Pagar más es la solución para Europa

Artículo publicado el 13 de Junio de 2005
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 13 de Junio de 2005

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Más allá de la actual crisis política, el estancamiento del presupuesto comunitario se debe a la desconfianza entre líderes nacionales. Una nota de mediocridad que no les impide saber que pagar más garantiza el desarrollo.

Si repasamos el mapa mundial de Estados, comprobaremos que no existe proyecto político estable sin financiación suficiente. De hecho, los países desarrollados son –no por casualidad- quienes mayor presión impositiva presentan, mientras que los países en los que se tiende a recaudar poco viven en crisis permanente. Por ejemplo, la presión impositiva argentina alcanza apenas un 21% del PIB, mientras que en países como Suecia o Bélgica se supera el 50%.

Europa juega en otra división

Pero ahora cambiemos de escala. Digamos que la Unión Europea juega –y en esto no hay retorno posible- en otra división. En una división de “superestados” o de Estados continentales. Debe compararse el presupuesto comunitario con el federal estadounidense, el chino, el ruso o el indio, puesto que la repercusión del proyecto y del modelo europeo se pretende planetaria y las políticas comunitarias no dejan de crecer en importancia. La opacidad proverbial china en cuanto a sus datos macroeconómicos es conocida por todos, pero lo que damos en denominar su “milagro económico” se debe en gran medida al descomunal presupuesto público manejado por sus autoridades. El caso norteamericano es paradigmático. El congreso de los Estados Unidos acaba de aprobar el presupuesto para 2006 que asciende a alrededor de tres billones de euros, con un PIB estimado para 2005 de 15 billones de euros, de modo que el presupuesto del Estados Unidos representa el 20% del PIB. Si queremos competir con estos dos modelos no nos podemos quedar en el raquítico 1% que hasta hoy sí ha dado buenos resultados.

No se puede decidir de espaldas a la mayoría

Constituiría una obscenidad abordar los nuevos retos comunitarios sin contar con la realidad de la mayoría de Estados miembro. No es de recibo pedirles a los 10 nuevos miembros más Portugal y Grecia que permitan que los demás socios comunitarios invadan literalmente sus mercados, que se adapten a las exigencias de austeridad presupuestaria, que vigilen las fronteras y que se preparen para participar en un mercado único con una moneda única, si a cambio no les ayudamos a competir en condiciones de igualdad. Se trata del 50% de los Estados: necesitan enormes infraestructuras para que bienes y dinero circulen rápido y para que se desarrolle en ellos la sociedad del conocimiento y aumente la actividad económica. Es una regla básica del sistema capitalista que conviene no perder de vista. ¡Qué poco nos cuesta decir “hoy todos somos berlineses” u “hoy todos somos ciudadanos de Nueva York”, y cuánto nos cuesta darnos cuenta de que hoy todos somos polacos, húngaros o malteses!

No es la primera vez que sucede

Los principios de solidaridad interterritorial y de redistribución de las rentas siempre han dado buenos resultados. El mejor ejemplo lo proporciona la propia Historia comunitaria. Cuando en 1985 Jacques Delors y los dirigentes europeos decidieron lanzar el mercado único y la moneda única, más la idea del espacio Schengen, enseguida convinieron en que tal reforma no podía hacerse de espaldas a una tercera parte de la CEE (entonces España, Irlanda, Portugal y Grecia no estaban preparados para competir en un mercado único y asumir las obligaciones del futuro espacio Schengen). Por ello elevaron el presupuesto comunitario hasta los actuales niveles, redujeron la Política Agrícola a la mitad y crearon los fructíferos Fondos de Cohesión. Nadie puede decir que la receta no haya funcionado en países como España o Irlanda e incluso Grecia.

Los retos actuales son tan difíciles como los de antaño: acercar Europa a los ciudadanos, democratizar las instituciones, gestionar la inmigración masiva, la Europa de la defensa común y un nuevo salto hacia delante en la modernización de nuestras industrias. Son los dirigentes europeos quienes, en su mediocridad, no están a la altura de las circunstancias. En especial los de Alemania, Francia, Reino Unido u Holanda, que no confían en que todos estos retos puedan superarse con la unión de todos, y optan por estrategias que sólo les incumban a ellos.