PEGGY HUGHES: LIBROS QUE NOS HABLAN

Artículo publicado el 10 de Febrero de 2014
Artículo publicado el 10 de Febrero de 2014

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Podemos ver a Peggy Hughes metiendo los dedos en uno de los pasteles literarios de Edimburgo, antes de echarles sal, pimienta y nuez moscada; pero también organizando salones literarios, festivales o publicaciones como directora de desarrollo literario de Dundee. Quedamos con ella en la librería-café Looking Glass Books de Edimburgo para hablar sobre Electric Bookshop y los tatuajes literarios.

Elec­tric Books­hop es uno de los úl­ti­mos pro­yec­tos de Peggy. En él, se lle­van a cabo even­tos para la crea­ción de con­tac­tos y ta­lle­res “sobre edi­ción di­gi­tal, pero tam­bién sobre el di­se­ño, el fu­tu­ro de la lec­tu­ra y la es­cri­tu­ra y los fas­ci­nan­tes ade­lan­tos en el mundo de los li­bros”, como ella misma cuenta. Elec­tric Books­hop em­pe­zó cuan­do Peggy, que tra­ba­ja­ba en Edin­burgh City of Li­te­ra­tu­re, y Clai­re Ste­ward, una amiga que tra­ba­ja­ba en Scot­tish Book Trust, des­cu­brie­ron un even­to lla­ma­do Book to the Fu­tu­re. “Era una es­pe­cie de reunión so­cial noc­tur­na di­ri­gi­da por The Book­se­ller en Lon­dres,” ex­pli­có Peggy, “cen­tra­da en el fu­tu­ro del for­ma­to de los libros. In­vi­ta­ron a todo tipo de pro­fe­sio­na­les de la in­dus­tria, pero fue real­men­te una gran oca­sión para co­no­cer a per­so­nas afi­nes.” Dado que el even­to se reali­zó en el lugar equi­vo­ca­do y que no exis­tía un equi­va­len­te en Edim­bur­go, ambas ami­gas de­ci­die­ron or­ga­ni­zar uno. “Edim­bur­go es un una gran ciu­dad li­te­ra­ria, pero tam­bién tiene...” busca la pa­la­bra co­rrec­ta y fi­na­li­za dis­cul­pán­do­se con una son­ri­sa, “cosas real­men­te in­creí­bles en cuan­to a in­for­má­ti­ca, compu­tación e in­te­li­gen­cia ar­ti­fi­cial.”     

UN Papel QUE HABLA

Peggy se de­tie­ne para ha­blar con la ca­ma­re­ra que nos trae nues­tro cho­co­la­te ca­lien­te y, a con­ti­nua­ción, toma un sorbo antes de pro­se­guir. “Así es como em­pe­zó todo. Pad­mi­ni Ray Mu­rray, quien im­par­te cla­ses de edi­ción en la Uni­ver­si­dad de Stir­ling, se unió a no­so­tras. Te­nía­mos claro que que­ría­mos que fuera algo so­cial y cul­tu­ral; dar a la gente la opor­tu­ni­dad de con­ver­sar. Si hay un es­cri­tor en la sala que quie­re pa­sar­se a la prác­ti­ca di­gi­tal, que­ría­mos ser ca­pa­ces de ayu­dar a que esto su­ce­die­se. Como re­sul­ta­do, nor­mal­men­te dis­po­ne­mos de tres invitados que nos dan una pe­que­ña mues­tra de lo que están ha­cien­do y, por lo ge­ne­ral, se cla­si­fi­ca den­tro de un tema: dia­rio, moda, cien­cia, etc.”

Ade­más de los ha­bi­tua­les sa­lo­nes, Elec­tric Books­hop tra­ba­ja ac­tual­men­te en un pro­yec­to que va a ser una má­qui­na del tiem­po para la edi­ción, fi­nan­cia­do por New Media Scotland’s Alt-W award. “¡Es ge­nial! Hará que la gente in­ter­ac­túe con sus prác­ti­cas de lec­tu­ra,” ex­pli­ca Peggy. “El úl­ti­mo even­to de Elec­tric Books­hop fue parte de este pro­yec­to. Que­ría­mos ex­plo­rar la cien­cia y la evo­lu­ción del papel.” Los invitados abar­ca­ban desde lo analó­gi­co y lo tra­di­cio­nal, como la ar­tis­ta plás­ti­ca Yvet­te Haw­kins; hasta lo más mo­derno, como Mike Shor­ter, que fa­bri­ca papel elec­tró­ni­co. “¡Él puede hacer que un papel hable!” ex­cla­ma Peggy. Ade­más, en el podio es­ta­ba la ar­tis­ta Aly­son Fiel­ding. “Aly­son pi­ra­tea li­bros,” ex­pli­ca Peggy al tiem­po que des­cri­be su de­mos­tra­ción como uno de sus mo­men­tos fa­vo­ri­tos en Elec­tric Books­hop. “Tú sabes que en el iP­ho­ne tie­nes Siri y pre­gun­tas: ‘¿Dónde está Loo­king Glass Books?’ Y el móvil te lo dice. Pues ella ha hecho esto con un libro. Aun­que éste no te con­tes­ta de la misma ma­ne­ra, ¡sí que te habla! Aly­son tenía un ejem­plar de Se­cues­tra­do, es­cri­to por Ro­bert Louis Ste­ven­son. Co­lo­có el libro y éste em­pe­zó a funcionar,” Peggy pone una voz pro­fun­da y di­ver­ti­da, a la vez que agra­da­ble, “’¡Hola, có­ge­me! ¡Vamos, có­ge­me!’ Aly­son nunca había hecho esto en pú­bli­co, de modo que cuan­do el libro habló, ¡aque­llo fue sim­ple­men­te alu­ci­nan­te!” 

TA­TUA­JES DE­LE­BLES

La pre­gun­ta de qué frag­men­to de una poe­sía ele­gi­ría al­guien para ha­cer­se un ta­tua­je, por lo ge­ne­ral, es re­ci­bi­da con un des­con­cer­tan­te si­len­cio. De al­gu­na ma­ne­ra no sor­pren­de que Peggy sea la pri­me­ra en­tre­vis­ta­da que me res­pon­de con estas pa­la­bras: “Bueno, es cu­rio­so, por­que casi me hice un par de ta­tua­jes de una poe­sía en el cuer­po,” dice rien­do. “Estoy muy, muy con­ten­ta de no ha­ber­lo hecho, por­que si fuera ahora, no los que­rría. Esto fue justo antes de que me gra­dua­ra, por lo que tenía 21 años o algo así. In­clu­so me in­for­mé sobre los pre­cios y todo. Se tra­ta­ba de un haiku de Issa, pero es­ta­ba en la obra de Sa­lin­ger, Franny y Zooey, que es uno de mis li­bros fa­vo­ri­tos. ¿Has leído Franny y Zooey?” se in­te­rrum­pe a ella misma. Niego con la ca­be­za, arre­pen­ti­da. “Todos han leído El guar­dián entre el cen­teno, pero los li­bros de la Fa­mi­lia Glass de Sa­lin­ger son mag­ní­fi­cos, ¡mag­ní­fi­cos!” dice con en­tu­sias­mo. Mira las pa­re­des del café, re­ple­tas de li­bros y len­ta­men­te re­ci­ta: “‘¡Ánimo, ca­ra­col, que subes len­ta­men­te el Monte Fuji!’ Creía que era una de las cosas más bo­ni­tas con las que me había en­con­tra­do. Me lo iba a ta­tuar en Courier Sans en la mu­ñe­ca. Aquí.” Se da unos gol­pe­ci­tos con el dedo ín­di­ce en la parte in­te­rior de la mu­ñe­ca. “Pero en principio me eché atrás y, por otra parte, es­ta­ba a punto de gra­duar­me y es­ta­ba pe­la­da. ¡Era bas­tan­te caro! Me ale­gro de no ha­ber­lo hecho, por­que de lo contrario ahora lo mi­ra­ría y pen­sa­ría: ‘¡Oh, no! ¡Ojalá no lo hu­bie­ra hecho!’” Hace una mueca bur­lo­na de ho­rror.  

“A veces es­cri­bo cosas en mi mu­ñe­ca y luego la lim­pio,” re­fle­xio­na Peggy. “A veces es­cri­bo sim­ple­men­te ‘choo­se kind’. Y otras anoto ‘alér­gi­ca a la pe­ni­ci­li­na’, por­que lo soy. De­be­ría lle­var una pul­se­ra, pero no me gus­tan las joyas. Como si por estar es­cri­to, pre­ci­sa­men­te tu­vie­ra que ocu­rrir algo...” Se de­tie­ne y luego se ríe entre dien­tes. “Creo que lo que quie­ro decir es que me gus­ta­ría que exis­tie­ra un ta­tua­je que me lo pu­die­ra lavar sin más. Un ta­tua­je que se lim­pia­ra con una toa­lli­ta. Que fuera más per­ma­nen­te que un boli, pero que lo pu­die­ras cam­biar cada día. A lo mejor eso po­dría ser un pro­yec­to. ¡El ta­tua­je in­de­le­ble!” ¿No quie­re decir ‘ta­tua­je de­le­ble?' In­te­rrum­po. Su cara se ilu­mi­na con una son­ri­sa bur­lo­na. “¡Oh, un nuevo pro­yec­to! ¿Aca­ba­mos de crear una firma?”