París, última parada de Samuel Beckett

Artículo publicado el 14 de Noviembre de 2006
Artículo publicado el 14 de Noviembre de 2006
Hace 100 años nació uno de los escritores europeos que mejor expresó el malestar del siglo XX. París reproduce la obra completa de Samuel Beckett hasta junio de 2007.

“Primero era prisionero de los demás. Después los abandoné. Entonces era prisionero de mí mismo. Era peor. Después me abandoné (Se ausenta). / Silencio”. Estas palabras y posterior silencio del protagonista de Eleutheria (1940), la primera obra de teatro de Samuel Beckett, constituyen una especie de programa literario al que el autor trató de aproximarse más y más, en un esfuerzo continuo a lo largo de su obra. Todo para que, diecisiete años después de su muerte y en el centenario de su nacimiento, París se llene de representaciones, exposiciones y conferencias en su memoria. Actos y palabras en honor de aquel que escribió Fin de partida (1955-1957), en la que un personaje ciego y paralítico, inmóvil en medio de un salón, abronca: “¿No habéis terminado? ¿Así que no vais a terminar? (De repente furioso ¡Esto no va a terminar nunca! ¿Pero de qué pueden hablar, de qué pueden hablar todavía?”.

Palabras que este año ya se han escuchado en los teatros parisinos, y que se volverán a oír aún algunas veces hasta el próximo junio en el Festival Paris Beckett 2006-2007, que empezó hace dos meses. La representación, por primera vez, del conjunto de su obra teatral es el acontecimiento principal de una celebración que incluye lecturas públicas, adaptaciones musicales, exposiciones, coloquios y la proyección de sus obras audiovisuales. Así es como París rinde homenaje a aquel que, en 1937, decidió instalarse en la ciudad definitivamente; aquel que, huyendo del mundo, encontró en París un lugar donde quedarse.

Un irlandés de partida

Irlandés de nacimiento, con un buen dominio del italiano, el español y el alemán, Samuel Beckett (13 de abril de 1906 – 22 de septiembre de 1989) es antes que nada un escritor cosmopolita. Huyendo de la atmósfera opresiva que le asfixiaba en Irlanda, vivirá en París y en Londres antes de emprender un viaje por Alemania. Allí escribirá: “Se da el caso, y yo ya lo sabía antes de empezar, de que emprendí este viaje para partir, y no para llegar".

Su partida no terminará hasta que se instale de forma definitiva en París el 1937, donde ya había sido profesor del Trinity College a finales de los años 20. No es de extrañar, pues la capital francesa fue, durante el siglo XX, un punto de encuentro de artistas y escritores. Picasso, Brancusi, Ionesco, Joyce y Beckett serán sólo algunos nombres de aquellos que consiguieron acceder a la universalidad a través de su paso por la capital europea; una ciudad que permitía, más que ninguna otra, desarrollar un arte de vanguardia que no estuviera sometido directamente a intereses políticos. Beckett constataba la centralidad parisina cuando hablaba así de los pintores Van Velde: “La pintura de Abraham y Gerardus van Velde es poco conocida en París, es decir, poco conocida”.

París como espacio literario

Va a ser aquí donde Beckett, que había tenido serios problemas para poder editar sus primeras novelas, será reconocido en 1953 como autor de prestigio gracias a Esperando a Godot. Por un lado, la ciudad le proporciona un espacio literario cosmopolita; por el otro, escribir en una lengua que no es la suya le permite alejarse tanto del lirismo como de un estilo trufado de erudición y de referencias cultas, que había heredado de Joyce. En búsqueda de una escritura “sin estilo” pasará así por escribir en francés, lengua en la que conseguirá el reconocimiento literario que hasta entonces se le había negado.

Desde entonces, escribirá indistintamente en inglés y francés, traduciendo él mismo la mayor parte de sus obras de una lengua a la otra. Da fe de ello la representación de La dernière bande y Krapp's Last Tape (versión francesa e inglesa de la misma obra), una de las primeras actuaciones del Festival que se ha podido ver en el Theatre Athénée de París. En ella, el actor Henry Pillsbury, enlazando una y otra a través de un vídeo, representaba la obra dos veces y en dos lenguas distintas.

Cuestionar las etiquetas

Mucho se ha dicho acerca de Beckett: de la etiqueta de escritor del absurdo que le colgaron en los años de posguerra, hasta la de metafísico que iba a despertar el ser del lenguaje, pasando por la de técnico minimalista preocupado sólo por el trabajo formal. Todo eso a pesar de la insistencia del autor para que no se le interpretara. Así, por ejemplo, escribía al director Alain Schneider: “Mi obra es una matriz de sonidos fundamentales (no estoy bromeando) emitidos de la forma más completa posible, y no acepto responsabilidades por nada más. Si la gente quiere contagiarse dolores de cabeza con los harmónicos, allá ellos. Y que se procuren su propia aspirina”.

Aún así, el adjetivo que con más fuerza había arraigado era el de “escritor del absurdo”. Alain Badiou, que participará en las conferencias en París, lo constata: “He necesitado muchos años para deshacerme de este estereotipo y tomarme a Beckett al pie de la letra”. Las conferencias van a servir, sin lugar a dudas, para revisar estos discursos.

París conmemora así la obra de un autor que hizo de su obra literaria un esfuerzo continuo para mostrar, mediante la palabra, la inanidad de ella misma. Esfuerzo paradójico de alguien que, con su escritura, quería expresar “que no hay nada que expresar, nada con lo que expresarlo, nada desde donde expresarlo, ningún poder para expresar, ningún deseo de expresar, todo eso junto con la obligación de expresar”.

Desde la primavera, los festivales y actos conmemorativos se han sucedido en el mundo entero. Para los rezagados, en París el Festival Paris Beckett 2006-2007 se alargará hasta el próximo junio.

Foto Miicro: Bulunt Yusuf / Flickr