Portugal: El gruñido tranquilo  

Artículo publicado el 5 de Mayo de 2015
Artículo publicado el 5 de Mayo de 2015

Un estado del bienestar apretándose el cinturón, un sistema de salud que no funciona, un 20% de pobres y otro 20% a un paso de serlo, por no hablar de cientos de miles de portugueses que han tenido que emigrar. Portugal tiene carencias y, sin embargo, el país continúa burlándose de su vecino con un estilo de vida relajado y esperando escenarios puntuales de 'final feliz'. ¿Cómo? Con discreción.

Son las 11 de la mañana de un jueves en las secciones del hipermercado Auchan de Amoreiras, en el centro de Lisboa. Amoreiras es el centro comercial chic de la capital portuguesa. Aquí, la crisis es un espejismo. Con total tranquilidad, algunos lisboetas hacen sus compras. Cerca de ellos, un jubilado se entretiene comparando los precios de los champús. En cambio, cuando le pregunto sobre la crisis que nos rodea, va directo al grano. "Hay que decir que con todos estos corruptos que nos gobiernan, no es de extrañar que nos encontremos en esta situación", protesta esta persona que responde al nombre de Luis Monteiro, trabajador durante 30 años en una tienda de electrodomésticos.

"Pero ahora todo eso se ha acabado. A la gente lo que le gusta son los centros comerciales", añade. El tema realmente importante es quizá el de la alternancia política y el problema es que las persona mayores ya no se plantean este asunto desde hace mucho tiempo. "Son todos parecidos, basta que lleguen al poder para hacer lo contrario de lo que han prometido. Al menos a los que están ahora los conozco", masculla antes de marcharse otra vez, sin champú.

Berenjenal y paz

Luis no se hace ilusiones, y parece ser que no es el único. Con motivo de las elecciones legislativas previstas para el próximo otoño, los sondeos más recientes estiman en cerca del 70%  la intención de voto a los partidos de centroizquierda y de centroderecha, es decir, a los responsables de la situación actual. El otro día, escuchaba la crónica de Marcelo Rebelo de Sousa –uno de los presentadores portugueses más influyentes– y contaba que, al contrario de lo que ocurre en Grecia o en España, la gente de aquí es conservadora y no le gusta, no es partidaria del cambio. Según él, los partidos tradicionales han aprendido con los ejemplos vecinos y dan prueba de una capacidad de regeneración interna mayor que los demás países del sur de Europa. Es la explicación que corresponde a un hombre de derechas fuertemente ligado al poder local.

En la práctica, es bueno recordar que desde la llegada de la Troika, en 2011, se han esfumado 400.000 empleos, el desempleo ha superado el 13 %  -en el caso de los menores de 25 años alcanza el 35 %-, mientras que cerca de 120.000 personas abandonan el país todos estos años. Un escenario a la griega y que contrasta, sin embargo, con una relativa paz social. Aquí no hay manifestaciones y tampoco ha surgido una izquierda radical o participativa, cuyos simpatizantes quedan relegados a un electorado "insignificante" que no sobrepasa el 5 % en inteción de voto. 

"Cuando las cosas van mal en Portugal, buscamos protección mucho antes en el seno familiar que en las fuerzas políticas. Como consecuencia de ello, los espacios de expresión política como la calle o los partidos se encuentran prácticamente vacíos". Alexandre, de 36 años, forma parte de esa minoría de portugueses que milita en un movimiento ciudadano. Con una cerveza en la mano, este joven abogado me explica que la división entre la derecha y la izquierda está gastada. Hoy en día, la verdadera frontera es la que separa a los partidos burgueses asentados en el poder de los movimientos o partidos populares. 

Portugal se mantiene al márgen

¿Está Portugal condenado a ser el excluido de esta ola de reformas políticas que barren Europa? El país no es conocido precisamente por sus impulsos reformadores. Sin embargo, tal y como señala el sociólogo Gilberto Gil, una mano importante ha llegado para barajar las cartas: el descontento de los más jóvenes. Más instruida y más informada, aunque abandone los mecanismos habituales de protesta, la juventud portuguesa reinventa una convivencia social centrada en la colaboración. Compartir piso de alquiler, compartir coche, reciclar o aprovechar objetos en desuso... tantas innovaciones que se van convirtiendo cada vez más en la norma entre los menores de 25 años.

Como ejemplo de esta nueva generación, Sofia, una asidua del famoso mercadillo lisboeta de objetos de ocasión -la Feira da Ladra-, donde la encuentro sentada en un taburete desde el que vende o revende ropa femenina. Esta licenciada en Comunicación Cultural, de 25 años, no ha encontrado nunca otra cosa en el sector que no sean becas no remuneradas. Debido a esto, su deseo a partir de ahora es reciclarse en el mundo de la carpintería. Mientras tanto, Sofia trabaja en un restaurante además de realizar una serie de pequeños extras. "No, no he votado nunca y, francamente, es algo que me resbala", afirma. Sofia es el ejemplo de la lisboeta espabilada para quien no sirve de nada quejarse o blandir pancartas. Para la joven lo esencial es adaptarse: "Desde luego que lo que me gustaría es que esto cambie, pero creo que eso corresponde a la política. De todos modos, todo el mundo sabe que es Alemania la que impone sus políticas a los gobiernos".

De hecho, Sofia construye su vida al márgen del sistema: trabaja en la economía sumergida y cobra en negro, no vota, no participa en manifestaciones; pero se gana la vida, defiende sus valores y forma parte de ese Portugal al márgen que se reinventa día a día sin una idea precisa sobre lo que es ni sobre lo que puede llegar a ser. Un futuro incierto que está alimentando una insatisfacción real, sobre todo por parte de los más jóvenes. No hay que olvidar que, al final, son los que pueden hacer las cosas a semejanza de Grecia o de España, ser el elemento detonador de un cambio político y social. Un asunto mucho más complejo que elegir entre dos champús...