¿Orgulloso de ser europeo?

Artículo publicado el 31 de Enero de 2005
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 31 de Enero de 2005

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Posiblemente el mayor escollo para la Constitución –y para el futuro de la integración europea- sea la cuestión de la identidad europea frente a la identidad nacional.

En los referendos que tendrán lugar en varios Estados miembro de la UE, millones de personas votarán en contra de la Constitución debido al temor a perder la soberanía política y económica futura de su país. Los euro-escépticos señalan las divisiones religiosas, lingüísticas, económicas, históricas, culturales, étnicas y políticas entre los países europeos como una evidencia de la incompatibilidad de sus miembros. Pero en cualquier caso, ¿qué es la nacionalidad?

Español, británico, italiano... ¿europeo?

En España, por ejemplo, existe mucha controversia sobre si los vascos deberían continuar siendo ciudadanos españoles o deberían tener su propio Estado. En el Reino Unido una reciente encuesta con adolescentes dio como resultado que muchos de ellos se consideraban a sí mismos ingleses, escoceses o galeses más que británicos. Un italiano de Milán encuentra posiblemente más similitudes con un parisino que con un compatriota siciliano. Sin embargo, a pesar de ello, todavía puede adivinarse un núcleo compartido de valores europeos culturales, políticos y sociales. Esto es reconocido por intelectuales como el fallecido Jacques Derrida y Jürgen Habermas, quienes identifican cinco características europeas clave: la neutralidad de la autoridad, la confianza en la política más que en el capitalismo de mercado, un carácter solidario en la lucha por la justicia social, una alta estimación por las leyes internacionales y los derechos individuales, y un apoyo del papel organizacional y principal del Estado.

El problema para los integracionistas es que el reconocimiento de la “europeicidad” obtiene una desigual recepción por parte de los ciudadanos europeos. La bandera europea, el himno y la moneda propuestos por la Constitución contribuirán de forma poco importante a la creación de un “espíritu europeo”. Dado que la UE, en su estructura actual, parece estar dominada por cuestiones como las subvenciones agrícolas, los déficits presupuestarios y las leyes sobre el trabajo, es quizá fácil entender por qué la institución europea difícilmente genera orgullo o entusiasmo. Un sondeo del Eurobarómetro realizado en 1999 puso de manifiesto que, aunque alrededor de 6 de cada 10 ciudadanos de la UE se consideraban unidos a Europa, un 87% sentía aún más lealtad a su identidad nacional que a la europea.

El efecto de la Constitución

Asumiendo que esto último no impedirá que la Constitución se apruebe en los referendos populares y parlamentarios, es difícil creer que las modificaciones en la división de responsabilidades, como los nuevos poderes de la UE sobre los asuntos de justicia, dará como resultado una percepción reforzada de la identidad europea. A pesar de las demandas realizadas por los grupos euro-escépticos, como el británico UK Independence Party, la Constitución no dará como resultado un súper-Estado tal y como se explica detalladamente, y de forma más clara que con anterioridad, en el capítulo sobre las fronteras entre el proceso de toma de decisiones nacional y supranacional, en el que se asegura que el poder es compartido por los Parlamentos nacionales y el Parlamento Europeo. Por otra parte, la Constitución incluye un procedimiento formal para que los países puedan abandonar la UE –demostrando así la naturaleza voluntaria de la Unión-. Las acciones más eficaces para reforzar la identidad europea podrían ser la introducción de un Presidente del Consejo Europeo a tiempo completo (por un período de dos años y medio, permitiendo más continuidad que la presente “presidencia rotatoria” de Estados miembros) y un Ministro de Asuntos Exteriores. Todo ello debería dotar a la UE de una mayor “personalidad”: líderes visibles para lo que se ve en muchas partes como una organización de “burócratas sin rostro”.

Sin embargo, la realidad es que ninguna de esas decisiones es tan importante como parece. El Presidente tendrá poderes limitados y el Ministro de Asuntos Exteriores responsable de las políticas exterior y de defensa, aunque destacados, podrían sufrir problemas de imagen, ya que sólo serán capaces de trabajar en los asuntos sobre los que exista una posición común, convirtiéndolos por tanto en irrelevantes durante los desencuentros que se produzcan, como por ejemplo el vivido sobre Irak. Con acusaciones de que la UE no es democrática, el Parlamento Europeo, como única institución en la que los votantes pueden dar su opinión directamente, es crucial para una imagen positiva de la integración e identidad europea. Las modificaciones del Parlamento en la Constitución, aunque con un perfil más bajo que las realizadas en otras áreas, confirman y refuerzan los poderes del Parlamento, otorgándole nuevos poderes de “codecisión” con el Consejo de Ministros.

La perspectiva de una UE en la que los ciudadanos “unidos en diversidad” valoren la singularidad de cada cultura, tradición y valores comunes como parte del variado mosaico que es la identidad europea, resulta muy atractiva. Sin embargo, es justo decir que dado que las naciones-Estado tendrán la decisión final sobre aspectos cruciales como el de “identidad”, seguridad interna, asuntos exteriores, defensa y asuntos económicos, no es realista esperar que la Constitución realice un súbito y generalizado reconocimiento de la identidad europea. Conjuntamente con los proyectos culturales de la UE, habrá que construir, sin embargo, importantes cimientos sobre los que poder realizar nuevos progresos.