“¿Por qué yo, por ser hombre, no tengo los mismos derechos?”

Artículo publicado el 31 de Diciembre de 2012
Artículo publicado el 31 de Diciembre de 2012
Cuando se trata de violencia, la distribución de los papeles parece a menudo clara: los hombres son los verdugos; las mujeres, las víctimas. Algo menos presente en la conciencia pública es que también los hombres experimentan violencia por parte de sus compañeras.
Particularmente en España, en donde el comportamiento misógino es castigado con especial severidad gracias a una ley de género única en la Unión Europea, la voz de las víctimas masculinas es desatendida. El caso de un español pone de manifiesto el lado negativo de las ambiciosas medidas de igualdad y protección de las mujeres.

“Es como vivir atrapado por cadenas invisibles”, cuenta Antonio —nombre ficticio—, mientras hojea un álbum de fotografías del que nunca se separa. Ha perdido la fe en la justicia de su propio país. Cuando encuentra una vieja foto, se queda en silencio: él sosteniendo radiante a su pequeña hija en brazos. Murió con seis meses.

Entre otros golpes del destino, lo que hoy en día consume sus fuerzas es el ordenamiento jurídico español, sobre todo, la Ley contra la Violencia de Género que entró en vigor en 2005 (Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género): una norma especialmente diseñada para la protección de las mujeres. De acuerdo con el Centro de Investigación Reina Sofía, España es el único país de la UE que cuenta con una ley sobre violencia en el ámbito doméstico y familiar. No solo incluye campañas de sensibilización y el reconocimiento de los derechos integrales de las víctimas, sino también el endurecimiento de las penas contra los agresores masculinos.

Antonio recuerda a su hija a través de este álbum de fotos.

Hace 18 años, Antonio conoció al amor de su vida. Era la primera novia para este camionero. Se casaron y se mudaron a un pequeño pueblo cerca de Madrid. Tras la muerte de la hija en común, la pareja cambió repentinamente. Ella empezó a insultarlo y a burlarse de él y de su trabajo. Ante sus demandas de ayuda, cuando él parecía desfallecer ante el dolor por la pérdida de su hija, ella reaccionaba con desprecio. En algún momento sus palabras se transformaron en violencia física, como una vez en que lo arañó en la cara causándole una herida. A todo ello se sumaron las denuncias falsas.

Martínez Novo, presidenta de la Comisión para la Investigación de Malos Tratos a Mujeres: “Eso es un mito”

“Desafortunadamente la ley incentiva las falsas inculpaciones”, critica el abogado de Antonio, Víctor Martínez Patón. Es uno de los pocos abogados en España especializados en esta problemática. “Cómo víctima de violencia de género, se recibe apoyo económico de hasta 400 euros al mes, pisos de alquiler más baratos y, en el caso de divorcio, el marido debe abandonar inmediatamente la vivienda”, aclara Martínez. “Cuando de repente la policía se presentó ante mi puerta hablando de una denuncia, yo no entendía nada”, cuenta Antonio aferrándose a su álbum de fotos. Aunque por su parte no había habido violencia física, como resultado de la declaración de su mujer ante la policía tuvo que pasar una noche en el calabozo. “Es imposible imaginar qué impotente me sentía”, recuerda.

La presidenta de la comisión encargada de la investigación sobre la violencia contra las mujeres, Susana Martínez Novo, ve en las denuncias falsas únicamente un fenómeno mediático: “Eso es un mito”, afirma. Las instituciones del Estado, como el Consejo General del Poder Judicial, identifican anualmente no más de 20 denuncias falsas en un total de 100.000 en el ámbito de la violencia de género. Sin embargo, en la práctica, los abogados se encuentran con bastantes más casos. La razón está en la distinta definición del concepto “denuncia falsa”.

Otra de las críticas que recibe la Ley de Violencia de Género es la atribución de una pena distinta para hombres y mujeres por un mismo delito, lo que es oficialmente conocido como discriminación positiva. “Eso poco tiene que ver con la igualdad ante la ley”, opina el abogado Martínez. Si un hombre maltrata a una mujer, es castigado más severamente que si ocurre lo contrario. Si bien las primeras denuncias contra Antonio fueron inmediatamente sobreseídas, a la tercera vez fue sentenciado a seis días de arresto domiciliario, a pesar de que su mujer había declarado ante el juez que no había sufrido violencia física. Cuatro veces al día la policía efectuaba una visita de control.

“El problema es que la violencia psicológica no es visible y, por tanto, no se puede demostrar”

Mientras tanto se han separado y lo que Antonio está exigiendo es justicia. Presentó una demanda por daños psicológicos. Los últimos años han dejado huella. Los informes médicos lo confirman. Aún hoy sigue medicándose. Saca una carpeta enorme de la mochila desgastada: “Aquí tengo todos los documentos que prueban mi situación”, afirma mientras hojea, nervioso, una pila de papeles. Sus manos tiemblan. “Sé que hay muchas mujeres que son maltratadas por sus maridos, incluso asesinadas. Esto es una vergüenza. Pero, ¿por qué yo, por ser hombre, no tengo los mismos derechos?”, se pregunta. Su demanda fue desestimada en base a su arresto domiciliario. Como confirma Martínez, la jueza lo expulsó de su despacho cuando él, desesperado, comenzó a contarle su vida.

¿Los hombres como víctimas de la violencia femenina? Ese tema es tan silenciado por la sociedad ahora como antes”, confirma el psicólogo español Estaban Cañamares, quien atiende, desde hace unos años, cada vez a más hombres maltratados. Los hombres sufren la violencia psicológica igual que las mujeres: “El problema es que esta no es visible y, por tanto, prácticamente no se puede demostrar”.

Antonio, que tuvo que vender su propia casa, vive ahora con sus padres. El 5 de diciembre se celebra el aniversario de la muerte de su hija. Ya no puede seguir pagando su sepultura. Cuando cierra el álbum de fotos, se detiene un instante y una lágrima corre por su mejilla: “Me gustaría mucho más estar junto a mi hija”, dice, y guarda la gruesa carpeta en su mochila.

Imágenes: portada, (cc) ro_buk/Flickr; texto, © Gara Fariña García.