«Os contamos nuestro Erasmus»

Artículo publicado el 8 de Noviembre de 2007
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 8 de Noviembre de 2007

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Aurélie y Annalisa. Dos recorridos paralelos y un mensaje: el programa de intercambio universitario no es sólo una entrada más en el currículum.

”Yo era otra, pero los demás no se daban cuenta”

Aurélie Chaudieu, francesa, 25 años, responsable de proyectos internacionales en una ONG

¿Mi Erasmus? Indescriptible. Estudié Geografía en la Universidad de Roskilde, en Dinamarca, en 2004. Desde allí me enviaron a realizar una encuesta sobre el terreno en Suecia acerca de la minoría étnica de los Sami. Durante mi Erasmus he creado, junto con otros participantes, una auténtica familia, suficiente para protegernos del mundo exterior, en un país en el que no es tan fácil comprender todas sus particularidades. He conocido personas que quizás habría simplemente ignorado en mi país de origen y que, por el contrario, se han convertido en savia vital para mí.

Cuando regresé a Francia me di cuenta de que la experiencia Erasmus se había convertido en una burbuja que había terminado por aislarme de mi propia “vida anterior”. Por ejemplo, cuando vuelves a hablar de banalidades en la mesa y te encuentras con que tus amigos no han cambiado. En cambio, yo era otra persona, pero nadie más lo notaba. Hoy, después de tres años, siento que Europa ha pasado a formar parte de mi vida cotidiana. A nivel profesional porque muchos proyectos en los que trabajo están financiados por la Comisión. Y a nivel personal gracias a muchos amigos desperdigados por todo el continente. Además, he llegado a una convicción: la beca Erasmus es el comienzo de algo muy importante: la construcción de una Europa de los ciudadanos que llega más allá de la económica.

“Yo, pionera del proyecto y ‘enferma’ de Erasmus”

Annalisa Zinani, italiana, 34 años, buscando trabajo como inspectora de hacienda

Estudié Económicas en Marsella en 1995. Eran los comienzos del programa Erasmus y todo era un desafío. Conseguir la beca, los contactos con la universidad, la lucha para explicar a los profesores en qué consistía el proyecto para que nos reconocieran los exámenes. Después, explicar a la familia qué íbamos a hacer allí. Una prueba de “supervivencia” que con frecuencia comparo con un servicio militar para conocer a los demás europeos. Al principio uno se veía empujado a ver y concebir las cosas de modo distinto a lo que se estaba acostumbrado, para luego encontrarse con las raíces de la educación de base bien afianzadas y enriquecidas con dosis de tolerancia y curiosidad. Se descubre que el mundo de los hombres y de la geografía es un arcoíris de infinitos matices en el que cada persona representa un color diferente.

La experiencia Erasmus es el comienzo de una vida y de una pasión cuya búsqueda puede que no termine nunca. Empieza a funcionar a través de su propia brújula interior, moviéndose en un espacio que es al fin libre. Pero cuidado: esto puede significar también el principio de una nueva “enfermedad” de la cual es posible que empecemos a escuchar hablar en los próximos años, porque se puede acabar por dejar de comprender cómo funciona esa brújula, porque se esté buscando un equilibrio que ya no se encuentre, porque los puntos de referencia pueden esfumarse. Pero merece la pena el riesgo.