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Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2013
Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2013

Ima­gi­nad un mundo donde la po­lí­ti­ca se hace sólo a tra­vés de las redes so­cia­les ¿Para qué sirven las per­so­nas? ¿Nos han sustituído nues­tros per­fi­les? ¿Los posts son nues­tras ac­cio­nes? ¿Ha lle­ga­do la self made po­li­tics? Cada vez más po­lí­ti­cos se es­cin­den de sus par­ti­dos y se lan­zan a hacer po­lí­ti­ca en so­li­ta­rio. ¿Qué nos es­pe­ra en un fu­tu­ro?

Tomó su smartp­ho­ne y tui­teó: “Son las 7h, buen des­per­tar, zumo de na­ran­ja y na­po­li­ta­na de cho­co­la­te”. Al ves­tir­se, en­con­tró un par de fl­yers en el bol­si­llo, pero ya no se leían. Su agen­cia de pren­sa los había im­pri­mi­do unas horas antes. Es­ta­ba fu­rio­so. ¿Cómo po­dían im­pri­mir fo­lle­tos con tan poca vida útil? De­ci­dió lla­mar in­me­dia­ta­men­te a sus la­ca­yos. Sus dedos, to­da­vía hú­me­dos del agua con la que había la­va­do su per­fil de feis­buk, no le per­mi­tie­ron mar­car el nú­me­ro. Se los secó rá­pi­da­men­te entre tos­ta­da y tos­ta­da cuan­do, des­gra­cia­da­men­te, un pe­go­te de mer­me­la­da cayó justo en la pan­ta­lla. Blas­fe­mó como un dia­blo y mal­di­jo a todo su equi­po de or­ga­ni­za­do­res. Entre dien­tes dijo: “¡Basta! Aun­que Zwa­cken­berg me ful­mi­ne, ¡en cuan­to salga del muro los des­pi­do a todos!”. 

Cuan­do llegó a la Plaza de la Re­pu­blog, entró en la sede del par­ti­do gri­tan­do a todos los vo­lun­ta­rios que es­ta­ban or­ga­ni­zan­do la cam­pa­ña elec­to­ral. Vio un ratón co­rre­tean­do a lo largo del pa­si­llo y, antes de que lle­ga­se al baño, lo cogió con las manos. Co­nec­tó su cola al pri­mer PC que en­con­tró y, bajo la mi­ra­da ate­rro­ri­za­da de todo el mundo (ami­gos, vo­lun­ta­rios y co­la­bo­ra­do­res) des­pi­dió a todo su per­so­nal con un sim­ple click. Sus­pi­ró, ali­via­do. Con un solo click había bo­rra­do a todas las per­so­nas que lo ha­bían ayu­da­do en los úl­ti­mos meses. Su ros­tro di­bu­jó una son­ri­sa sar­cás­ti­ca. De­ci­dió in­mor­ta­li­zar­la con un sel­fie y lo posteó en su muro. Por fin tenía el con­trol total sobre su cam­pa­ña elec­to­ral y sobre su des­tino. Ya sólo le es­pe­ra­ba el con­gre­so final del par­ti­do; y des­pués, las elec­cio­nes.

Los días que fal­ta­ban para el con­gre­so los pasó tran­qui­la­men­te en su casa, sen­ta­do en su si­llón. Con el móvil en la mano a todas horas, tui­tea­ba a un ritmo fre­né­ti­co. Se fo­to­gra­fia­ba en el dor­mi­to­rio, en el baño, co­ci­nan­do: cual­quier mo­men­to valía. Des­pués en­via­ba las fotos a todos sus con­tac­tos nue­vos o las col­ga­ba en sus ál­bu­mes vir­tua­les. Su usua­rio Fli­ckr es­ta­ba tan lleno que tuvo que abrir dos más. Mien­tras tanto, gugel le había blo­quea­do el co­rreo elec­tró­ni­co por “spa­mear a todo el país”. Así llegó al día antes de inau­gu­ra­ción del con­gre­so, con­ven­ci­do de haber lle­va­do a cabo la cam­pa­ña elec­to­ral más so­cial de la his­to­ria.

El día del con­gre­so se le­van­tó tem­prano, cogió su smartp­ho­ne y tuit­eó: “Son las 7h, buen des­per­tar, zumo de na­ran­ja y na­po­li­ta­na de cho­co­la­te”. Al ves­tir­se, en­con­tró un par de posts en el bol­si­llo, pero ya te­nían al­gu­nas horas; se había ol­vi­da­do de po­ner­los en su muro. Acto se­gui­do de­ci­dió col­gar una foto suya, de punta en blan­co para el gran even­to. Sus dedos, to­da­vía hú­me­dos del agua con la que había la­va­do su per­fil de feis­buc, le im­pi­die­ron hacer la foto ideal y al final sacó solo su cuer­po sin ca­be­za. Se secó rá­pi­da­men­te las manos y, cuan­do se dis­po­nía a co­mer­se una tos­ta­da, un pe­go­te de mer­me­la­da cayó justo en la pan­ta­lla. Blas­fe­mó como un burro y mal­di­jo a todo su equi­po de or­ga­ni­za­do­res. Des­pués, se paró a pen­sar un poco y em­pe­zó a reír­se como un dia­blo. 

Pasó por la calle del Ágora, pero le pa­re­ció más de­sola­da que otras veces. Entre los tuits que re­vo­lo­tea­ban por el aire y algún men­sa­je de audio que se oía a lo lejos, es­con­di­do en los ca­lle­jo­nes más es­tre­chos, de re­pen­te, se sin­tió solo. Le pa­re­ció ver un tum­bler abier­to a unos pocos me­tros de dis­tan­cia. Se acer­có con paso se­gu­ro y aire sor­pren­di­do cuan­do, de re­pen­te, el pro­pie­ta­rio cerró las per­sia­nas. Su res­pues­ta in­me­dia­ta fue in­sul­tar­le, y de­ci­dió de­jar­le un co­men­ta­rio ne­ga­ti­vo en su blog. Se arre­gló la cha­que­ta, res­pi­ró hondo y, bus­can­do una razón cual­quie­ra a la de­sola­ción que lo ro­dea­ba, cogió el link ha­bi­tual hacia la plaza de la Re­pu­blog.

Al lle­gar a la sede del par­ti­do, en­con­tró so­la­men­te al­gu­nos mouse co­rre­tean­do por los pa­si­llos. No había nadie. La plaza donde se en­con­tra­ba el edi­fi­cio tam­bién es­ta­ba de­sier­ta. Sólo pe­rros va­ga­bun­dos y zo­rros de mi­ra­das res­plan­de­cien­tes me­ro­dea­ban como som­bras sobre el as­fal­to. De re­pen­te se sin­tió vacío y todo le dio vuel­tas. ¿Dónde es­ta­ban todos sus par­ti­da­rios? ¿A quién iba a di­ri­gir su dis­cur­so de clau­su­ra de cam­pa­ña? ¿En qué se había equi­vo­ca­do? “Es im­po­si­ble”, pensó. “Jamás ha ha­bi­do una cam­pa­ña más so­cial que la mía”, dijo a su re­fle­jo en un es­pe­jo. Des­pués, mien­tras ru­mia­ba qué hacer, vio un an­ti­guo ma­ni­fies­to que tenía mu­chos años. En él, había di­bu­ja­das va­rias per­so­nas ca­mi­nan­do. En el cua­dro, un viejo con un som­bre­ro, cha­que­ta al hom­bro y mano en el bol­si­llo, guia­ba a la mu­che­dum­bre. A su lado había una mujer con un re­to­ño en su fular por­ta­be­bés. Leyó la di­das­ca­lia: “El Cuar­to Es­ta­do”. Miró el cua­dro pen­sa­ti­vo y de pron­to le pa­re­ció que dé­ca­das de his­to­ria pa­sa­ban fren­te a sus ojos. Di­bu­jó una son­ri­sa sin­ce­ra y miró al techo con la ex­pre­sión de quien lo ha com­pren­di­do todo. De re­pen­te, ya no se sen­tía solo. Vol­teó de es­pal­das al cua­dro y se di­ri­gió hacia la ven­ta­na. El sol ilu­mi­na­ba per­fec­ta­men­te la fi­gu­ra que ahora so­bre­sa­lía en pri­mer plano res­pec­to al cua­dro, bien vi­si­ble, al fondo. Se metió la mano en el bol­si­llo e, igual que había hecho los días an­te­rio­res, cogió su smartp­ho­ne, lo le­van­tó, dio las gra­cias al re­tar­da­dor y se in­mor­ta­li­zó. 

Este texto forma parte del dos­sier na­vi­de­ño sobre el nar­ci­sis­mo, que cons­ta de 5 ar­tícu­los rea­li­za­dos por la re­dac­ción de Ca­fé­ba­bel en París.