¿Por qué bajan los jóvenes polacos a la mina?

Artículo publicado el 14 de Enero de 2016
Artículo publicado el 14 de Enero de 2016

Contamina y, además, no es rentable. Toda Europa apunta con el dedo al carbón polaco, que sigue dando calor y luz al país. A pesar de la presión y del oscuro futuro que se presenta, los jóvenes polacos no quieren creer en el discurso que llega desde Bruselas y siguen acudiendo a las puertas de la mina.

Michał se mudó a una de las residencias de la AGH, un campus cerca del centro de Cracovia. A final de año recogerá su título de ingeniero y, igual que hizo su padre antes que él, buscará trabajo en la mina. Con 24 años, este joven polaco perpetúa la tradición del sur de Polonia gracias a la Escuela de Minas y  Metalurgia, una de las mejores del país. Pero a diferencia de su abuelo, Michal es tímido y no está seguro de poder encontrar trabajo o de poder mantenerlo. Debido a que el carbón no vale mucho, amenazan con cerrar las minas y Europa presiona a Varsovia para que deje de invertir en esta energía contaminante.

Mientras tanto, las calderas siguen girando y la punta del castillo de Wawel, lugar de descanso de los reyes polacos, tiene dificultades ciertos días para perforar la niebla. En Cracovia, las nubes bajas no sólo duran lo que dura el invierno polaco. Con su ligero olor a azufre, el carbón se cuela en las calles de la ciudad y, con el tiempo, acaba por recubrir las paredes de color negro. Cracovia, ciudad de los Reyes de Polonia, también se sienta en el podio europeo de la contaminación de partículas finas. El carbón no sólo está presente en el corazón de la Pequeña Polonia –esta región de Cracovia–, también lo está en sus pulmones.

El carbón en la sangre

Sin embargo, son cada vez más y más numerosos los ciclistas o los repartidores de publicidad que se cubren la nariz con máscaras blancas, con la esperanza de limitar el daño de este aire sucio y tan frío que a veces quema los pulmones. Cada año mueren prematuramente en Polonia 3.500 personas a causa de la contaminación del carbón, según las estimaciones de la ONG Health. De hecho, en octubre de 2015, el Ayuntamiento de Cracovia asestó un duro golpe al sector: Ha prohibido a los habitantes de la ciudad el uso de calefacción con estufas de carbón individuales.

El año pasado, 4 de las 14 minas de la principal industria minera acabaron cerrando. El resentimiento de los sindicatos aumentó con motivo de la ofensiva del anterior gobierno de centro-derecha, en la línea de las exigencias de la Unión Europea. Un compromiso que seguramente le costó algunos votos en las últimas elecciones parlamentarias, que marcaron el retorno al poder del PiS, un partido euroescéptico y pro-carbón. Así, a finales de 2015 llegó un ligero soplo de esperanza para este sector en crisis. Nada detiene a los jóvenes que continúan acudiendo a las puertas de las minas con la esperanza de un contrato y sus 2.0003.000 zlotys al mes.

No es suficiente prohibir el carbón en las estufas para sacarlo de los hogares. Al pasar por las ciudades y el campo, se sigue viendo el humo espeso que escapa de las chimeneas. Y en la Pequeña Polonia son pocas las familias que no tienen a alguien con el "rostro negro" entre ellos. "Cuando llegué a la escuela secundaria, no sabía qué hacer", dice Michał. "Continuar en la industria del carbón me pareció evidente, pues mi padre era minero". Así que será bajo tierra donde hará carrera. En su promoción, explica, casi todos los ingenieros provenían de una familia de mineros.

Nada ni nadie escapa a la mina

Sin embargo, la tradición familiar rara vez va acompañada de la aprobación de los padres. Michał enfadó en un principio a su padre con sus primeros pasos subterráneos en Janina, la mina de Libiaz, situada a unos cincuenta kilómetros de Cracovia. Pawel, de 28 años, también trabaja allí desde hace dos años. Este hijo de minero también espera pronto a su propio hijo. "Dicho esto, mi padre tampoco quería verme bajo tierra y, sin embargo, aquí estoy", dice con una sonrisa de resignación.

En Libiaz resulta imposible ignorar la mina. El olor agrio se apodera de la nariz y la garganta. El baile de coches hacia la pequeña colina sobre la que se instala la gran Janina resulta incesante. Incluso el club de fútbol local lleva su nombre: El Górniczy Klub Sportowy "Janina". A unos cientos de metros de las chimeneas de la mina, los jóvenes jugadores tocan la pelota en un césped pagado con el dinero de la empresa Tauron. Aquellos que quieran quedarse en Libiaz y aprender un oficio sólo tienen una opción: La formación profesional de Tauron. Cada año, 20 alumnos aprenden sobre martillos y consolidación de mangueras. La compañía es la propietaria de la mina que alimenta, da calefacción, entretiene y da vida al pueblo. El municipio se embolsa casi 3 millones de zlotys anuales (unos 700.000 euros), gracias a los impuestos pagados por la empresa.

Los nombres de Tauron

Junto con ese dinero, llega también la propaganda de Tauron. El alcalde, los sindicalistas y los mineros, todos asegurar que a Janina y a su enorme reserva de carbón les quedan aún muchos años por delante. Una frase se repite, con las mismas palabras, en boca de todos: "Tenemos la suerte de pertenecer a un gran grupo de energía." De hecho, la inversión de Tauron en el gas compensa el bajo precio del carbón y mantiene la mina a flote.

Pero, ¿qué puede realmente hacer Tauron? ¿Podrá el gobierno continuar invirtiendo en el negocio indefinidamente? Sí, eso es lo que todos quieren creer. Pero a pesar de su seguridad, la duda persiste. Para que siguiera siendo rentable, la fuerza de trabajo de la mina tuvo que reducirse en un 30% en los últimos años y la ciudad empezó a invertir para atraer a otras empresas. Krzysztof Kozik, sindicalista y comprometido con el partido conservador en el Gobierno, se muestra escéptico acerca de la flexibilidad de las políticas de su partido para ayudar a las minas: "El gobierno polaco no puede invertir, ya que es la Unión Europea quién establece las reglas", señala con amargura. Krzysztof quiere creer, sin embargo, que el PiS (el partido conservador en el poder) no tendrá miedo a alejarse de Bruselas. Desde su universidad de Cracovia, el joven Michał es menos optimista: Está seguro de que un día tendrá que salir de su país para trabajar en el extranjero. Pero mientras tanto, continúa con la tradición familiar.

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Este reportaje forma parte de nuestra serie EUtoo, un proyecto que intenta contar la desilusión de los jóvenes europeos. La iniciativa está financiada por la Comisión Europea.