Pensaba que era amor y, sin embargo, era Erasmus

Artículo publicado el 7 de Diciembre de 2012
Artículo publicado el 7 de Diciembre de 2012
Había una vez un neerlandés y una portuguesa, o una italiana y un español, o… no, no es el comienzo de un chiste obsceno. Según el diario francés Le Figaro, desde 1987 hasta hoy, el programa Erasmus se habría llevado el mérito de haber favorecido el nacimiento de un millón de bebés. Sin embargo, también hay historias de amor de la generación Erasmus que no tuvieron un final feliz.
Aquí van algunas.

Uno de los eslóganes adoptados por la Unión Europea en la celebración del 25º aniversario del proyecto que ha desplazado hordas de estudiantes a todos los rincones de Europa ha sido: “Erasmus: veinticinco años cambiando vidas y abriendo mentes (y rompiendo corazones)”. El paréntesis ha sido añadido porque, cuando se está de Erasmus, esto también pasa. Uno se enamora, después el semestre —o año académico— llega su fin, se intenta mantener la relación a distancia o mudarse a otro país para vivir juntos. Algunas parejas resisten, se casan, procrean y transmitirán de generación en generación la historia del milagro cumplido por el dios pagano llamado Erasmus. Pero no todas las fábulas de amor de la generación Erasmus tienen un final feliz

La distancia se vuelve tan insoportable que uno se ve en la tesitura de escuchar o pronunciar: “Mejor si quedamos como amigos”.

“La primera vez que lo vi estaba en una fiesta y llevaba una camiseta azul, como el color de sus ojos…” y “Una hoguera, una guitarra, el claro de la luna; pero sobre todo alcohol” son los recuerdos, más o menos románticos, que brotan de los relatos de amor surgidos durante el Erasmus. Una fiesta, una barbacoa, una luna galeota, un acento extranjero, la despreocupación, abrirse a los otros y la embriaguez —literal— del momento. El ejemplar típico de la generación Erasmus se enamora de una persona que habla un idioma distinto, come alimentos de los que, a menudo, ni ha oído hablar y ha crecido viendo dibujos animados diferentes —o bien iguales pero con siglas irreconocibles—. En resumen, una persona que no habría tenido la posibilidad de conocer de no haber sido por este programa de intercambio.

¿Por qué parecen tan especiales los amores surgidos del Erasmus? Para algunos, el secreto está en la diversidad: idioma, país, cultura, diferentes formas de hacer y de pensar. Para otros, con el don de la experiencia, no les parece una relación especial, sino “fuera de lo común”. Mientras tanto, la generación Erasmus, a pesar de todos los clichés, no se desanima: ¿la persona de la que se está locamente enamorado habla otro idioma? Un buen motivo para aprenderlo. ¿El enamorado o enamorada tiene una dieta alimenticia distinta? Entonces se puede inventar una especial fusionando los sabores de varias tradiciones culinarias. ¿Está a punto de finalizar el Erasmus? No importa, ¡disfrutemos del momento! Una vez terminado, dos vuelos distintos, dos patrias lejanas y arrivederci.

La mayoría de quienes han sido estudiantes erasmus lo han padecido.

Sin embargo, los ejemplares más testarudos, masoquistas y optimistas de la especie Erasmus deciden no darse por vencidos y continuar la relación en la distancia. El estudio analítico de los horarios, las escalas y las tarifas de las compañías de bajo coste se convierte en uno de sus mayores intereses. El ambiente se vuelve virtual, de videoconferencias en Skype, permitiéndose, de tanto en tanto, alguna que otra leve maldición cuando la conexión a Internet, la tecnología y la compañía telefónica (e incluso, por qué no, las coyunturas astrales conexas) se niegan a colaborar. Otro recurso es agotar todos los recursos económicos. Estos ejemplares de la especie Erasmus recurren a toda clase de estrategia y manejo del abecedario durante un lapso de tiempo indefinido en el intento de hacer comprender a familiares y amigos el nombre de su pareja extranjera. Los ejemplares enamorados de la especie Erasmus se vuelven viajeros empedernidos: dispuestos a viajar horas y horas para pasar juntos un fin de semana, o turistas insaciables que vagabundean de ciudad en ciudad con el propósito de pasar tiempo juntos (o quitarse la espina, por un breve período, de los mensajes no recibidos, las interferencias de Skype y de las palomas viajeras en vacaciones), refugiarse en su propia fábula de amor y olvidarse de la realidad y de los kilómetros de distancia.

El lema de todos los estudiantes erasmus (incluidos los que tienen el corazón roto): “Once Erasmus, always Erasmus”.

Here we are… la lejanía: la llaga milenaria de relaciones amorosas de cualquier era, clase, raza y cultura. Algunos ejemplares de la especie Erasmus estudian cómo, cuándo, y dónde empezar una vida juntos. Piensan en cada detalle: dónde enviar los currículums, en qué ciudad establecerse, cuántas habitaciones tendrá el piso, cuántos hijos darán a luz, a cuántos nietos enseñarán su idioma… Piensan tanto y tan bien que se cansan antes de preparar el equipaje y partir. La relación cambia y puede que también la pareja, y la distancia se vuelve, en consecuencia, una condición permanente y tan insoportable que uno se ve en la tesitura de escuchar o pronunciar la frase de usanza internacional: “Mejor si quedamos como amigos”.

Sin embargo, hay otras parejas que prueban el irse a vivir juntos. Misma ciudad, misma casa, misma cama, misma rutina… Pero “cuando me trasladé —cuenta Federico, un ex estudiante erasmus italiano— el amor imposible se convirtió en posible y pasó de ser especial a ser corriente. La vida empezó a ser aburrida y la burbuja estalló”. Aburrimiento, normalidad, insatisfacción: los síntomas del conocido síndrome pos-Erasmus parecen ser también la causa de las rupturas de las relaciones exóticas y especiales nacidas en tierras extranjeras.

En cambio, después de haber escuchado naufragar sus historias de amor exótico, si intentaseis hacer elegir a estos chicos entre volver atrás en el tiempo para evitar aquella mirada, aquella fiesta, aquella barbacoa y optar, en cambio, por un voto de castidad durante su estancia en el extranjero o, incluso, no vivirla, probablemente escucharías el lema de todos los estudiantes erasmus (incluidos los que tienen el corazón roto): “Once Erasmus, always Erasmus”.

Fotos: portada, © wallpaperscraft.com; texto, © sïanaïs/Flickr.