Pequeños acuerdos entre enemigos gracias a las minorías húngaras en Eslovaquia

Artículo publicado el 7 de Junio de 2010
Artículo publicado el 7 de Junio de 2010
Tras ser investido primer ministro húngaro el pasado 29 de mayo, Viktor Orbán, presidente del partido conservador Fidesz, trae consigo una nueva era de “unidad nacional”. Después de haber anunciado una ley que ofrece la nacionalidad húngara a las personas de etnia magiar en el extranjero, está claro que Hungría elige el camino del nacionalismo hostil. Por suerte para los populistas eslovacos

El pasado 26 de mayo, el Parlamento en Budapest acordó otorgar la nacionalidad húngara a las poblaciones de tal origen que vivan en el extranjero, es decir, a casi 2,5 millones de personas dispersadas entre Rumanía, Eslovaquia, Serbia y Ucrania. Sin embargo, de todos estos países el único que ha reaccionado con esta decisión ha sido Eslovaquia, que la considera como un ataque a su soberanía, ya que al menos 500.000 húngaros viven en este país, lo que supone un 10% de su población total. Por ello, la respuesta de Eslovaquia no se hizo esperar: toda persona eslovaca que acepte esta oferta del gobierno de Hungría perderá automáticamente su primera nacionalidad.

¿Por qué esta rencilla entre los dos países? ¿Acaso los magiares tienen deseos secesionistas? La realidad es que aunque estas minorías sí que tengan miedo acerca del respeto a su lengua y su cultura, no han sido precisamente ellos los que han pedido la nacionalidad húngara. ¿Será entonces el pueblo húngaro el que tiene tendencias expansionistas y sueña con revivir la ‘Gran Hungría’? Nada más lejos de la realidad; de hecho, en 2004 se hizo un referéndum sobre si se debería otorgar la nacionalidad a los húngaros en el extranjero y la participación fue tan débil (37%) que aunque el sí obtuvo un 51 %, el resultado no se tuvo en cuenta.

Solo 37% de los ciudadanos húngaros votaron en un referéndum sobre este temaEl verdadero motivo que está detrás de todo esto es el intento por parte de la clase política de eludir y hacer olvidar una realidad económica muy complicada. Por un lado, Viktor Orbán, quien consiguió el puesto de primer ministro de Hungría con una mayoría de dos tercios, cuenta con un apoyo incomparable, aunque frágil, haciendo promesas a largo plazo como un millón de empleos en diez años, o con propósitos tan irrealizables como acabar con la corrupción.

Por otro lado, Eslovaquia se prepara para sus próximas elecciones legislativas el 12 de junio, en las cuales la coalición en el poder entre los socialdemócratas del presidente Robert Fico (Smer), los liberales del Movimiento por una Eslovaquia Democrática (HZDS) y la extrema derecha del Partido Nacional Eslovaco (SNS), liderado por Ján Slota, va a quebrarse claramente. Además, Fico, estando a la cabeza de un gobierno desgastado, ni tiene medios para remediar la crisis, ni se atreve a tratar el tema de su pésima negociación en el plan de ayuda a Grecia antes de las elecciones. Queda claro que el hecho de darle un toque populista al nacionalismo, da un resultado que conviene a las dos partes: Orbán fomenta la nostalgia de la ‘Gran Hungría’ y Slota y Fico se convierten en las víctimas de sus deseos de hegemonía.

Raíces del conflicto

A 90 años del tratado que puso fin a la Primera Guerra Mundial, muchos sueñan aún con el regreso de la 'Gran Hungría'

La pérdida de más de tres cuartos del territorio del Reino de Hungría durante la Primera Guerra Mundial estará siempre en la memoria de los húngaros reaccionarios. Las fronteras reducidas que fueron fijadas después de 1945 gracias a los decretos Beneš, provocó que muchos húngaros fueran obligados a abandonar Checoslovaquia, un recuerdo nostálgico al que el primer ministro húngaro no duda en referirse. Sus adversarios eslovacos, lejos de hacer algo por calmar la situación, intentan sacarle el máximo partido.

De este modo, son muchos los incidentes que surgen de manera regular para avivar las llamas, desde el reconocimiento definitivo de los decretos Beneš por parte del Parlamento eslovaco, hasta la detención de militantes de extrema derecha húngaros en Eslovaquia, pasando por el problema lingüístico de las minorías magiares también en este país. El último enfrentamiento hasta la fecha fue en agosto de 2009, cuando László Sólyom, entonces presidente de la República de Hungría, pretendía visitar a las minorías magiares en Eslovaquia y no se le permitió la entrada en dicho país, lo que tuvo como resultado el lanzamiento de cócteles Molotov a la embajada eslovaca en Budapest.

En Rumanía, silencio premeditado

Al contrario que Eslovaquia, Rumanía permanece callada ante la decisión húngara, obviando que la nueva ley afectará a 1,5 millones de personas de raza magiar en este país, prácticamente el 7,5% de la población rumana. ¿Será que la base del revuelo eslovaco-húngaro es puramente populista? No está tan claro, Rumanía también tiene sus razones. Todo empieza en abril de 2009 con la agitada reelección de los comunistas en Moldavia, cuando los ciudadanos de dicho país, descontentos con el resultado, salen a la calle durante tres días y asaltan la sede del gobierno. Como símbolo de apoyo, el presidente rumano, Traian Băsescu, simplificó los trámites de nacionalización para los moldavos de origen rumano, llegando a recibir hasta un millón de demandas. Es por ello que Băsescu no se encuentra en condiciones de criticar las medidas húngaras.

¿Y cuál es el papel de la UE en todo esto?

La Comisión Europea ha advertido con preocupación al gobierno sobre el nivel de la deuda de HungríaDe este modo, la Unión Europea (UE) acaba de recibir sin ni siquiera inmutarse 450.000 habitantes más por arte de magia de la varita de Orbán: los magiares de Serbia y Ucrania. Aunque esta situación no corra el riesgo de deteriorarse aún más, una declaración por parte de la UE no vendría nada mal, sobre todo conociendo el caso de Rusia y Georgia en 2008, cuando las autoridades rusas ofrecieron generosamente la nacionalidad a las personas de habla rusa en Abjasia y Osetia del Sur, para más tarde excusar la guerra de 2008 como una acción de protección para sus residentes.

Está claro que las minorías constituidas siglos atrás son los recursos populistas más solicitados en tiempos de crisis, ya sea económica o política, y no faltan ejemplos que lo confirmen, como el de los turcos en Bulgaria o los polacos en Lituania. Si Woodrow Wilson viera que 90 años después de su enunciación del principio de autodeterminación de los pueblos estos asuntos todavía fomentan el odio en Europa, sin duda volvería a la tumba.

Fotos: principal y desfile en Versales ©Only Tradition/Flickr; cartel electoral ©jemufo/Flickr VISA: ©gabyu/Flickr