¡Píntame una barriada!

Artículo publicado el 21 de Noviembre de 2007
Artículo publicado el 21 de Noviembre de 2007

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Entre hip hop y jerga juvenil, la cultura de los barrios del extrarradio de las grandes ciudades rebosa creatividad. Como respuesta al paro y a la violencia, florecen muchos proyectos artísticos en estos guetos urbanos, desde París a Bucarest.

Hip Hop. Dos onomatopeyas que resumen por sí solas la cultura de estos guetos urbanos situados en la periferia de las grandes metrópolis. Originario de los Estados Unidos, este movimiento llegó a las barriadas de Europa occidental en los años ochenta, propiciando la emancipación de ciertos jóvenes a través de la reivindicación de una identidad diferenciada.

Mestizaje y rap

Por medio del baile (smurf o break dance), la música (rap, Rythm & Blues), las artes gráficas (firmas y graffitis), la indumentaria streetwear –gorra, pantalones de tiro muy ancho y por debajo de la cintura, como tributo al universo carcelario americano en el que los presos no tenían derecho a llevar cinturón, o panoplias de joyas llamativas- estos jóvenes se unen en tribus y reinventan una y otra vez sus propios códigos, extraídos de películas de culto como El Odio (de Matthieu Kassovitz, 1995) o de ídolos musicales como Eminem o Fifty Cent, quienes además, marcan estilo –cada vez más raperos crean sus propias marcas de ropa como Hu BU de LL Cool J o Com8 de Joel Starr del grupo NTM, pasando por Lacost-.

Esta sociedad paralela con el paso cambiado ofrece a esta generación de jóvenes “de las afueras” la oportunidad de reivindicar su especificidad, de expresar sus angustias y decepciones respecto a un modelo de integración que ha quedado anticuado. En Francia, antes de dar el salto al vocabulario común, el “verlan”, (hablar al revés, dando la vuelta a las palabras), comenzó a ser utilizado por los keums (mecs, “tíos” dicho al revés) en las torres HLM (viviendas de protección oficial) de las “téci” (cités o barriadas pronunciado al revés). Una jerga que mezcla argot, abreviaciones fonéticas procedentes del “estilo SMS”, anglicismos o expresiones árabes (“wesh, wesh" significa hola en los suburbios franceses). Un ejemplo: el título, en su forma menos codificada, de la película francesa de 1997 “Ma 6T va cracker “(Ma cité va Exploser o Mi barriada va a explotar).

Estas costumbres se apropian de un lenguaje y una escritura, pero sobre todo de una Historia y una cultura olvidadas por los manuales oficiales: el rap hunde sus raíces en el arte hablado de los condenados africanos, el blues, las músicas de los esclavos negros forzados a emigrar a Estados Unidos. Una música esencialmente contestataria frente al orden establecido. Desde la aparición del primer gran éxito en 1979, Rapper’s delight de Sugar Hill Gang, el rap ha creado un suculento mercado, popularizado por artistas comerciales como MC Solaar o IAM en Francia; Samy Deluxe, en Alemania o 7 notas 7 colores en España, que ahora escuchan todos los jóvenes.

Arte made in “el barrio”

Frente a las incomprensiones recíprocas, el arte, en sentido amplio, se vislumbra como una puerta de salida para estos jóvenes confinados en sus barrios y confrontados a una altísima tasa de desempleo y a un futuro incierto. Numerosos proyectos artísticos que integran estas culturas ven la luz en los suburbios de las ciudades europeas. Determinados movimientos asociativos han comprendido desde hace tiempo que, en efecto, el arte puede ser un factor de integración para una población generalmente procedente de la inmigración y relegada a barrios desfavorecidos. La red "Banlieue d’Europe” (Suburbios de Europa), compuesta por universitarios, representantes municipales y artistas, reflexiona desde 1992 sobre la cuestión de la intervención artística en estas barriadas.

Como ejemplo, el centro de formación de la Internacional Munich Art Lab, creado en 2001 a raíz de la exitosa experiencia de la “West End Opera”, una ópera hip hop interpretada por jóvenes que habían abandonado la escuela, trata de dar a personas sin formación un bagaje artístico (danza, teatro, música) que pueda devolverles a la vida activa. En Villerurbanne, en las afueras de Lyon, el CCO (Centro Cultural Ecuménico) promueve la diversidad cultural y apoya proyectos artísticos de escultores, actores, grafiteros, etc, facilitándoles los trámites ante las instituciones culturales oficiales. Para Fernando Leite, del CCO, “el arte genera posibbilidades”, sobre todo en relación a una población inmigrante mal integrada y que, por ello, tiene tendencia a “idealizar su pasado y su cultura tradicional”.

En Rumania, Silvia Cazacu, de Suburbios de Europa del Este, subraya que “las generaciones jóvenes desconfían de la política y de las estrategias oficiales. El compromiso asociativo se convierte, así, en el instrumento mejor adaptado y más eficaz para hacer evolucionar las cosas”. En Bucarest, un colectivo juvenil que promueve la cultura de barrio, el graffiti y el hip hop está preparando la “revolución cultural de 2020” para que la ciudad se convierta en esta fecha en el mayor centro europeo para la cultura. Incluso si no son una solución milagrosa para el “malestar del extrarradio”, estas experiencias constituyen una reserva de ideas dento de las que los políticos deberían empezar a buscar. Con la condición, eso sí, de saber aguzar el oído.