Por una Europa “escocesa”

Artículo publicado el 13 de Junio de 2005
Artículo publicado el 13 de Junio de 2005

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A pesar del reciente No de Francia y Holanda a la Constitución Europea, los próximos 16 y 17 de junio en Bruselas tendrá lugar la reunión del Consejo Europeo dirigida a planificar los presupuestos de la Unión para el periodo 2007-2013. Se tratará de dar respuestas concretas a todos aquellos problemas que han llevado a millones de europeos a rubricar el No a la Constitución.

De siempre, Europa y dinero van de la mano: no sólo porque la Unión Europea nace de la integración económica del carbón y del acero, sino porque Europa tiene un coste. Como si se tratase de exorcizar el peso del dinero, se habla de una Europa política frente al Mercado Único; de "potencia civil" frente potencia militar; de subsidio social frente a liberalización del mercado del trabajo. Para no pillarse los dedos con el euro, se ha conseguido inmunizar al Banco Central Europeo de cualquier dirección política.

Sin embargo, a los europeos les gusta el dinero. Tal y como se demuestra a raíz del debate suscitado sobre la Constitución Europea en Francia y Holanda, así como de la reelección de Tony Blair a pesar de la crisis iraquí: una billetera llena o un buen puesto de trabajo moviliza más que las promesas del texto constitucional. Sin embargo -mientras se deciden los presupuestos de la Unión para el periodo 2007-2013- la prensa europea parece ignorar el dinero de Bruselas, centrando el debate de las perspectivas financieras de la Unión Europea sobre la diplomacia a puerta cerrada de los vetos cruzados entre opuestos egoísmos nacionalistas.

La batalla presupuestaria debe abrir un debate sobre las posibles soluciones a la crisis del modelo europeo. En un negro periodo para los países de la vieja Europa, renunciar a hablar de dinero significa evitar la búsqueda de respuestas a problemas concretos que han contribuido a la movilización de millones de europeos ante los distintos referendos de aprobación de la Constitución Europea.

Ha habido una Europa, desde el otro lado del canal de la Mancha, que impuso a sus propios soberanos el principio del "no taxation without representation" (principio de fiscalidad según el cual todo tributo debe ser aprobado por la asamblea elegida democráticamente). Hoy en día, transparencia, eficacia, control democrático en el uso del erario público pueden convertirse en la palanca para devolver la credibilidad a una Europa, rehén del inmovilismo de estrellas fugaces como lo han podido ser Jacques Chirac y Gerhard Schröder.

Entonces -dejando a un lado los sueños constitucionalistas- es mejor convertirse un poco en escocés. Aprender a ahorrar y a gastar mejor; a modificar de nuevo políticas de gastos anacrónicas e injustas como la política agrícola común así como a respetar los propios compromisos adquiridos invirtiendo en la Agenda de Lisboa. Sin premiar a regímenes dictatoriales ni corromper los fondos para la cooperación al desarrollo; poniendo fin a los escándalos ambulantes de un Parlamento Europeo que naufraga entre Estrasburgo, Bruselas y Luxemburgo. Hace falta responder ante los ciudadanos del dinero gastado.

Desde ningún lugar se debe coartar la necesidad de un debate democrático acerca de una mejora del gasto europeo, puesto que de una parte tenemos a la hormiga escocesa y su rigor financiero mientras que de la otra la cigarra argentina y tantos otros años de crisis.