Patrick Monahan, carcajadas sin fronteras

Artículo publicado el 20 de Agosto de 2006
Artículo publicado el 20 de Agosto de 2006
En plena gira europea, Patrick Monahan, comediante irano-irlandés en boga, se toma un descanso para compartir su vis cómica con cafebabel.com

Hay gente que desde muy temprana edad se siente llamada a cumplir una misión. Para algunos, esta misión será religiosa, para otros, política o empresarial. Para los menos, pertenecerá al envolvente mundo del espectáculo y el entretenimiento. Patrick Monahan pertenece por derecho propio a esta última categoría. De padre irlandés y madre iraní, las leyes de la naturaleza le han provisto de los instrumentos que hacen reír. “Los irlandeses siempre han sido buenos oradores”, me dice. “Y los iraníes no dejan de hacer aspavientos con los brazos mientras hablan. Reúno estos dos elementos en mí.”

Y así es. Mientras charlamos en un café de Londres, Monahan se expresa tal y como es. Sus brazos cobran vida propia. Mediante movimientos espasmódicos orquesta sus palabras, un torrente verbal que deja estupefacto a quien le observe, como al paso de un torbellino. Alguna voz de la crítica ha comparado sus enérgicas coreografías con las de un púgil en pleno ejercicio dentro del cuadrilátero.

Hoy, su vehemente conversación hace honor a su fama. Cuando tocamos el tema de su adolescencia vivida en Londres –llegó aquí desde Irán cuando tenía tres años–, Monahan dirige la cháchara hacia la personalidad modelo de su infancia: su padre parlanchín. “Recuerdo a mi padre sentado en una silla hablando sin parar. Era capaz de hablar de cualquier cosa y siempre tenía una historia que contarle a alguien. Observándole, empecé a darme cuenta de que yo también quería entretener a la gente.”

“Me tomo la vida menos en serio”

El pequeño Patrick tuvo la revelación, pero era aún incapaz de desarrollar activamente su nueva pasión de ser bufón. “Mi gente quería que fuera al instituto y que estudiara. Mi madre quería que siguiera los pasos de mis hermanos en la facultad de derecho o en la de contabilidad.”, apunta. “Pero a medida que fui creciendo se dio cuenta que me iría mejor en el mundo del entretenimiento o de la comedia. Más que nada, se percató de que no me iba tanto lo académico como a mis hermanos y que me tomaba la vida menos en serio. ¡Además era imposible sacarme de la cama antes de las diez de la mañana!”

Siendo adolescente, Patrick decidió probar suerte y embarcarse en un espectáculo cómico en Londres. Su estreno en tablas lo hizo durante una velada en el Purple Turtle pub de la capital británica. “Tenía escritos sobre un papel algunos chistes preparados. Recuerdo cómo llegué al club y me senté junto a dos turistas que no tenía ni pajolera idea de lo que se les venía encima.”

¿Un lunático?

Sea como fuere, saltó a la tarima y saludó al gentío cogido de improvisto con un cálido ‘¡Hey!’ “Así que empecé a soltarles todo lo que tenía a toda leche. No tomé aliento en los siete minutos que duró mi número. Disfruté con cada minuto, pero mi audiencia no pareció muy impresionada. ¡Seguro que la organización me tomó por un joven lunático!”

Así es cómo Patrick aprendió de golpe una de las reglas básicas del buen comediante: el control de los tiempos. “Es fundamental introducir pausas durante la actuación, no importa dónde. Lo de las frases ingeniosas es un mito: cualquier cosa puede tener ingenio, pero hay que saber ir aumentando la tensión del público, pararse de golpe ¡y soltarles el desenlace revelador de la broma!”

Cualquiera puede hacerlo

Otros trucos para cómicos los resume en cuatro verbos: contar, exagerar, recrear e incluir. Y para los chistes, basta con asegurarse ser un buen observador de la vida real. “En teoría, todos podemos hacer comedia, incluso quienes no saben hablar en público”, me asegura Monahan.

El sentido del humor es tan universal como podamos imaginar. Monahan observa que el mercado de la comedia se ha vuelto global “La guerra del golfo, los estadounidenses, el McDonalds: son temas que funcionan en todas partes.”

En un principio nunca tuvo que buscar muy lejos sus fuentes de inspiración. Sus orígenes mestizos, algo de lo que se siente muy orgulloso, imperan en el tratamiento que da a sus retahílas sobre geopolítica. Un retal de ironía: “Mientras mis vecinos amenazan con llamar a la policía, mis padres lo hacen con llamar a la ONU”.

No, en serio: “Cuando la gente junta lo del 11-S con lo de Irak, lo de Irlanda del Norte y demás conflictos, a menudo les oyes hablar de ese choque de civilizaciones entre Oriente y Occidente. En cambio, yo pienso que hay un futuro para seguir todos juntos. Mi propia trayectoria demuestra cómo se pueden crear puentes entre culturas.”

Diversos músculos de la risa

Le pregunto a Monahan sobre los distintos públicos a los que se ha enfrentado en Europa. Responde hablándonos de los distintos “músculos de la risa” de cada país: “Los alemanes prefieren mis chistes físicos o mímicos, como los trucos con bicicletas y otro atrezo. Los franceses prefieren la sátira política. Además son muy educados; aplauden después de cada chiste. Los ingleses tienden a ser más psicológicos, sobre todo si están borrachos. Los griegos apenas saben dos palabras de inglés, así que casi todo lo que hago con ellos es mímico y físico.”

La variedad de su audiencia implica que Monahan guarde siempre un as en la manga en el caso de que el chiste o la broma no funcionen. “Si sucede, hay que continuar enseguida, como si formara parte del guión. Simplemente, cambia la atención del público y pregúntale a alguien en la sala algo así como ‘¿qué hubieras hecho tú?’”

Aun así, ni él mismo sabe si este truco funcionaría en su lejana patria, en Irán. “Me encantaría hacer un espectáculo allí”, me dice. “Pero creo que hoy por hoy sería muy difícil. Para empezar, nada más pisar suelo iraní, tendría que hacer mi servicio militar durante dos años. ¡Pero vaya si sería bueno hacer allí mi número final!”