O'Naturel: El primer restaurante para nudistas en París

Artículo publicado el 11 de Enero de 2018
Artículo publicado el 11 de Enero de 2018

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Por motivos de higiene, los camareros -y solamente ellos- van vestidos. Era lo único que sabía antes de ir a O'Naturel, el primer restaurante nudista de París. 

Antes de decidirnos a reservar, tanto Amelia como yo nos hicimos un montón de preguntas mientras nos tomábamos una copa. "¿Y si me dejo caer algo caliente encima de mí?", se preguntaba Amelia. "¿Y si tengo que ir al baño?", me preguntaba yo. Cuando vino el camarero, decidí prescindir de la cerveza y pedir un güisqui sin hielo. "¿Y si solo hay viejos que no dejan de mirarme?", preguntó nerviosa. Pero si todo eso solo ocurre en el cine, pensaba yo. Y si..., pues no, nada de eso.

O’Naturel es el primer restaurante ‘nudista’ que se abre en París. Escondido -¿casualmente?- en una calle cualquiera del distrito 12, el establecimiento está situado cerca del parque Bois de Vincennes, que, casualidad o no, es el mismo parque del que he oído hablar a menudo este verano a propósito de la apertura de un espacio naturista dentro de él.

Después de haber comprobado mi reserva en la lista, Mike Saada, copropietario del restaurante junto a su hermano gemelo Stéphane, nos indica por dónde dirigirnos al guardarropas, disimulados detrás de una tupida cortina gris a la izquierda del pequeño mostrador de bienvenida. Dentro, hay taquillas dispuestas a lo largo de las paredes. Las reglas del restaurante, expuestas en la pared, hablan esencialmente del respeto hacia los demás clientes. La desnudez completa es obligatoria una vez que se traspasa la segunda cortina, detrás de la cual están las mesas.

Un momento antes, superar los nervios significaba afrontar el mal rato: a partir de aquí tengo que asumirlo para ponerme el traje de Adán. Me quito lentamente toda la ropa dejando los calcetines para el final; después, entro hacia lo desconocido.

"Estoy desnudo y me apetece carne" 

El comedor es sobrio. Las paredes y el techo, blancos, igual que las lámparas que iluminan directamente las mesas. Las sillas, gris oscuro, están recubiertas con una tela negra lisa, brillante y, como no podía ser de otra manera, de un solo uso (nos han asegurado que se cambia después de cada comida). La blancura de la estancia casi deslumbra; de hecho, parece estar tan desnuda como yo.

Después de atravesar la cortina, me percaté de que estábamos solos. No había ningún otro comensal que pudiera verme en todo mi esplendor. Al sentarme, sentí una sensación extraña, a medio camino entre el alivio y la decepción.

Al otro extremo de la sala hay una periodista de France Inter hablando con un miembro del equipo de cocina. Está vestida. Encantada finalmente de tener a alguien para entrevistar, se dirige hacia nuestra mesa una vez que nos sentamos.

"También soy periodista, aquí para echar un vistazo al sitio", le dije cuando nos preguntó por nuestra experiencia en el lugar. Un poco desconcertada, nos invita a dar nuestro testimonio utilizando solo nuestros nombres. Pedimos vino, un Crozes-Hermitage del 2014. La periodista se sienta con nosotros y saca su micro para grabar el sonido del vino al brotar de la botella y el tintineo de las copas. 

"Tu novio se ha cubierto rápidamente con la servilleta", le dice a Amelia. "¿Te sientes cómoda aquí?".

"Es raro ser los únicos desnudos cuando los demás están vestidos", responde Amelia, refiriéndose al personal de cocina y a los dos propietarios.

La periodista nos deja para ir a hablar con Stéphane, pero apenas entendemos lo que dice. "Me quedaré vestida porque, desnuda, no me encuentro guapa", le dice en voz baja. Unos minutos después le dice: "Vuestros clientes no parecen muy cómodos, ¿es eso habitual? Es algo que deberíais mejorar, no?".

Mike volvió con los menús, le eché un vistazo rápido antes de meterme en mi papel de periodista y hacer mis propias preguntas. El restaurante, que sigue el concepto de cocina llamada "bistronómica" (una fusión de 'bistró' y 'gastronomía'), ofrece dos menús de precio fijo: un entrante y un plato principal o un plato principal y un postre a un precio de 39 euros, o bien entrante, plato principal y postre por diez euros más. Para el entrante, descarto los caracoles, la ensalada de bogavante y el "salmón a la escandinava", y me decido por una mezcla de verduras acompañadas de "baba ganoush", una crema de berenjenas picante típica de la cocina oriental. Amelia optó por foie-gras acompañado de un chutney o compota amarga de manzanas y peras y escamas de sal de mar.

Los platos principales los pedimos al mismo tiempo. Una vez más, descarto los platos de pescado: el lenguado menière con tatín de endivias y las vieiras con una emulsión de soja. Estoy desnudo. Me apetece carne. Escojo chuletillas de cordero acompañadas de tomates confitados y cebollines. Amelia eligió las vieiras.

Mike se encogió de hombros ante la sugerencia de que el naturismo del restaurante ejerce una influencia sobre la comida. En realidad, nos confesó que ni él ni su hermano practicaban el nudismo. Tampoco el resto del personal, pero todos ellos han sido informados debidamente durante el proceso de selección.

"Simplemente queríamos abrir un bistró gastronómico pero, como en París ya hay muchos, reflexionamos sobre qué era lo que podría distinguirnos de los demás y decidimos abrir un restaurante nudista".

Me sentí un poco decepcionado por la fría y dura verdad. ¿Acaso mi primera incursión en dejar que todo cuelgue ha estado al servicio de una estrategia comercial?

Europa y el nudismo

Cuando pensamos en un restaurante nudista, surge immediatamente un contraste inherente: venimos al mundo desnudos y necesitamos que nos alimenten durante un corto periodo de tiempo antes de pasar el resto de nuestra vida vestidos y alimentándonos por nosotros mismos. Ningún otro ser vivo busca ocultar su cuerpo de la mirada de los demás y ningún otro ser vivo ha utilizado el fuego para alimentarse. Juntos, la ropa y la cocina nos han permitido conquistar el planeta y sus múltiples lugares y climas. Para terminar, una pregunta: ¿Podemos realmente hablar de desnudez o de comida, o de ambas cosas, sin hablar de lo que significa el ser humano?

En Europa, ha surgido una reacción ante la idea de que el cuerpo humano debe permanecer tapado que va más allá del renacimiento de la desnudez en la escultura francesa e italiana o el descaro del pintor Gustave Courbet en su obra El origen del mundo. Después de la Primera Guerra Mundial, los campamentos nudistas adquieren gran popularidad en Alemania y Francia, atrayendo a una abigarrada mezcla de socialistas, pacifistas y protohippies.

El fenómeno provocó la ira de los nazis cuando subieron al poder en la década de 1930. Hermann Goering, que finalmente fue juzgado en Nuremberg, definió al llamado "movimiento nudista" como "uno de los mayores peligros para la cultura y la moral alemanas". Prohibido por ley en Alemania en 1933, el movimiento cruzó el Canal de la Mancha y llegó a Estados Unidos gracias, en parte, a la afluencia de emigrantes alemanes.

Un pedazo de carne en la silla, un trozo de carne en el plato

Cuando llegaron los platos principales, me sorprendió su naturaleza deconstruida. Como si la comida, igual que los comensales, se hubiera reducido a lo esencial y se hubiera enviado desde la cocina sin adornos. Mis verduras -zanahorias cortadas en juliana, rábanos, pepinos e hinojo- deambulaban libremente alrededor de unas hojas de espinacas encima de los calabacines cocidos y triturados. Crujieron bajo mis dientes, pero de una manera poco notable.

Al otro lado de la mesa, Amelia tuvo que bajar los brazos que había levantado protectoramente para cubrir sus pechos y poder coger su tenedor. Mientras lo hacía, echó una última mirada furtiva hacia la cocina, al otro lado del restaurante, desde donde el cocinero la miraba desdeñosamente hasta que finalmente bajó los ojos y se giró. Me di cuenta de que estaba teniendo un momento de empatía con el foie-gras que estaba enfrente de ella. Tuve la impresión de adivinar lo que pensaba: soy un pedazo de carne sobre una silla con un trozo de carne en el plato.

Estábamos comiendo cuando llegó otra pareja de clientes, con lo que ya éramos el doble de personas desnudas en la sala. Mike nos contó que él y Stéphane se sorprendían a menudo con los diferentes tipos de clientes que recibían: tanto naturistas convencidos como novatos curiosos, de edades generalmente comprendidas entre 30 y 35 años.

Christophe y Seth se sentaron en la mesa justo al lado de la nuestra. Tienen los treinta seguro. Christophe es francés y Seth viene de Los Angeles. Su presencia cambió radicalmente la atmósfera, como si nuestros conciudadanos hubiesen entrado a modo de refuerzo.

Seth nos contó que su última aventura naturista se remontaba cinco años atrás, durante un "circuit party".

"Es una velada en la que se baila toda la noche, hasta el día siguiente. Estas veladas empezaron en los años 70 y ahora han resurgido en la comunidad gay. Es una especie de Berghain", dijo refiriéndose al famoso club berlinés en el que es muy posible que no te dejen entrar.

La llegada de mis chuletillas de cordero y las vieiras de Amelia interrumpe nuestra conversación. Estoy delante de un plato con tres trozos de carne dispuestos en semicírculo y rodeados de verduras al punto.

Marketing o no, si os decidís a abrir un restaurante de este tipo, la desnudez se convertirá en vuestro sello de identidad, por encima de la comida por muy buena que sea, lo que requiere mayores esfuerzos gastronómicos. Es como si la comida tuviera que gritar "¡Mírame!". Tienes que concentrarte tanto en la sensación del gusto que tus ojos dejan de tener importancia. Cada plato debe ser irresistible, cautivador, una verdadera revelación. Un desafío de este tipo exige una dosis de creatividad suprema que incite a un chef a superar los límites para apropiarse de un entorno que carece por sí mismo de todas las reglas más naturales.

O’Naturel no es nada de eso. El cordero está tierno, y su grasa da sabor al plato. Las vieiras combinan bien con el mar de puré de soja que las baña. Sin embargo, el sabor de los platos no nos lleva a ningún tipo de crescendo culinario. Desde luego, el menú no es tan atrevido como el concepto de restaurante: foie-gras, vieiras, caracoles, bogavante, chuletillas de cordero, pollo cocido y el imprescindible risotto vegetariano llenan un menú demasiado extenso a un precio demasiado caro. Ninguna de estas propuestas destaca si las comparamos con las de la competencia. Esto le viene muy bien al restaurante de la esquina, donde nos cobrarán la mitad por lo mismo. Además, es confortable, tranquilo y nada desestabilizador.

Decidimos seguir nuestro plan inicial y no quedarnos al postre. A la hora de pagar, deslicé mi mano hacia donde debería encontrarse mi bolsillo -y, por tanto, mi billetera- pero solo encontré mi muslo. Me di cuenta de que no había mirado mi teléfono ni una sola vez desde hacía hora y media. Me levanté y  regresé a los vestuarios, totalmente liberado de la vergüenza de estar desnudo. Paradójicamente, me siento mucho mejor una vez que me he vestido. Afuera está nevando, algo bastante raro en París, pero me alegro.

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Este artículo lo ha escrito Alexander Hurst y lo ha editado Cafébabel. Inicialmente, lo publicó Are We Europe, un colectivo europeo que da voz a todos aquellos que tienen una historia que contar.