Oslo, una ciudad de segundas impresiones

Artículo publicado el 29 de Agosto de 2005
Artículo publicado el 29 de Agosto de 2005

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

La ciudad de los premios Nobel de la Paz desprende en su centro el encanto de lo decadente. Sin embargo, en los arrabales al este de la urbe bulle la variedad cultural y la joven población estudiantil.

En lugar de fiordos idílicos, el recién llegado a la capital noruega se enfrenta, en un primer momento, a yonkis junto a la estación central y a prostitutas que pululan por la fortaleza histórica de Akershus. El castillo y el centro turísitco están a tiro de piedra del lugar de entrega de los galardones, inaugurado recientemente. En la entrada de la antigua estación oeste de Oslo los derechos humanos son el centro de atención. Pero incluso más breve que la distancia a la noble sala de exposiciones es, no sin una gran dosis de cinismo, aquella entre los cruceros de lujo y las jovencitas desperdigadas por el castillo, vícitmas de la trata de blancas internacional.

¡Ah, Europa!

Hace apenas 20 años que el escritor alemán Hans-Magnus Enzenberger describía en una colección de artículos titulada Ach Europa el carcaterístico encanto de lo decadente típico de Oslo; visible en especial en callejuelas como la Skippergata que une el puerto y la estación central. Incluso en la actualidad, la Skippergata da cuenta de esa decadencia, es más por partida doble, ya que la miseria humana se ve superada por el aún más decrépito estado de los inmubeles. A pocos metros cruza la Skippergata el centro comercial Karl Johan y de nuevo se produce una tremenda paradoja: la necesidad y la pobreza mundial que los empleados de varias ONG muestran a los viandantes en archivadores de plástico ordenados con esmero, encuentran su reflejo vivo en la Skippergata y aledaños del Akerhus.

Más allá de los trolls

El encanto de Oslo no se halla de ninguna manera en el centro, sino que se ha trasladado a múltiples municipios y antiguos barrios obreros en la zona oriental de la capital. En particular el popular Grünerløkka, preferido mayoritariamente por estudiantes y jóvenes, al igual que el barrio Torshov que continúa siendo una recomendación secreta y que en primavera y verano renace a la vida. Es ahí donde se encuentra el verdadero meollo de Oslo. Por ejemplo en cualquiera de los numerosos parques, en los cafés y bares, o simplemente dando un paseo por las callecitas antiguas o junto a la orilla del río Akerselva. Lo que más sorprende es que en ese lugar la ciudad se nos antoje totalmente nueva, completamente distinta a los barrios distinguidos o más bien cerrados del oeste de la ciudad, sin mencionar la carísima zona residencial de Holmenkollen. Quizá recurra uno al barrio obrero cavilando acerca del alma de Oslo, puesto que no es posible que ésta sea visible en atracciones turísticas como Vigeland. Más allá del mundo del jersey noruego se descubre al este de la capital una ciudad alejada de los clichés de trolls y fiordos, cuya variedad cultural permite entrever más sobre su estado actual y el de sus conciudadanos. En esos lugares, uno actúa como si atisbara que Oslo es una ciudad de segundas impresiones.