Pie Tshibanda: los Europeos no quieren mirarse a la cara

Artículo publicado el 11 de Mayo de 2007
Artículo publicado el 11 de Mayo de 2007
Escritor y narrador congoleño exiliado en Bélgica, Pie Tshibanda, de 55 años, se ha bautizado como “el negro loco en el país de los blancos”. Lúcido y optimista, sobre todo quiere dar la palabra a quienes carecen de ella.

“El sábado a las diez en mi casa”. Ésta es la respuesta de Pie Tshibanda cuando le pido que me proponga una cafetería en Bruselas. Un poco desamparada, heme aquí de camino al pueblecito de Tangissart, a unos treinta kilómetros de Bruselas. En sus espectáculos, este humorista todoterreno habla mucho de sus seis hijos. Esta mañana, uno de ellos me abre la puerta, otro me dedica una sonrisa, un tercero viene a comer a la cocina donde realizamos la entrevista.

El abogado de los sin voz

Psicólogo, escritor y narrador de historias, Pie Tshibanda encuentra la inspiración en la historia de su país. “Algunas personas que me han leído en el Congo me lo han hecho notar a veces: ‘¡siempre escribes cosas tristes!’. Yo les respondo: ‘perdonad, pero es la vida que he tenido.” Licenciado en psicología por la universidad de Kisangani a finales de los años setenta, Tshibanda se dedicó pronto a la enseñanza, mientras continuaba escribiendo.

Cuando mi interlocutor evoca los inicios de su prosa, encuentro, en un comedor donde el crepitar del arroz se une al perfume agridulce de las especias, al narrador de las salas de espectáculo. Esta mañana, Tshibanda no lleva su conocida camisa multicolor africana. Pero la sonrisa, la mirada maliciosa y los gestos siguen siendo los mismos. ¿El tema de sus primeros libros? “Esto te va a hacer reír”, me suelta con un guiño, “mis decepciones amorosas”. Pero Tshibanda no tarda en dedicarse a temas más graves que afectaban a la sociedad congoleña de la época, como la prostitución o el delito de brujería. “Vengo para todos los que han sufrido”, explica. “Cumplo mi misión de escritor: el que habla en nombre de aquellos que no pueden hablar, el abogado de los sin voz”.

Su historia, la que cuenta en sus espectáculos Un negro loco en el país de los blancos y Yo no soy brujo, comienza a principios de los años noventa. “Las cosas cambian en ese momento y Mobutu Sese Seko estaba a punto de dejar el poder. Mobutu odiaba al principal opositor que había en el Congo, Etienne Tshisekedi [antiguo Primer Ministro de Zaire, actual República Democrática del Congo], un Luba originario de la región de Kasai. Para debilitar a Tshisekedi, Mobutu decidió tomarla con la comunidad kasai”, me explica Tshibanda. Muchos de ellos, instalados en la provincia de Kananga para trabajar en las minas, perecerían durante la depuración étnica ordenada por el dictador Mobutu.

Pie Tshibanda, también originario de Kasai, denunció las masacres mediante un cómic y una película de vídeo. “A partir de ese momento, las cosas cambiaron por completo: dejé de ser un refugiado ordinario para convertirme en el testigo molesto que deja marca”, recuerda. “Tuve que marcharme de un día para otro”.

La maleta

En el escenario retrata con mucho humor su llegada a Bélgica. Pero, ante mí, la sonrisa que acompaña de una anécdota irónica apenas cruza por su rostro. “Vengo del Congo, pero traigo una maleta conmigo. No soy uno que ha venido con las manos vacías, que viene para tender la mano y cogerlo todo”. En sus textos cohabitan el humor y la muerte, porque “el papel del humor es hacer pasar una píldora amarga con un poco de azúcar”, dice.

Poco antes de su exilio, Tshibanda trabajaba como psicólogo de empresa en Lubumbashi. A su llegada a Bélgica en 1995, se matriculó en la universidad de Lovaina la Nueva y siguió otros cursos. Los primeros años fueron de soledad: mil obstáculos administrativos impedían a su mujer y sus seis hijos reunirse con él en Bélgica.

Otra versión de la historia

En el comedor con paredes amarillas y violetas, bañado por el tembloroso sol de primavera, me sorprendo pensando en la casa que Pie Tshibanda ha construido y que hoy ha transformado en dispensario. “Aquí he encontrado respeto, y, paradójicamente, más que en mi propio país”. Tras un silencio, Tshibanda me apunta de pronto con el dedo: “Aquí he recibido dos medallas de honor. Y en cada ocasión me han entrado ganas de llorar diciéndome: he tenido que venir a Bélgica para conseguir una medalla. Como yo, nadie es profeta en su tierra”.

Sobre el escenario, Pie Tshibanda no duda en recordar el pasado colonial de la Corona de Bélgica. “Es la que ha devuelto el Congo a Bélgica. Hay que saber que durante la colonización se cortaban las manos a los que no producían lo bastante. Creo que los europeos no quieren mirarse a la cara”.

Cuarenta y seis años después de la independencia de Congo, Joseph Kabila se ha convertido en el primer presidente legítimamente elegido, según la prensa internacional. Ahora bien, para Tshibanda, “la historia se repite”. El ruido de la televisión y las voces de sus dos hijos pequeños me traen de Kinshasa a Tangissart.

Cuando le pregunto sobre el papel de la Unión Europea en el futuro político de la RDC, da una respuesta lapidaria: “La Unión Europea va a jugar un gran papel en la construcción de lo que llama democracia, pero que en nuestro país corre peligro de convertirse en una nueva dictadura”.

La opinión de Tshibanda sobre Europa es severa, pero no carente de esperanza: “Me gustaría que esta Europa no fuera sólo una Europa económica, que fuera también una Europa social. Que tuviera una dimensión humana. Si la ampliación puede aportar un equilibrio al mundo, eso puede ser algo magnífico”.