Otra Europa es posible

Artículo publicado el 22 de Marzo de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 22 de Marzo de 2004

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Quien quiere cambiar el mundo raramente presta atención a las fronteras. Este compromiso transnacional se ve dificultado por la ausencia de un marco institucional para las asociaciones europeas.

Mientras que la Europa institucional se estanca, se atropella y patina en cierto modo, los ciudadanos se acercan cada vez más. Experiencias dolorosas comunes les sacuden: los atentados de Madrid no han afectado solamente a los españoles sino a toda Europa. La identidad europea nació del sufrimiento.

Cuando en julio de 2001 el joven italiano Carlo Giuliani fue abatido por policías italianos durante las manifestaciones contra la cumbre del G8 en Génova, la juventud de Europa, impactada, se estremeció. La alegre y a menudo carnavalesca cumbre turística había perdido su inocencia. Mientras que los poderosos estaban atrincherados tras las infranqueables medidas de seguridad en las «zonas rojas», los que no estaban de acuerdo con la actitud oficial se agrupaban. Un año después del fusilamiento de Génova nació el Fórum Social Europeo (FSE) en Florencia: el movimiento de protesta se había emancipado de la lógica «anti-cumbre» y había decidido instaurar un estilo constructivo y personal de una Europa alternativa anti-institucional.

Cyrille, que estudia derecho en París, participó en el FSE de Florecia. Allí conoció activistas de numerosos países europeos, con los que intercambió experiencias y correos electrónicos. Un año más tarde ayudó a construir un campo autogestionado durante el segundo FSE en París-Saint-Denis, el GLAD (Globalización de las Luchas y de las Acciones de Desobediencia): “Para mí se trata, por un trabajo en común, de reforzar nuestras acciones, conocerse los unos a los otros, y de intecambiar prácticas concretas. Los alemanes por ejemplo son expertos en organización, los italianos tienen una gran tradición de okupación y puesta en marcha de centros sociales.” Sin embargo, en todos los intercambios europeos se trata de aprender a conocer las tradiciones de cada uno, y de respetar las de los otros. “Cada uno tiene su propia identidad, su propia cara y su propio ritmo político”. Además del rechazo a las relaciones imperantes tenemos una voluntad común de vivir de otra manera”. En el marco de comunidades de corta duración, políglotas y autogestionadas, como “la ciudad intergaláctica” del FSE, los países europeos están en el buen camino para conocerse mejor.

La carga de derecho de las asociaciones

Para Keyvan, de la red de estudiantes francesa Animafac, es simplemente estúpido conservar las concepciones nacionales: «Europa está regida hoy por las instituciones, por lo que hay que llenar esta Europa de vida. Somos todos europeos, no hay ninguna razón para erigir fronteras, sean del tipo que sean, en nuestra cabeza. Buscamos a gente que se interese en proyectos en particular, y la búsqueda no termina en las fronteras». Esta certeza se encarna por ejemplo en Eurocampus, un taller de varios días en el que las iniciativas estudiantiles de toda Europa están invitadas.

Al lado de la mejora en la colaboración entre organizaciones estudiantiles en Europa, había un tema estrella en el programa el pasado verano en Burdeos: el derecho de asociación europeo. Actualmente no es posible crear una asociación con una personalidad jurídica reconocida en todos los países europeos. El derecho de los ciudadanos europeos a asociarse en total libertad y reunir medios de utilidad pública ha sido hasta el momento dejado de lado por la burocracia de Bruselas. Solamente queda el recurso a estructuras provisionales: para la organización del próximo Eurocampus en Italia seguramente se funde una asociación en Francia. Al contrario que en otros países, los extranjeros pueden allí asumir la presidencia.

Discutir con respeto

La colaboración internacional no está sin embargo libre de crisis: existen rivalidades por el poder e incomprensiones culturales. Para Keyvan, no es un problema de larga duración porque son conscientes de las diferencias: “Cuando se respeta también se puede discutir. Como en el judo: antes y después del combate se saluda amistosamente y cada uno se va por su lado con tranquilidad”

La europeización se convierte para un cada vez mayor número de asociaciones e instituciones nacionales en una necesidad lógica, que todavía uno puede refusar. El programa alemán ASA se concentra en el desarrollo político que, desde hace más de cuarenta años, envía jóvenes a todo el mundo. Desde hace poco, existe una colaboración con organizaciones de toda Europa, desde Francia a Estonia. Los proyectos de desarrollo en curso integran equipos de dos nacionalidades mezcladas.

En una Europa que avanza unida y que los jóvenes han recorrido varias veces en parte gracias al InterRail, Erasmus y los vuelos a bajo precio, es cada vez más raro partir a África sin haber conocido bien los países vecinos. “Los participantes están ávidos por conocer las respuestas que se dan a preguntas similares en los diferentes países. Quieren ver más allá de los límites alemanes”, precisa Albrecht Ansoln, director del programa ASA. Esta aproximación puede también irritar: una organización colaboradora eslovaca, por ejemplo, pone el acento en su carácter cristiano, una actitud respecto a la cual los alemanes son más bien escépticos.

La casa europea no es una construcción reciente, cuidada, sino un conjunto de muros con sus recovecos, donde a menudo hay algo sorprendente que espera ser descubierto en la habitación de al lado. El descubrimiento de esta casa y de sus habitantes se ha convertido en una evidencia para la eurogeneración: «No pensamos en la casa en la que vivimos -afirma Keyvan- nos contentamos con vivir en ella»