Prostitución en Bulgaria: ellas son las protagonistas

Artículo publicado el 21 de Marzo de 2014
Artículo publicado el 21 de Marzo de 2014

La pros­ti­tu­ción en Bul­ga­ria no está pe­na­li­za­da ni des­pe­na­li­za­da, por lo que las pros­ti­tu­tas viven en un limbo in­có­mo­do, vul­ne­ra­bles al abuso. Ne­ve­na Bo­ri­so­va pudo co­no­cer a al­gu­nas de estas mu­je­res y es­cu­char sus his­to­rias.

MagdaNa­ta­lia están fu­man­do un ci­ga­rro, sen­ta­das lán­gui­da­men­te sobre col­cho­nes des­nu­dos. Mues­tran los mus­los y la cara, mi­ran­do con cu­rio­si­dad a quien tie­nen en­fren­te, que tam­bién les ob­ser­va.

Las "tra­ba­ja­do­ras se­xua­les", como les lla­man las ONG, no sue­len con­fiar en pe­rio­dis­tas. Es raro que les dejen en­trar en su casa, que nor­mal­men­te es un alo­ja­mien­to tem­po­ral, pero Magda con­fía en mí y me per­mi­te ac­ce­der. El piso, que con­sis­te en una ha­bi­ta­ción me­dia­na y un salón, está en el cen­tro de la ca­pi­tal búl­ga­ra, Sofía, y no es muy aco­ge­dor. Hoy es su úl­ti­mo día como com­pa­ñe­ras de piso ya que van a mu­dar­se.

"Ahora estoy es­tro­pea­da, ¡pero hace unos años era toda una be­lle­za! Es­pe­ra, te voy a en­se­ñar unas fotos", con­ver­sa Na­ta­lia mien­tras se­ña­la el álbum de fotos. En cada una posa con un hom­bre di­fe­ren­te.

ELLAS PONEN LAS RE­GLAS

Na­ta­lia y Magda se co­no­cían a tra­vés de sus fa­mi­lias mucho antes de con­ver­tir­se en pros­ti­tu­tas. Magda, que lleva 15 años ven­dien­do su cuer­po, me cuen­ta lo sor­pren­di­da que es­ta­ba cuan­do vio a Na­ta­lia en una es­ta­ción de au­to­bús. Era la pri­me­ra vez que Na­ta­lia se pros­ti­tuía. "Le dije que se fuese a casa in­me­dia­ta­men­te por­que se arre­pen­ti­ría mu­chí­si­mo, pero no me hizo caso…", ex­pli­ca Magda. En Bul­ga­ria, como en el resto de paí­ses, el lugar de tra­ba­jo de las pros­ti­tu­tas va desde apar­ta­men­tos hasta bur­de­les (donde hay un mí­ni­mo de tres tra­ba­ja­do­ras), sa­lo­nes de ma­sa­je, bares y clubs. Magda y Na­ta­lia tra­ba­jan de forma in­de­pen­dien­te, en sus pro­pias vi­vien­das, donde pue­den "fijar sus pro­pias re­glas" y re­cha­zar clien­tes. "Al prin­ci­pio era tí­mi­da, muy tí­mi­da. De vez en cuan­do apago la luz, cuan­do llega el mo­men­to", con­fie­sa Magda.

'UN ASCO IN­FI­NI­TO'

Ha visto cosas que le han cau­sa­do "un asco in­fi­ni­to". Por ejem­plo, una vez un clien­te quiso que le de­fe­ca­se en el es­tó­ma­go. Ella se negó. Magda va al gi­ne­có­lo­go con más fre­cuen­cia que la ma­yo­ría de sus com­pa­ñe­ras y se niega a tener re­la­cio­nes sin pro­tec­ción. Sin em­bar­go, co­men­ta que mu­chas chi­cas no usan pre­ser­va­ti­vos por­que les pagan más.

Rayna Di­mi­tro­va, de la Fun­da­ción para el Desa­rro­llo So­cial y Sa­ni­ta­rio (una aso­cia­ción búl­ga­ra que in­ten­ta con­cien­ciar sobre la edu­ca­ción y salud de los más des­fa­vo­re­ci­dos), co­men­ta que Magda fue una de las pocas mu­je­res que se pre­sen­ta­ron vo­lun­ta­rias para in­for­mar a sus com­pa­ñe­ras sobre cómo pro­te­ger­se de la vio­len­cia y cómo in­sis­tir en el uso de pre­ser­va­ti­vos.

Magda tra­ba­ja por 100 leva la hora (51 euros), aun­que en el ex­tran­je­ro se pagan unos 120 euros. Ha tra­ba­ja­do en más de cinco paí­ses eu­ro­peos, como Fran­cia, Ale­ma­nia o Suiza, casi siem­pre en bur­de­les. La at­mós­fe­ra de esos lu­ga­res pa­re­ce "la de una casa de mu­ñe­cas: es bo­ni­to y aco­ge­dor, hay velas, cor­ti­nas…", co­men­ta Magda en su ha­bi­ta­ción des­nu­da y llena de humo. En los bur­de­les las chi­cas se pre­sen­tan al vi­si­tan­te y él es­co­ge. Magda y Na­ta­lia ase­gu­ran que po­ner­se en con­tac­to con las pros­ti­tu­tas que tra­ba­jan en el ex­tran­je­ro es fácil y lo hacen en su ma­yo­ría a tra­vés de anun­cios de In­ter­net. Bul­ga­ria es un país miem­bro de la UE, así que no hay que con­se­guir nin­gún do­cu­men­to es­pe­cial. Las dos afir­man que el ne­go­cio en Eu­ro­pa Oc­ci­den­tal está do­mi­na­do por "eu­ro­peos del Este de todo tipo".

Una se­ma­na des­pués de nues­tro pri­mer en­cuen­tro, antes de irnos a una ca­fe­te­ría, vamos a ver el edi­fi­cio de su nuevo apar­ta­men­to. Cerca hay un pe­que­ño grupo de per­so­nas: dos chi­cos afe­mi­na­dos de unos 18 años, que me miran con des­con­fian­za, y una chica de unos 20 años. Son los nue­vos com­pa­ñe­ros de piso de Magda, que tra­ba­jan en lo mismo. Hay una niña que se ale­gra mucho al ver a Magda, la hija de su com­pa­ñe­ra de piso, que le abra­za las pier­nas. Un ve­cino cer­cano se queda mi­ran­do al grupo, que char­la ale­gre­men­te.

LOS DE­SEOS DEL CLIENTE

Hace unas no­ches los cua­tro man­tu­vie­ron re­la­cio­nes con el mismo clien­te. "Me dio un asco in­creí­ble", con­fie­sa Magda cuan­do ya es­ta­mos en la ca­fe­te­ría. Usa mucho la pa­la­bra "asco". "Vino y pagó por estar con no­so­tros. Es as­que­ro­so ver los de­seos de al­guien. Que­ría que los chi­cos le hi­cie­sen cosas muy as­que­ro­sas, ¡y tiene mujer e hijos! No pude so­por­tar­lo y me fui, era ri­dícu­lo".

Magda tiene tres hijos, el mayor de 22 años, a los que vi­si­ta todos los fines de se­ma­na, pero nin­guno sabe a qué se de­di­ca su madre en la ca­pi­tal. "Una de las ra­zo­nes por las que aún hago esto es por­que quie­ro com­prar­les un apar­ta­men­to. ¡Pron­to de­ja­ré este tra­ba­jo y no vol­ve­ré a ha­cer­lo!". Le pre­gun­to cuán­do lo de­ja­rá y me son­ríe con cara de culpa: "¡Pron­to!". Bul­ga­ria, al con­tra­rio que paí­ses como Ale­ma­nia, no tiene re­gu­la­cio­nes sobre la pros­ti­tu­ción: no está le­ga­li­za­da ni pe­na­li­za­da, aun­que el pro­xe­ne­tis­mo, la trata de blan­cas y la pros­ti­tu­ción for­za­da sí son ile­ga­les.

SIN PRO­TEC­CIÓN

"Nadie pro­te­ge a las pros­ti­tu­tas en Bul­ga­ria. En al­gu­nos paí­ses oc­ci­den­ta­les la po­li­cía les pro­te­ge, pero aquí a las ins­ti­tu­cio­nes les da igual", ex­pli­ca Rayna. An­ti­gua­men­te la Fun­da­ción para el Desa­rro­llo So­cial y Sa­ni­ta­rio tenía un mé­di­co, que tra­ba­ja­ba en una con­sul­ta móvil vi­si­tan­do a los tra­ba­ja­do­res se­xua­les. Des­gra­cia­da­men­te, ahora sólo hay una en­fer­me­ra que rea­li­za aná­li­sis de san­gre. Pron­to la fun­da­ción ten­drá que bus­car otra forma de fi­nan­ciar­se, por­que sus con­tra­tos se están aca­ban­do. De hecho, la fi­nan­cia­ción del Fondo mun­dial de la lucha con­tra el SIDA se cortó drás­ti­ca­men­te hace unos años.

Magda es dura con­si­go misma y suele decir que ella, al igual que el resto de tra­ba­ja­do­res se­xua­les, es "tonta". Sin em­bar­go, su vida no es­ta­ba libre de di­fi­cul­ta­des antes de que em­pe­za­se a ven­der su cuer­po. Su ma­ri­do murió poco des­pués de ca­sar­se y poco después Magda fue in­gre­sa­da en el hos­pi­tal de­bi­do a una cri­sis ner­vio­sa. En los 90 fue pros­ti­tu­ta for­za­da, una época tur­bu­len­ta en la que "había mu­chos más pro­xe­ne­tas". Esto fue des­pués de que se enamo­ra­se de un chico, cuan­do un amigo suyo, pros­ti­tu­to tam­bién, la en­ce­rró en un apar­ta­men­to y le trajo hom­bres. Al prin­ci­pio "era ex­tre­ma­da­men­te des­agra­da­ble", así que en unos meses huyó. Sin em­bar­go, se dio cuen­ta de que no tenía di­ne­ro y ya se sen­tía uti­li­za­da, así que em­pe­zó a tra­ba­jar por su cuen­ta. Des­pués de nues­tra char­la Magda se va a casa. La hija de su com­pa­ñe­ra corre hacia ella y vuel­ve a abra­zar­le las pier­nas. El ve­cino sigue mi­rán­do­les de reojo.