Portugal oceánico

Artículo publicado el 27 de Agosto de 2007
Artículo publicado el 27 de Agosto de 2007
Viaje al suroeste del continente europeo en busca de aldeas antiguas y edificios de vanguardia.

A pesar de que en los últimos decenios ha vivido cambios radicales tanto en lo económico como lo social, Portugal todavía conserva un lado salvaje y antiguo. Aldeas envueltas por el viento del océano, playas vírgenes y el inconfundible perfume de los eucaliptos hacen que sea una tierra especial, en la que sumergirse sin estrés. Adosado como una piedra preciosa en España, es un país de una gran riqueza histórica y cultural, de maravillas naturales, un inmenso balcón sobre el océano donde el perfume del Atlántico se entremezcla con el de la óptima gastronomía local, regada por dos vinos profundamente distintos entre sí que parecen reflejar la doble alma de este país: el Oporto, cálido y melancólico, y el vinho verde, fresco y único en su género, lo mismo que Portugal. Quien desee visitar este país debe tomarse su tiempo, hacerse con un calzado cómodo y con un espíritu de aventura y sobre todo de un vehículo capaz de subir las empinadas pendientes de Monchique, el techo del Algarve sureño.

Oporto y Lisboa, perlas del mar

Oporto es sin lugar a dudas una de las ciudades más singulares y fascinantes de Portugal. Implantada en una región de viñedos, se yergue sobre las riberas del Duero, el único punto de quietud en una ciudad que carece de equilibrio urbanístico y que sufre una densidad desmesurada de tráfico. Un intricado laberinto de calles y callejuelas empinadas conduce al corazón del pintoresco barrio de Ribeira, y luego, en rápido descenso, hacia el río donde desde los numerosísimos y pequeños restaurantes de pescadores puede gozarse de la vista del puente de hierro Don Luis I, construido a partir de un proyecto de Gustave Eiffel, que conecta el barrio con la zona de las bodegas donde se produce el Vinho do Porto.

Casi todas las carreteras portuguesas recorren el interior, entre minúsculos pueblecitos y zonas de pastos. El océano es un reclamo constante que requiere de desvíos casi obligatorios. Cabo da Roca es una etapa que no deben perderse quienes se dirijan hacia Lisboa desde el norte, único en su género. Es parte integrante del parque natural de Sintra y Cascais y el punto más occidental del continente europeo, caracterizado por un panorama que deja sin respiración gracias a sus más de 100 metros de acantilados frente al Atlántico.

De aquí a Lisboa, el camino es corto. La ciudad no es imponente ni despersonalizadora. Sus habitantes parecen los mismos que los de los pequeños pueblos a lo largo de la carretera estatal. También aquí, en el centro de la capital, las viejecitas sestean sentadas a la entrada de sus casas durante las tardes de verano, tanto en el barrio junto al castillo de San Jorge como en toda la colina de la Alfama, cuyas casitas blancas se arremolinan creando un ovillo de escaleras y callejuelas animadas por la noche al son del Fado. Lisboa vive en sus cafés, en su hormigueo de calles, en las tabernas que atestan el barrio alto, un barrio que se debate entre la tradición y la avanguardia, donde entre los pequeños talleres de artesanía y las tascas se hacen un hueco los nuevos espacios de creación artística.

Hasta el “fin del mundo”

Cabo de San Viciente, el punto más al suroeste de Europa, es el lugar que todavía hoy se llama “el fin del mundo”, del que zarpaban los navegantes para descubir nuevos territorios. Para disfrutar del atardecer detrás de su pequeño faro, donde el sol se sumerge entre las aguas que chocan violentamente contra los abruptos acantilados de roca, es necesario dirigirse a otro lugar también único y encantador: la Ponta de Sagres, un extenso promontorio rocoso azotado en permanencia por los ábregos, y que se inserta como un enorme dedo sobre el océano marcando el camino hacia tierras lejanas y amigas, hacia Brasil. Cuando cae el sol y el Atlántico parece buscar un poco de soledad, muchos surfistas procedentes de toda Europa y que animan estas playas se encaminan hacia el pueblecito de Sagres para tomar algo y charlar en el Agua Salgada, un pequeño bistró en el que desgustar unos excepcionales batidos de fruta y escuchar música hasta bien entrada la noche.

Quien viaja a través de Portugal “debe aceptar equivocarse de camino y volver atrás –como escribe el Nobel de literatura José Saramago o, de lo contrario, debe perseverar hasta encontrar inusitados caminos de salida hacia el mundo. No podrá haber un viaje mejor”.