Pompeya, la belleza abandonada

Artículo publicado el 5 de Diciembre de 2014
Artículo publicado el 5 de Diciembre de 2014

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Una entidad privada hace resurgir Herculano mientras que Pompeya se desmorona, a pesar de los fondos consignados por la Unión Europea. ¿La solución? En français s'il vous plaît.

En la Campania, en Italia, se consuma un milagro: existen dos continentes dentro de una misma región. ¿A qué distancia? A la que media entre las excavaciones de Herculano y las de Pompeya: 11 kilómetros. Ambas ciudades quedaron sepultadas la noche del 24 de agosto del 79 d.C. por la erupción del volcán Vesubio y fueron redescubiertas primero por las excavaciones encargadas por Carlos de Borbón (el futuro Carlos III de España) y después por las que llevaron a cabo ilustres arqueólogos italianos como Amedeo Maiuri. Las dos ciudades, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, parecen lugares de distintos continentes. Si en Pompeya los derrumbes, las dificultades en el gasto de los fondos y las protestas de los trabajadores minan el goce y la imagen del emplazamiento, Herculano es objeto de estudio por sus «buenas prácticas» en la gestión de áreas arqueológicas.

Herculano, un modelo gracias al mecenazgo. ¿La clave es el sector privado?

Todo empezó en 2002 con la concepción del Herculaneum Conservation Project: la Superintendencia Especial de Bienes Arqueológicos de Nápoles y Pompeya, el Packard Humanities Institute y la British School de Roma firmaron una colaboración que emplea a un grupo interdisciplinar de especialistas y a empresas predominantemente italianas. Después de doce años y veinte millones de euros invertidos, el impacto es tangible: se puede visitar el 65% de la zona, se ha recuperado la antigua red de alcantarillado para prevenir la inestabilidad hidrogeológica (que, según los arqueólogos, fue la primera causa de los derrumbes que tuvieron lugar en las excavaciones de Pompeya), se han limpiado los pavimentos y las aceras, se han restaurado los frescos y se han cubierto las domus. En todo esto, el nombre Packard está presente solo en un cartel que explica qué se ha hecho hasta ahora y cuáles son los proyectos futuros. «What we're doing», recita. Mientras, Pompeya está en situación de emergencia: del hundimiento de la Casa de los Gladiadores, en 2011, al «récord» de tres derrumbes en tres días del pasado mes de marzo, pasando por los famosos 105 millones de euros de fondos comunitarios de los cuales, hasta julio de 2014, solo se había gastado el 1% para después subir vertiginosamente al 46% en tres meses, insinuando la legítima duda del enésimo despilfarro de dinero público y que el «giro» había venido dictado por las continuas peticiones de los órganos europeos y la amenaza de tener que restituir la financiación.

¿Cómo se explica este desajuste entre dos áreas arqueológicas que, cabe recordar, distan solo once kilómetros la una de la otra? Ante todo, Pompeya y Herculano difieren en extensión (las excavaciones de Pompeya son aproximadamente cinco veces mayores), pero también en la tipología de intervención que se requiere. Herculano fue arrollada repentinamente por un río de lava que, al sepultar la ciudad, permitió una conservación de la estructura sin igual. En cambio, sobre Pompeya cayeron rocas y ceniza que sofocaron la ciudad, lo que provoca que su mantenimiento sea delicado y que las intervenciones precisen de una flexibilidad de la que goza Herculano gracias a la intervención del sector privado y que la máquina pública parece no poder asegurar. ¿Hay que buscar la solución, pues, en la intervención privada? Quizá. Pero se pueden recorrer otros caminos vista la dificultad de encontrar un mecenas que no pida como contrapartida un rédito de la imagen. Las consignas deben ser eficacia y velocidad. ¿Cómo podrían garantizarse?

En el extranjero lo público funciona. Y habla francés

En Francia, más concretamente en el Valle del Loira, desde el año 2000 existe un magnífico ejemplo de cómo lo público y lo privado colaboran con lealtad por la conservación y el desarrollo del patrimonio artístico y cultural. Se trata de la Mission Val de Loire, una comisión que ofrece un trabajo de mediación entre empresas privadas y entes públicos. Viene dada en concesión una marca, que aporta prestigio a las empresas, a condición de que estas se comprometan a desarrollar acciones que contribuyan al conocimiento y a la puesta en valor (también económica, con tendencia a la autofinanciación) del paisaje cultural del Valle del Loira. Todo ello con el patrocinio de la Unesco.

Colaboración, antes de que se derrumbe todo

Sería de esperar un funcionamiento parecido si fuera la Unión Europea la que lo promoviera. A lo largo de los años, esta se ha preocupado sobre todo de acciones de inspección y de sanción teniendo en cuenta las grandes partidas de financiación emitidas al emplazamiento de Pompeya. Sin embargo, los ingentes fondos han terminado por restar interés, paradojalmente, en la gestión y el mantenimiento diario y han focalizado las intervenciones en la singularidad, lo que, vista la situación, ha causado mayores daños. La solución es, pues, una vez más, Europa. Una Europa no solo de fondos, ultimátums e inspectores, sino una inspirada en criterios de eficacia; una Europa de unidad y colaboración. En resumen, que sea capaz de reunir al Estado Italiano, los entes locales y eventuales entidades privadas alrededor de una mesa. La creación de una marca, basándose en el ejemplo francés, permitiría no tener que esperar más a un «príncipe» como David Packard, sino poder volver a llevar a la «belleza abandonada» al lugar que se merece: el continente europeo. Ojalá sea antes de que se derrumbe todo (según el observatorio de los bienes culturares, el 80% del área arqueológica está en riesgo de deterioro y destrucción) y que con ella se derrumbe también una buena parte de la identidad del viejo continente.