Poco sueño y bolsillos vacíos: mi noche en el aeropuerto

Artículo publicado el 1 de Abril de 2016
Artículo publicado el 1 de Abril de 2016

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Las vicisitudes de pasar una noche en el aeropuerto de Copenhague-Kastrup.

Luego de cuatro días de caminar y fotografiar sin parar las frías calles invernales de París, Francia (y de cuatro embriagantes noches de copas de muy buen de vino tinto), Copenhague estaba a la vista como una parada técnica en mi travesía hacia Reikiavik, Islandia.

El último día de febrero comenzó como un día frío en la "ciudad de la luz". La alarma sonó a las 6:00 a.m. y, rápidamente, tuve que empacar mi equipaje y salir. Debía ir a la primera cita matutina de mi vida, organizada por la amiga que muy amablemente me permitió dormir en su sofá por algunas noches. Ambos teníamos sueño y sabíamos que yo debía tomar un avión, lo que significaba que no mucho podía llegar a suceder. Ella prometió visitarme en Dinamarca, por lo que intercambiamos números telefónicos antes de despedirnos. Yo tomé otro café y emprendí mi camino hacia el aeropuerto internacional Charles de Gaulle. Para cuando eran las 10:00 a.m., ya sentía que me había pasado la hora del almuerzo, por lo que me tomé una cerveza. Después de todo, tendría que esperar otras tres horas por mi vuelo.

Mi mente divagaba pensando en cómo se verían las "luces del norte" a través de mis ingenuos ojos portugueses, en que de hecho iba a pasar toda una semana en una isla que es prácticamente un volcán medio dormido en el medio del océano Atlántico. Bastante escalofriante cuando se le ve desde ese punto de vista; sin  embargo, aún debía pasar una noche en el aeropuerto.

Inmediatamente al poner un pie en el aeropuerto más congestionado de Escandinavia, pensé: "¿de verdad deseo pasar una noche aquí?". Era una pregunta bien justificada. Los precios dentro del aeropuerto estaban por las nubes, no había duchas por ningún parte y yo no siquiera contaba con una bolsa para dormir; sin embargo, cuando se es tacaño como yo, existe un sin número de cosas que uno está dispuesto a hacer para ahorrar dinero: tomar vuelos baratos de una capital europea a otra, dormir en casa de un amigo y, en este momento, dormir en un aeropuerto. La comodidad es un pequeño sacrificio cuando se decide enfocarse en tener experiencias poco convencionales.

A las 4:00 p.m., volví a sentir hambre. Calculé el tiempo estimado para el siguiente vuelo y la verdad es que faltaba demasiado. Me senté y comencé a planificar lo que haría el resto del tiempo.

Caminar por los pasillos del aeropuerto era una opción pero conseguirme con turistas estresados por ir retrasados para tomar sus vuelos reveló ser bastante desagradable, tampoco había nada romántico acerca de ver a enormes aviones ser reabastecidos con combustible a través de ventanales de tamaño industrial.

Ni siquiera los tonos naranja del atardecer fueron capaces de teñir con emoción mi aburrimiento. Estoy seguro de que no es allí donde los escritores como Hemingway encuentran inspiración, por lo que decidí ir al lugar al cual sabía que él habría ido: el bar.

Por supuesto que no esperaba participar en una discusión acerca de literatura, avivada por los efectos del alcohol. Tampoco esperaba que hiciera su entrada una mujer deslumbrante, pero había cerveza y yo tenía sed, así que me senté en la barra y conversé un poco con el barman. O'leary's es el tipo de lugar en el que la gente come costillas, hamburguesas, papas fritas y beben cerveza mientras ven los deportes en televisión. Está diseñado para hacerle sentir como en casa mientras espera por un avión. Las paredes están cubiertas con material alusivo a los deportes estadounidenses, con varias referencias a los Medias Rojas de Boston, lo que lo hace lucir legítimo. Mantiene a la gente cómoda durante las noches solitarias al mismo tiempo que, como era de esperarse, vacía sus bolsillos. A pesar de todo, es uno de los sitios más visitados del aeropuerto, incluso durante un día lunes.

Allí conocí a un hombre de negocios inglés llamado Phil, quien mataba el tiempo antes de tomar el vuelo de vuelta a Londres. Aunque la conversación giró mayormente en torno al fútbol italiano, esta me subió el ánimo para el resto de la noche.

En busca de ofertas, era tiempo de dejar los placeres bohemios momentáneos e ir en pos de un lugar para dormir. El objetivo era encontrar un espacio cómodo en el que pudiera recostarme para dormir un poco. El mismo debía tener un sitio para conectar mi computadora en caso de que necesitara combatir mi aburrimiento viendo una película. Compré algunos suministros para la noche y para el desayuno, antes de que cerraran las tiendas, y comencé mi búsqueda del lugar perfecto para dormir. No tenía muchas opciones. Los asientos no eran cómodos ni lo suficientemente largos como para estirar mis piernas y la silla masajeadora lucía cómoda pero estaba ocupada. Afortunadamente había dos sillones en la puerta C10, perfectas para noctámbulos como yo.

Cuando ponía mis pertenencias encima de mi "cama" para reclamar el territorio, noté que otros dos pasajeros ya habían reservado su espacio. Una adolescente tecleaba fuertemente en su laptop, sonriendo al monitor, mientras que una mujer mayor tenía problemas para encontrar la mejor posición para dormir. Ciertamente, no era un hotel cinco estrellas pero, con poco dinero restante, era la única opción viable. Estuve en la computadora un tiempo y le garanticé a mi padre que nada malo me pasaría en un aeropuerto totalmente vacío. Estaba en lo correcto.

Pude dormir cerca de cinco horas, lo que está bastante bien, considerando las circunstancias, y estoy seguro de que habría dormido más si tuviera el sueño pesado. El ruido ocasional realmente no era un problema y tampoco llegué a sentir frío. Lo que sí sentí fue cansancio, pasar 24 horas en un aeropuerto es difícil. No hay duchas, la comida costosa se lleva las monedas de los bolsillos de los viajeros y hay muy poca gente con la que conversar; sin embargo, es una aventura que toda persona debería experimentar al menos una vez en su vida.

Probablemente podría haber conversado con más personas ya que la gente está más dispuesta a conversar cuando atraviesan situaciones extrañas, pero me enfrenté a esta situación viéndola como una experiencia interior. Además, mi objetivo no era el de hacer amigos, era sobrevivir la noche. En un momento olvidé mi cámara lejos del sitio donde estaba pero logré recuperarla intacta porque, como dije, el aeropuerto estaba casi desierto. Así que, la conclusión es: si vas a dejar tu cámara olvidada en algún sitio, procura que sea en un aeropuerto vacío.