Pasar 3 semanas en Noruega con solo 40 euros

Artículo publicado el 21 de Mayo de 2015
Artículo publicado el 21 de Mayo de 2015

Tres semanas en Noruega. ¿Quién habría pensado que podría acampar en una playa, descender a una cueva de brujas, sumergir un pie en la nieve, dormir en el sofá de un refugiado, limpiar el trasero de 30 pollos, subirme a un autobús escolar, mirar hacia abajo desde un acantilado de 604 metros, y todo esto en el segundo país más caro del mundo por menos de 30 libras (cerca de 40 euros)?

Me deslizo por la nieve. El frío se adentra por los agujeros de mis viejas deportivas mientras que yo y todas mis pertenencias estamos ya caladas debido a la lluvia. Aun así, canto a pleno pulmón canciones inventadas mientras le pido a la montaña que nos deje llegar abajo sanos y salvos. Decidimos subir demasiado tarde, sabiendo que las condiciones meteorológicas empeorarán rápidamente.

Cuando comenzamos a ascender eran las tres de la tarde y los últimos visitantes bajaban de los acantilados equipados con chubasqueros, bastones para caminar y, algunos, incluso raquetas para la nieve. Nosotros dábamos lástima con nuestras mochilas y la tienda de campaña, y seguimos dándola. Julian camina detrás de mí y me grita "¡Ronja estás loca!" y, por encima del ensordecedor viento, trato de responderle: "¡Sí, pero soy feliz!" Este es el lema de nuestros viajes: loco, increíble, fascinante.                                                                                                                                                                            

Cuando llegamos, en realidad, no sabíamos mucho sobre Noruega, solo teníamos un vago recuerdo de fiordos y bosques. Cuando todavía estaba en Reino Unido, cambié 100 libras por coronas noruegas y, al final, resultó que ese fue el único dinero que tuvimos para los dos durante todo el viaje.

Lo único reconfortante fue que Julian tenía experiencia viajando con poco dinero. De hecho, tras irse de México había estado vagando por el Reino Unido e Irlanda durante los últimos seis meses. Nos conocimos cuando se quedó a dormir en mi casa, de camino a Gales

Charcos de agua caliente en la nieve

Nuestro viaje empieza cerca de la frontera con Suecia. Estamos haciendo autoestop. Después de la tormenta de nieve de la noche anterior, las condiciones de la carretera son malas. Solo cuando no tengo más ropa que ponerme para combatir el frío, un noruego de edad avanzada aparece para ayudarnos por primera vez durante nuestro viaje.

A pesar de este duro comienzo, conseguimos ver toda la costa sur de Noruega gracias a la ayuda de desconocidos y no pagamos más que dos ferris y algo de comida.  Sobre todo, conseguimos ahorrar gracias al couchsurfing y a que elegimos destinos al azar en el campo. Uno de nuestros primeros anfitriones es un periodista eritreo que nos muestra cómo es la comida del este de África o una ceremonia del café con amigos. Finalmente, nos lo volvemos a encontrar unos días después en una ciudad del sur, donde está visitando a un amigo y nos invita a quedarnos.

Estamos sorprendidos y agradecidos de haber podido echar un inesperado vistazo a la vida nómada africana mientras estamos en plena Escandinavia. Hacer autoestop se vuelve muy fácil cuando llegamos a las autopistas del sur. A menudo, la primera persona a la que preguntamos en una gasolinera nos lleva y parece que sobrevolamos el terreno. De hecho, muchas veces nuestros conductores se quejan de lo pequeñas que son las carreteras y del viento que hace, pero para nosotros es un viaje espectacular. Poco a poco, nuestra imagen de Noruega es menos abstracta.

Visitamos pequeños pueblos costeros que en verano se llenan de turistas venidos de Oslo y descubrimos las huellas que la naturaleza ha dejado en muchos de ellos.  Casi todo el mundo esquía, hace senderismo, pesca o caza y nos comentan que en verano, en los fiordos y ríos, la mayoría de la gente usa sus lanchas en vez de sus coches. En nuestras excursiones descubrimos tierras vírgenes detrás de cada montaña, lagos inhóspitos rodeados de pantanos en los que descubrimos rastros de alces. 

 

Puesta de huevos en Semana Santa

Pasamos la Semana Santa en un gallinero. Julian y yo decidimos trabajar como voluntarios en una granja a cambio de comida y alojamiento. Los pollos necesitan una limpieza urgente. Así, de repente, me encuentro sujetando imponentes gallinas por las patas para limpiarles el trasero de heces y piojos.  De alguna forma, me consuelo cuando veo corderos y pollitos recién nacidos. Además, el entorno es precioso. Por las tardes exploramos los alrededores: un día bajamos a la cueva donde la última bruja de Noruega solía esconderse antes de ser quemada.

Sin embargo, después de permanecer una semana en el mismo sitio, estamos listos para salir a la carretera de nuevo. Dejamos atrás la granja una mañana que lloviznaba. Solo el canto lejano de los pájaros y el ritmo del bastón de Julian en el asfalto traspasan el sofocante y húmedo aire, a veces acompañado del zumbido de torres de alta tensión. Estoy contando una historia alemana sobre elfos que se llevan niños hacia la niebla selvática cuando, de repente, un vehículo se detiene. Se trata de un autobús escolar y el conductor se ofrece, por lo que puedo entender cuando habla noruego, a acercarnos al centro. Quince minutos más tarde estamos en el valle rodeados de niños que corren hacia la escuela.

Nos lleva más de dos horas llegar al siguiente punto de autoestop en la carretera sin nada más para comer que una pequeña lata de salmón que nos había dado nuestro anfitrión, pero estamos tranquilos, excepto en los momentos en los que rompemos a cantar y gritamos a las silenciosas montañas. Cuando llegamos a la zona donde sirven comidas junto a la E 39, que bordea toda la costa oeste de Noruega, está casi vacía. Solo un coche va en nuestra dirección y lo conduce una chica de unos veinte años que nunca ha llevado a un autoestopista antes.

Le pido ayuda, pero ella responde: "No estoy segura. No me da mucha confianza llevar a extraños en mi coche". Hablamos durante un momento y le prometo que nos comportaremos. Diez minutos después nos dice que subamos al coche. A pesar de sus reservas iniciales, pronto nos olvidamos de que somos extranjeros, hablamos de fútbol, ajedrez y de la industria petrolera. Cuando empiezo a preguntarle en voz alta acerca de la música noruega, llama a un amigo para que recopile una lista discográfica de artistas populares de los que nunca hemos oído hablar y nos aconseja sobre qué hacer una vez que lleguemos a Stavanger.

¿Playas en Noruega?

Poco después de que ella nos deje, a pocos kilómetros al este de la ciudad, nos recoge Rune. Es ingeniero y se encarga de garantizar la calidad del agua en Noruega (evidentemente hace un gran trabajo) y, probablemente, es también algún tipo de ángel. Cuando se entera de nuestro plan de tomar el ferri a Haugesund sin alojarnos en Stavanger, exclama: "¡Pero si no habéis visto las playas, la ciudad, los acantilados!"

De hecho, no conocemos la zona y rápidamente se las arregla para hacernos cambiar de planes. De camino al centro, nos muestra una colina donde hay un búnker y nos explica su idea: "Voy a daros mi número de teléfono, visitar la ciudad y cuando tenga que volver os llamo y os llevo a la playa". Nos quedamos sin habla y le pedimos si podemos dejar nuestro equipaje en el coche mientras hacemos la visita. Cuando él contesta "Claro, si confías en mí lo suficiente", recuerdo por un momento que solo le hemos conocido hace una hora, pero no me importa.

Con las luces de fondo, paseamos por la ciudad y entramos en el primer supermercado que encontramos; estamos muertos de hambre. Como no entendemos las etiquetas noruegas de los paquetes, Julian le pregunta a otro cliente. Resulta que él tampoco habla noruego y es un refugiado iraní. Ambos comienzan una animada conversación ya que el largo viaje de Julian acabará en Irán. Dos horas más tarde, nos topamos con la misma persona e intercambiamos los números de teléfono, "por si necesitáis ayuda por aquí". Entonces Runa nos recoge, nos lleva a la playa y nos deja una manta más para pasar la noche. Hacemos un fuego, escuchamos las olas y el viento, y nos preguntamos por qué nunca hemos oído hablar de las playas de Noruega. La noche es fría, pero tenemos una tienda de campaña y conseguimos dormir gracias a nuestros sacos y al truco de usar bolsas de plástico entre varias capas de calcetines para mantener los pies calientes.

Subir a los acantilados y vuelta a Irán.

Al día siguiente, nos recoge un tío que organiza competiciones de cometas. Después de otro tour turístico, nos deja en el puerto desde donde tenemos que tomar el ferri. Nuestro plan es llegar hasta Preikestolen, a los impresionantes acantilados en el fiordo. El precio de los paquetes turísticos, que ronda los 25 libras por persona (ferri y viaje en autobús hasta el inicio de la caminata), es desalentador. Es un dinero que no estamos dispuestos a gastar. En su lugar, contratamos el viaje en ferri por nuestra cuenta y confiamos en el futuro en lugar del transporte público.

Preguntamos a todas las personas que iban en el ferri, pero nadie va a realizar en coche el camino de treinta minutos hasta el sendero. A falta de una solución, comenzamos a caminar. Después de quince minutos, un coche se detiene. Una señora mayor se asoma y dice con un acento tan marcado que casi no reconozco que sea inglés: "Esperad aquí, vamos a llevar nuestras compras a casa y volvemos en diez minutos". Resulta que Julian le preguntó a la pareja en el ferri, pero le dijeron que no iban en nuestra dirección. Sin embargo, parece que la bondad pudo con ellos y decidieron llevarnos a la montaña. Antes de bajarnos del coche, garabatea su nombre y un número de teléfono en un papel para que podamos llamarla en caso de que nos perdiéramos en la montaña.

Cuatro horas más tarde, después de una experiencia increíble y una gran cantidad de lluvia, nos damos cuenta de que estamos tan empapados que no hay manera de dormir a la intemperie como habíamos planeado, y no hay excursionistas que puedan bajarnos. Judith y Bjarne vienen a nuestro rescate, nos llevan de vuelta al puerto y nos dan su dirección por si volvemos a la isla o queremos enviarles una felicitación por Navidad. Pronto tenemos otra razón para dar las gracias: cuando explicamos la situación a nuestro nuevo amigo iraní, inmediatamente nos invita a pasar la noche en su piso. Nos prepara la cena y se niega a usar cualquiera de nuestros alimentos para ello. La noche es mágica, estamos cautivados por la poesía persa, la música iraní y su hospitalidad. Han sido tres semanas increíbles, y me siento muy afortunada de haber conocido a todas estas personas, la tierra de los trolls y haber demostrado que no se necesita mucho dinero para conocer el segundo lugar más caro de la tierra.