Pelota de partido para los conservadores iraníes

Artículo publicado el 23 de Junio de 2005
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Artículo publicado el 23 de Junio de 2005

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Con la victoria más que probable de Rafsanyani en la segunda vuelta de las presidenciales iraníes, a los conservadores del país les ha salido la jugada perfecta.

La segunda vuelta de las presidenciales en Irán es ya una victoria de los conservadores. Crea la ilusión de cara al exterior de que el país elige al menos conservador de los candidatos, y a la vez evidencia en el ámbito interno del país la irrelevancia del reformismo al enfrentar a dos conservadores en la recta final.

El régimen en posición de fuerza

A pesar de las denuncias de falta de transparencia en las elecciones y de contradecir los principios del Islam, según critica, por ejemplo, el Ayatolá Mehdi, exiliado en Alemania, los baluartes políticos de Irán se han salido con la suya tras unos años de dificultades en el ámbito interno y externo. Por lo pronto, ningún candidato relevante en la primera vuelta ha esbozado la conveniencia de frenar los programas nucleares. En segundo lugar, pueden presumir ante la opinión pública interna y externa de haber propiciado unas elecciones con mayor dinamismo social y mejor competencia política, pues nunca antes el voto había estado tan repartido ni hubo necesidad de una segunda vuelta. En tercer lugar, Irán muestra -este año con especial énfasis e intención de dar ejemplo en la zona- que puede organizar elecciones sin la ayuda o la injerencia de potencias extranjeras. Y además sin coches bomba.

El carpe diem de los jóvenes iraníes

Quizás para un inglés o un italiano no sea fácil divertirse en Irán, pero sólo se vive una vez, y esto último es lo que ha debido pensar la juventud local. Quizás las cosas no cambien gane quien gane, porque la juventud ya no lucha con la misma energía por las libertades y el aperturismo y, aprovechando la bonanza económica que vive el país debido al aumento del precio de las energías que exportan –como el petróleo-, es posible que ahora prefiera dedicarse al disfrute de los bienes materiales y a divertirse. Como en toda sociedad en la que soplan aires de cambios que luego nunca cumplen con las expectativas, la juventud se ha desentendido de la vida política: tras ocho años de gobierno del reformista Jatami, los jóvenes no aprecian gran apertura y tampoco se ha logrado poner en cuestión la preeminencia de los ayatolás.

Este desencanto de la juventud es una suprema victoria de los conservadores porque se la han quitado de en medio por muchos años. No pensemos que se trata de algo original de Irán: de hecho, en relación con la construcción europea sucede lo mismo, y ya pasó en los países europeos que recuperaron la democracia en los años setenta, tras una galopada democratizadora considerable. Es lo que en España se denominó la “cultura del desengaño”. Esta experiencia en Irán no tiene por qué provocar un retroceso grave. La bonanza económica acostumbrará a los iraníes a exigir cada vez más comodidades porque se acostumbrarán a las materiales. Finalmente, no es ilícito pensar que el conservador Rafsanyani dé la sorpresa y procure reformas sin que los mulás sientan que se está asaltando su modelo de país y sin embargo puedan conservar el protagonismo de dichas reformas.