Paseo por El Cairo

Artículo publicado el 24 de Agosto de 2007
Artículo publicado el 24 de Agosto de 2007

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Una vuelta en taxi por la capital de Egipto, entre coches, ruidos de bocinas y beduinos a caballo.

Desde el duodécimo piso de nuestro edificio se ven los tejados de El Cairo, multitud de ventanas, antenas parabólicas y algún que otro cartel publicitario cuyas letras zumban como pájaros sobre un cielo contaminado.

Más abajo, en las calles invisibles, transitan coches, pequeños autobuses, carros de caballos, motocicletas y, sobre todo, taxis. Circulan día y noche, son como tropeles en blanco y negro, de metal y plástico, que han sido reparados y vueltos a montar infinidad de veces en patios traseros y calles secundarias. Están por todas partes, en cada esquina de la ciudad y a ambos lados de la marca de la calzada.

La parte trasera del taxi está cubierta de polvo y suciedad. Los asientos están desgastados, la cubierta de plástico negra está roída por la zona de los apoyos y deja al descubierto un relleno indefinible y de color marrón. Es uno de los numerosos taxis que presta sus servicios desde hace ya varias décadas por las calles de El Cario. El guardabarros izquierdo no se corresponde con el modelo y tiene tantas manchas de herrumbre que ni siquiera merece la pena intentar arreglarlo.

El taxista es un hombre joven, como máximo de unos veinticinco años. En lugar de los cantos coránicos que escuchan sus colegas de más edad, él prefiere la música árabe. En comparación con el estado de su vehículo, el radiocasete es asombrosamente nuevo. Ha girado todos los botones hasta que ha dado con una emisora en lengua inglesa con canciones británicas. Quizá pretende hacerme un favor así; seguro que es una buena razón para subir un poco el precio de la carrera.

Es más de medianoche y estoy de camino al lugar donde he quedado con unos amigos de la escuela de idiomas, el Bazar Khan al Khalili. Me doy cuenta de que se trata de un mal momento, porque la calle del 26 de julio está totalmente congestionada. Estamos atrapados en una nube de humos y cláxones. El intento del taxista de serpentear entre las filas de coches tocando la bocina y haciendo señas concluye detrás de un taxi que ha realizado la misma maniobra y que tampoco puede avanzar.

La bocina es el medio por antonomasia para llegar a acuerdos en El Cairo. Pueden encontrarse de todas las formas posibles, desde el modelo estándar hasta las superbocinas polifónicas trucadas, que gritan inesperadamente desde un coche que, por lo demás, está bastante venido a menos.

Alguien me contó que existe una forma de idioma secreto entre los conductores cairotas, diferentes códigos de bocinas con los que se puede saludar o insultar al vecino del coche de al lado. Ya no recuerdo la diferencia de las secuencias, pero el tono que emitían los coches que me rodeaban sonaba bastante agresivo.

El aire en los vehículos se vuelve cada vez más denso y huele mucho a gasolina. Intento bajar la ventanilla, pero este taxi no tiene manivela, si bien la manilla de la puerta sí funciona. El conductor se ha dado cuenta de mis esfuerzos y como al fin y al cabo no nos podemos mover, sale a buscar las pinzas del maletero y baja con ellas la ventanilla. El aire que viene de fuera tampoco es muy fresco pero al menos se mueve un poco.

Sobre los techos de los demás coches contemplo las fachadas de los edificios, ennegrecidos por el hollín, la ropa blanca y de colores que revolotea desde las cuerdas de las ventanas. Pienso en el beduino que, una de las primeras veces que cogí un taxi, se paró de repente sobre su caballo en un cruce a lado de nuestro taxi. El conductor y él intercambiaron un par de palabras amables y cuando los guardias de tráfico finalmente empezaron a hacernos señas, el beduino golpeó al caballo con los talones en los costados y el taxista volvió a pisar el acelerador: durante un instante el jinete galopó por mitad de la carretera a la altura de nuestros ojos, al lado del taxi, antes de desaparecer riendo y haciendo señas por el espejo retrovisor.

El atasco fue descongestionándose paulatinamente tras varios semáforos. Mañana, las próximas semanas y siempre será así: parar, seguir, tocar la bocina, acelerar, tocar la bocina, frenar y volver a tocar la bocina. Pronto podré explicarle al taxista en árabe que tengo que girar a la izquierda al final de la calle, bajo el puente, para llegar a la escuela; y a menudo, él repetirá la frase en perfecto inglés.

Aquí, en El Cairo, uno se puede hacer taxista por muchas razones, todo tipo de gente circula por las congestionadas calles de El Cairo. Pienso en Khaled al-Khamissis Taxi - Hawadit al-mashawir (idioma taxi) en las diferentes voces de los taxistas cairotas que contiene el libro. Su aspecto e historias vitales, a menudo tan insólitos.

Desde el duodécimo piso de nuestro edificio no pueden verse muchos de los taxis, sólo pueden oírse. Forman parte de la maraña de ruidos que envuelve toda la ciudad veinticuatro horas al día. No es fácil escapar. En El Cairo no existe el silencio, sólo la ocasional ausencia de ruidos.