artículo publicado el 11 de Junio de 2003
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Artículo publicado el 11 de Junio de 2003

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Cuando una pizza te hace entender que la democracia es universal, que es un bien que no se exporta, y una oliva te abre la mente.

La mejor pizza que he probado en un mesón del Trastevere en Roma estaba hecha con tomate y mozzarella napolitanos, harina ucraniana, alcaparras tunecinas y olivas sirias. Además, he descubierto que en el museo bizantino de Abruzzo se conservan espléndidas lámparas de aceite fabricadas en Egipto, tal vez de los magníficos pizzeros que han conseguido que me chupe los dedos...

Hay enfrentamientos, pero no civilización

¡Las culturas se enfrentan sólo en las revistas comprometidas! Viven de los cambios y flujos más o menos bidireccionales. La relación de Europa y Occidente desde hace siglos con el mundo islámico no es sólo de alcaparras y olivas: desde los números a la brújula, desde centenares de voces léxicas a la contaminación arquitectónica, nunca la frontera ha sido tan efímera. Las culturas, de hecho, caminan con los pies de personas que viajan, estudian, se enamoran y matan, y no pueden reducirse a continentes estancos. He aquí la razón por la que el que tras la guerra fría las relaciones internacionales (y, por tanto, las relaciones de la Europa mediterranea) se vean dominadas por los enfrentamientos entre civilizaciones, es sólo una forma equivocada de responder a la cuestión que se ha puesto sobre la mesa, del modo más dramático posible, con el ataque del 11 de septiembre. Hay enfrentamiento, pero no se trata de un enfrentamiento de civilizaciones. El enfrentamiento es político.

Mientras los jóvenes de El Cairo están dispuestos a ser mártires...

El aceptar la tesis del enfrentamiento cultural entre Occidente y el Islam no sólo se contradice ante la evidencia de un proceso de globalización que amplía la contaminación recíproca entre las culturas y nos lleva a un concepto de “civilización” privado de todo sentido, sino que significaría la aceptación de un dato inmutable, en cuanto cultural, como el espíritu de los pueblos de Montesquieu o la superioridad de la raza aria, que alguien calificaba: un enfrentamiento existente, inminente, necesario, incontrastable y, por tanto, sin vencedores. No sería el fin de la História, sino el fin de la Política.

Sin embargo, el enfrentamiento es político y se refiere a la democracia, la propia y la de los demás, para los que la disfrutan y para los que están privados de ella. De hecho, la raíz de todas las diferencias políticamente relevantes entre las dos orillas de este lago que es el Mediterraneo es la democracia, orgullo de Europa y fantasma de las nuevas satrapías petrolíferas. Y bien visto, el terrorismo es uno de los hijos de la falta de democracia o de la antidemocracia. Si está prohibido, como en todos los países islámicos (incluso en los más moderados) constituir una asociación, organizar una reunión pacífica, leer un periódico que no pertenezca al gobierno del momento, y el único lugar de reunión social es una mezquita, no es tan difícil entender por qué en El Cairo (¡no en un campo de refugiados palestinos!) en un solo día 400 estudiantes universitarios se han declarado dispuestos a convertirse en mártires en el nombre de no sé qué versículo coránico.

Si la UE quisiese adherir... a la UE

Durante la guerra fría Occidente se ha permitido cerrar los ojos (en su postura anti-comunista) ante la confrontación de los diferentes regímenes no democráticos. El 11 de septiembre y sus consecuencias deben y pueden abrir los ojos y hacernos ver que el enemigo de nuestro enemigo no es necesariamente un amigo. Hoy en día, la palabra democracia ya no puede seguir teniendo el sentido ideológico al que la reducía, en ocasiones, el equilibrio de Yalta. Hoy la palabra democracia puede ser una oportunidad concreta y sobre la cual se debe fundar la relación de Occidente consigo mismo y con el Islam.

Europa puede ponerse a trabajar para que desaparezcan los obstáculos que impiden a millones de hombres y mujeres ejercitar sus derechos y deberes, que no son sólo el resultado de la cultura occidental, y que no han sido proclamados por ningún profeta, sino que son el resultado de un pulso trágico que ha tenido lugar al buscar la perfección a través de la cual se reconoce la inexistencia. Se trata de que los hombres y mujeres del mundo islámico puedan elegir la democracia.

Pero todo esto será posible siempre que la democracia no sea el centro de las preocupaciones de Europa, en su propia casa. Europa no puede predicar la democracia mientras exista la paradoja de que la Unión Europea debe cerrar las puertas a... en la Unión Europea, por la falta de respeto a las normas democráticas. Se trata de dar a los europeos la democracia prometida desde hace 60 años.

Ésta es la razón por la que no sólo la pizza, sino también la política, podría unir las dos orillas del Mediterráneo en nombre de una democracia que no es un bien que se exporte, ni una declaración de principios del que predica bien pero no se aplica lo que predica. Una democracia que nos permita dialogar con nosotros mismos y con el Islam, una democracia que deje de ser puramente ideológica. Una palabra, Occidente, que se escriba con “o” minúscula. Como dice Adriano Sofri. Como cuando escribimos la palabra “oliva”.