Pandora yo yo: Mi experiencia como becaria en Amsterdam

Artículo publicado el 6 de Mayo de 2015
Artículo publicado el 6 de Mayo de 2015

Esta es la historia de una becaria canadiense que hace malabares para afrontar los desafíos de unas prácticas en Ámsterdam. A todo eso se le añaden las dificultades diarias y la tortura de vivir en un barco en los canales de la capital holandesa.

El nombre del barco era Pandora, lo cual os debería decir más de lo que necesitáis saber; era un pequeño barco pintado de un ordinario amarillo y azul. Sería una exageración decir que era bonito pero lo que sí tenía era lo que la gente llama educadamente "carácter". Estaba formada por una diminuta cabina de madera con cortinas forradas de un estampado de estrellas de mar en azul y blanco. Era bendecida también con una fiel colonia de arañas y una luz que solo funcionaba a media jornada. Por lo tanto, apenas había luz, tampoco agua caliente y cuando las tuberías se congelaban, nada de agua. 

Me mudé al extranjero cuando tenía 23 años, en medio de un inusual y tempestuoso invierno. Además, no era para nada la candidata ideal para vivir en un barco. Aparte de ser joven, extranjera y muy torpe, había pasado todos mis años previos a llegar aquí totalmente aislada. Había rechazado los viajes en canoa en los campamentos de verano, había pasado cruceros enteros totalmente mareada y había fracasado en las clases de natación por puro resentimiento. Nada de eso había cambiado pero, francamente, las opciones de salir bien parada eran pocas.

Falso glamour 

Me fui a Ámsterdam para hacer unas prácticas en una empresa de diseño publicitario, donde era menos que probable que hubiera una oportunidad para un editor web, tanto como que yo fuera a vivir en Pandora.

Cuando llegué, habían pasado tan solo unas semanas desde que había acabado la temporada de verano en un importante periódico de Toronto, donde, por si no fuera suficiente, había estado en el corazón de la Santa Trinidad del crimen metropolitano: disparos, apuñalamientos y extraños accidentes. Los días, pero más a menudo las noches, las pasaba enfrente de scaners de la policía y pantallas parpadeantes de televisión, y cuando más emocionantes y espantosos eran mis turnos, menos equipada estaba para relatar las historias.

Estaba también algo aterrada: fui una niña protegida que nunca se había enfrentado a los mayores golpes de la vida y mi tarea entonces consistía en grabar los peores días de la vida de otras personas. Por primera vez, estaba siendo consciente de los grandes dramas de la vida.

Nada de esto, por supuesto, me preparó para la gran zona del arte y del diseño. Vestida con botas cowboy y un anorak, fui trasladada en lo que a veces puede parecer una fiesta, especialmente en Ámsterdam, donde las compañías de moda y diseño ocupan las relucientes torres de oficinas en el sur y socializan bajo las joviales luces de las calles del canal interno de la ciudad. Mis nuevos compañeros de piso, un grupo de diseñadores ingleses de ropa interior, eran otra introducción a este mundo y así, en mis posts de Facebook, aparecía brillante, explorando los beneficios de la ropa interior gratis y del champán rosado.

Por supuesto, la realidad diaria era diferente. Pasé aquél húmedo y sombrío otoño en una pequeña habitación en el este de Ámsterdam en un apartamento que compartía con las chicas, rodeadas de familias con niños pequeños y los sonidos de la campana de la iglesia que retumbaban por la casa. La habitación estaba forrada con chorraditas y postales: escenas de las calles de Ámsterdam, imágenes de Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany’s y modernas pajitas pegadas con pequeños papeles. Se parecía a la habitación de una joven adolescente que había crecido y había dejado sus recuerdos atrás. La decoración iba con mi estado de ánimo del momento. 

Vi las fotos de Pandora en una web de viviendas y después en persona durante una gran tormenta de Navidad. La embarcación estaba atracada en la periferia de Ámsterdam: una visión rural de Holanda que constaba de molinos de viento y de vecinos que sacaban la basura llevando zuecos. A mi llegada, los dueños del barco me llevaron al navío acogedor con ventanas y una chimenea. Me senté en el sofá mientras Yvette hacía té y Floris ponía el árbol de navidad, atándolo con ambas manos para mantenerlo en pie pese al cabeceo de las olas.

Me mudé a bordo en enero y para entonces, si mi llegada a la ciudad había sido como sí me hubieran sacado de una extraña historia, mi experiencia se estaba volviendo en tragicomedia; echaba de menos los scaners y los niveles de estrés eran altos cuando escribía ensayos que cubrían un crimen a mano armada.

En el mundo del diseño, estaba menos motivada que nunca. No era el diseño en sí lo que no me gustaba, pero las proyecciones, los folletos, las presentaciones de cosas, cosas, cosas, -cosas que nunca tuvieron un precio a la vista- y el mundo alternativo que mostraban: no una fe en lo básico y lo bello, pero si en las capas que se podrían poner entre tú y lo imperfecto, una vía de existir lejos de los problemas, las tragedias y la fealdad que molestaba a otras personas.

Por supuesto, vine a Ámsterdam en busca de este tipo de vida y del tipo de cosas que se suponía que quería yo. Me llevé a mi misma hacia un camino de falso glamour y me sorprendió que no había satisfacción o mayor significado en ello. Aun así, estaba obsesionada con un pensamiento que me decía a mi misma de camino al trabajo cada día: "Te tiene que gustar esto. La gente mataría por tener esta vida".

Vida acuática

Las dificultades de vivir en un barco incluyen, en el siguiente orden: el agua iba que funciona a ratos, las llaves que se caen al suelo y que hay que recoger con un stick y con el abrigo (y más tarde caen al lago descongelado), la nieve en el alfeizar y en el suelo y el hielo en la pila, en el baño y en la ducha. También una maleta fundida en el radiador, colonias de abejas, mordeduras de araña, y, por supuesto, el eterno moho. 

Las rutinas diarias requerían elaborados rituales llenos de contratiempos. El pequeño calentador del barco, la única cosa que me salvaba de la hipotermia, tenía que ser rellenado con keroseno constantemente. El proceso requería cuatro manos, un embudo, y la ayuda de un gran hacha, doblando la empuñadura y la cubierta de hielo. Esto siempre se hacia en la oscuridad. En Ámsterdam, en enero, siempre está oscuro.

Darse una ducha, si las tuberías estaban congeladas, significaba succionar agua hacia fuera de una bomba defectuosa. Incluso si la bomba de agua funcionaba, esto significaba estar moviéndose con dificultad, con hielo cayendo, bajo un goteo de agua con el que podrías salir de la ducha tan seco como entraste, solo que más congelado.

Cocinar dependía de los varios intentos de un hornillo, así que hacía la pasta en el hervidor. Casi todo, estaba húmedo y mojado. Desarrollé el tipo de enfermedad que tiene alguien que vive en la calle: tenía constantemente frío, dolor de pecho, un tímpano ensangrentado, y lo que mi doctor diagnosticó más tarde como un agudizado riesgo de gangrena.

Incluso llegar hasta el barco era un suplicio: el tranvía desde el centro de Ámsterdam era bastante fácil, pero era solo el preludio de una caminata de media hora por un puente al aire libre y a lo largo de una embarrada carretera con el aire soplando y lleno de niebla.

El paseo parecía eterno pero tenía su propio e invernal encanto: Los capitanes saludaban al pasar con sus barcazas que se abrían paso a través del hielo y las gaviotas descansaban en los amarres durante la noche, graznando en las luces de los barcos. Y así, con el tiempo, el paseo se convirtió en una meditación diaria, un anatema sin ningún tipo de glamour.

Esa primavera habíamos tenido seis meses de lluvia ininterrumpida que empezaba, solo a ratos, a parar. En esos días en los que el lago empezaba a descongelarse empecé algunos a hacer pequeñas peregrinaciones provocadas mis solitarios sentimientos.

Pandora, por su parte, celebraba la primavera amenazando con un hundimiento. Me levanté un sábado buscando una filtración que venía del baño. Ahora ya estaba acostumbrada a los contratiempos por lo que no cundió el pánico y fui a por provisiones.

Cuando volví, el agua se estaba expandiendo por todo el suelo. Floris vino a pelar la parte de cubierta azul con su máquina, dejando ver las medio sumergidas tuberías y caños. Él conocía algunos pedazos de su historia: Fue construída alrededor de la Segunda Guerra Mundial en Holanda para transportar carbón. Una vez perteneció a un artista, quien recorrió el país con Pandora antes de desaparecer en Brasil y dejarla atrás, como un gato indeseado.

El deshielo del lago fue demasiado para las viejas cañerías. Fue un alivio que fuera un barco pequeño porque en el momento en el que ves el agua en un barco grande ya es demasiado tarde. No me importó, al contrario, me sentí tranquila al ver que al menos ella podía demostrar que se estaba hundiendo. 

Lecciones de la vida

Mi trabajo diario se suponía que era conservador, no había creatividad ni fantasía sino un amor por los objetos que se escurría hacia el materialismo más allá del consumismo. Y a mi manera, empecé a escurrirme hacia la realidad también.

Socialmente volví a mi infancia y mi grupo de amigos estaba formado por las ovejas locales, mis propios monólogos e historias creadas casi todas durante mis paseos matutinos con la niebla.

Imaginé mi vida a bordo de Pandora como una odisea, dibujando viajes a través de mágicos lugares de la ciudad: Siguiendo el camino de los cisnes y deslizándome bajo los pequeños puentes sobre los canales, rozando los pies de los turistas que se besan tras pasar toda la noche despiertos.

Por las tardes y los domingos, andaba durante horas: Trazando mi crecimiento a través de los nombres de las calles de la ciudad, como un explorador solitario en la parte de atrás de un café. Pasé el otoño como un espectro, disponiéndome a mi misma a desaparecer hacia otro tipo de vida. 

Yo era una perfeccionista cerrada que fue a Ámsterdam para reorientar su vida, pero después de año y medio cerca de la soledad,  he rechazado las delicadas superficies y siempre he intentado esforzarme en crear.

En cambio, he pasado esos meses tomando pequeñas decisiones, haciendo un alto en el camino para añadir cosas nuevas a mi vida, cosas que no significaban nada para mí como lámparas, sillas y sencillas ideas, empezando así a plantar cara a las pequeñas cosas.

En abril, acabé mi periodo de prácticas, agradecida de abandonar el mundo del diseño de alta gama. Pasé las últimas semanas en Pandora, convertida ahora en un buen refugio para las arañas, meciéndose en el lago mientras las olas que creaban las barcazas agitaban las cuerdas que estaban amarradas al muelle, tratando llevarlas lejos.

Cuando dejé Holanda, no olvidé a Pandora. Rodeada de tierra una vez más, seguí pensando en mi misma como parte de un sonar, el dúo azotado por el viento, un ruido estridente pero a la vez encantador y el deslizamiento por los canales de Ámsterdam cuando las calles están vacías y cuando el cielo ya brilla.

Es mi mito, mi fábula y ya que cada fábula tiene una moraleja, ¿Que me enseñó Pandora? Me mostró que ser bueno conlleva algo más que intenciones buenas y remordimiento. Supone trabajo, disciplina, bondad y empatía, tanto para uno mismo como para los demás. Pensé que me hundía y la vida adulta, los detalles más pequeños y más mundanos, eran más difíciles y más complicados de lo que alguna vez pensé que serían. Pero lleva tiempo e intención ser una persona que puede pensar por sí misma, una persona que entrega más de lo que recibe. Es un trabajo que empiezas temprano y que sabes que durará toda la vida.

Entonces, cuando pienso en lo que Pandora me ha enseñado, creo que ha sido la cosa más importante que podía haber aprendido con 23 años. Me ha enseñado cómo aceptar la imperfección y seguir a flote. 

Katherine Dunn escribe en Pandora & I.