Prostitución de nigerianas en Italia: el sueño deviene esclavitud

Artículo publicado el 17 de Noviembre de 2014
Artículo publicado el 17 de Noviembre de 2014

Se­gún la Glo­bal Ini­tia­ti­ve again­st Tran­sna­tio­nal Or­ga­ni­sed Crime (Convención mundial contra el crimen organizado transnacional), son, al menos, diez mil las nigerianas forzadas a prostituirse en Italia: Del sueño mediterráneo a la esclavitud.

Ola­ri­che tiene 15 años. Vive en un barrio de Benin City (Nigeria). Para subsistir, su familia vende ver­du­ras del huerto. La joven está ayudando a su madre en el preciso momento en que Fatima, una clienta habitual, le propone emigrar a Italia. La mujer se presta a pagarle el viaje: una vez en suelo italiano, Ola­ri­che podrá trabajar durante varios meses como niñera en la casa de la hermana de Fa­ti­ma, para así sufragar el viaje. Después ella podrá hacer lo que quiera: hay muchas oportunidades en Ita­lia y la joven podrá ganar el dinero suficiente como para ayudar a sus padres, que se quedarán en Ni­ge­ria.

Así comienza la historia de miles de nigerianas que cada año son llevadas a Ita­lia y obligadas a prostituirse en la calle. Según un reciente informe de la Glo­bal Ini­tia­ti­ve Again­st Tran­sa­tio­nal Or­ga­ni­sed Crime (Convención mundial contra el crimen organizado transnacional), el nú­me­ro de pro­sti­tu­tas ni­ge­ria­nas va en aumento: se habla de más de 10.000 chicas, con­cen­tra­das en Piamonte (región de Turín), en Lombardía y Venecia. La mayoría son menores y desconocen la suma que adeudan a sus "mamis". Así se llaman sus carceleras que, mediante falsas promesas, las obligan a prostituirse.

Ola­ri­che comenta a los servicios sociales que ella y su "mami" se pusieron de acuerdo por un montante de 45.000 nairas, unos 35.000 euros: "no co­no­cía el tipo de cambio y me pareció un buen trato", admite la joven. La "mami" recluta a las muchachas más jóvenes e inexpertas. Después convence a sus progenitores diciéndoles que se ocupará de su hija como si fuera suya y les pinta un futuro de color de rosa. Una vez en Ita­lia, las jóvenes son vendidas a otra "cuidadora" que les espeta sin miramientos que la única forma de saldar la deuda es prostituyéndose. "Me dio pre­ser­va­ti­vos y ropa corta". De esta forma comienza la prostitución callejera.

Aumento de la trata de personas en la diáspora africana

El pasado mes de abril, cerca de 4.000 inmigrantes arribaron a las costas italianas en menos de dos días. La elevada tasa de crecimiento demográfico de África no se traduce en una mejora económica de los jóvenes que, hartos de las injusticias, perciben el Mediterráneo como la única vía de salvación. En el 80% de los casos, la migración es acometida por organizaciones criminales que las escoltan mientras atraviesan el desierto hasta las costas de Libia y Túnez, antes de embarcar hacia I­ta­lia. La red de traficantes es más extensa: se habla de trata de humanos cuando la víctima se considera mercancía. El precio de un ser humano de­pen­de de la di­spo­ni­bi­li­dad de la mano de obra, basado en la prostitución callejera y en el trabajo en negro del campo.

El pacto espi­ri­tua­l de la escla­vi­tud

Con 177 mi­llones de habi­tan­tes, Ni­ge­ria es el estado más poblado de Áfri­ca. Aunque es la nación más rica del continente, gran parte de la población vive en la más absoluta miseria. A e­sto se añade el terror sembrado por grupos islamistas fundamentalistas, como las muchachas secuestradas por el grup­o yi­ha­di­sta Boko Haram, que ha matado a centenares de personas y ha quemado iglesias y mezquitas.

La mi­se­ria ma­te­ria­l y la inseguridad psicológica permiten a los contrabandistas engañar fácilmente a los inmigrantes, sobre todo a las mujeres. Las jóvenes se fían de sus "mamis", quienes las venden al mejor postor. Además de las carencias materiales, una mezquina presión psicológica las condena a la explotación: antes de emprender el viaje, han de firmar un contrato ante una autoridad religiosa, el Baba-loa. En él, juran saldar la deuda. Se trata de un contrato simbólico firmado ante los espíritus, que provoca un profundo sentimiento de culpa en caso de no saldar la deuda. Las jóvenes aportan al Ba­ba-loa sus efectos personales, mechones de pelo, jirones de ropa e, incluso, gotas de sangre, para así practicar el tradicional vudú: rom­pe­r el pacto si­gni­fi­ca alterar el e­qui­li­brio trazado por los espíritus protectores. La "mami" pone las condiciones: decide cuánto dinero debe darle la muchacha cada noche, cómo debe vestirse y qué decir si se le acerca la policía u otros proxenetas. 

Despersonalización: un camino desgarrador

El asunto más inquietante es la aberrante dialéctica de despersonalización y de hiperpers­onalización de la que las chicas son víctimas. Por una parte, las chicas son dependientes siempre, primero de su padre y luego de su madre y, por último, de los espíritus. Por otra parte, ellas son las únicas responsables de sus deudas. El peso que supone no poder saldar sus deudas recae solamente en ellas. Ante estas responsabilidades sufren una hiperpersonalización que no pueden soportar. Los cambios de edad y de identidad también contribuyen a la anulación de su persona. Una vez en Ita­lia, las chicas pueden volver a ser menores, para atraer a más clientes. Cuando son preguntadas por los servicios sociales, ellas responden en función de sus necesidades: una menor obtiene protección más fácilmente, pero tiene más dificultades para encontrar trabajo.

Cuan­do una jo­ven ni­ge­ria­na deja su fa­mi­lia firma su condena a la esclavitud. Una esclavitud que, al principio, está disfrazada de esperanza, pero que después, de manera irrevocable, da la cara ante las expectativas de futuro.