Pulso con los Estados miembro

Artículo publicado el 27 de Septiembre de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 27 de Septiembre de 2004

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El nuevo colegio de comisarios entrará en funcionamiento el 1 de Noviembre. ¿Será lo bastante solidario como para afrontar presiones de 25 Estados?

Hombre de compromiso, José Manuel Durao Barroso no ha suscitado ningún entusiasmo entre los Jefes de Estado que le han nombrado, ni entre los 431 eurodiputados que han apoyado su elección de los 732 que conforman el Parlamento europeo. Sin embargo, el nuevo Presidente de la Comisión ha decidido imponer, desde el principio, un estilo de gobierno diferente del de su predecesor Romano Prodi. Lejos de querer erigir un «gobierno europeo», Barroso a elegido dar la imagen de un «honest broker», un honrado intermediario, entre los intereses nacionales. ¿Allanará esto la vía para la consolidación de un ínter-gubernamentalismo en plena mutación en el seno de una Europa a 25?

Nueva Comisión: ¿nuevo estilo de gobierno?

La misión primordial del nuevo Presidente ha sido la de constituir su equipo de comisarios. Un trabajo que requiere mucho tacto de cara a las presiones ejercidas por Estados miembro poco escrupulosos que intentan colocar sus peones sobre el tablero europeo. Más aún cuando la UE se ve azotada por numerosas divisiones políticas: entre oponentes y partidarios de la guerra en Irak, países de tradiciones social-demócratas o de «laissez-faire» económico, países del norte y del sur... etc. A lo que se añade ahora la división entre pioneros de la UE y recién llegados.

A primera vista, Barroso parece haber querido decir a los Estados que no siempre tendrán la última palabra. Así, Paris y Berlín han visto cómo se les negaba la creación de un puesto de «súper comisario» para los asuntos económicos, mientras países pequeños han obtenido puestos clave. El dúo franco-alemán no ha sido por lo tanto muy recompensado por la concesión que representa el nombramiento de Barroso, al no obtener contrapartida.

Al querer dar una imagen de mediador honesto, Barroso abre el camino a un refuerzo del ínter-gubernamentalismo. El ex primer ministro portugués ha comprendido de hecho que, en la Europa de los 25, el propio intergubernamentalismo se halla en plena mutación, pudiendo erigirse los nuevos Estados en motor de la integración europea.

«Do less better»: Hacer menos, mejor

El papel de la Comisión se ve a partir de ahora abocado a evolucionar en una Europa con 25 miembros, incluso si los nostálgicos continúan añorando el papel desarrollado por el muy dinámico Jacques Delors -quien supo poner en obra el gran proyecto de mercado único sabiendo convencer a los grandes Estados para que lo siguieran- durante los años 80' y 90'. Ya desde el Tratado de Maastricht de 1992 y el advenimiento de una Europa a la carta, y después de la crisis de 1999 dando lugar a la dimisión de la Comisión Santer sospechosa de nepotismo, la Comisión adolece de una falta de credibilidad que la debilita frente a los Estados. De este modo, Romano Prodi ha tenido que ceder ante Francia y Alemania al negarse a reducir sus déficits por tercer año consecutivo en 2004 (antes de que la justicia europea le diera la razón). Por otra parte, durante los acuerdos que han rodeado el nombramiento del Presidente de la Comisión, aparece con evidencia que fueron los Estados quienes tenían todas las cartas. Chirac mismo vetó las candidaturas de Pascal Lamy, Chris Patten, o incluso Franz Fischler, candidatos cualificados con un profundo conocimiento de la Comisión europea.

Según William Wallace profesor de relaciones internacionales de la London School of Economics, un buen presidente de la Comisión europea debe disponer de dos virtudes: ser al mismo tiempo un buen emprendedor político y un buen gestor. Para que la Comisión pueda ser eficaz, tiene que concentrarse en un cierto número de problemas, más que querer luchar en todos los frentes. William Wallace insiste en la necesidad de continuar el proceso de reforma emprendido por la presidencia Prodi.

Políglota seductor

La tarea del nuevo presidente en una Europa de 25 es la de tener más en cuenta los intereses de cada uno a la hora de la elaboración de las políticas comunes. Y esto se refleja ya en la composición del nuevo equipo. El ínter-gubernamentalismo de los años 90 dominado entonces por Francia, Alemania y Gran Bretaña está abocado a evolucionar; estos tres países debiendo tener más en cuenta a los recién llegados con el fin de evitar bloqueos, y el desarrollo de una Europa a dos velocidades.

Barroso ha comprendido bien esto. Buen comunicador, políglota, sabe gustar a todo el mundo. ¿Pero será el estilo de un presidente suficiente para oponerse a los Estados, que finalmente participan de una unión supranacional de manera voluntaria y permanecen dueños de la decisión a la hora del Consejo de Ministros? Si el Consejo surge cada vez más como una institución de consenso, tanto los Estados pioneros como los recién llegados están lejos de querer erigirse en un gobierno europeo susceptible de poner trabas a su poder de decisión.

La lucha ya está emprendida a propósito del futuro presupuesto europeo, con una Alemania claramente opuesta a contribuir más aún; Gran Bretaña dispuesta a batallar duro para conservar su «rebaja» obtenida en 1984 y España bien decidida a que sus regiones continúen recibiendo fondos estructurales. Un ámbito políticamente sensible donde podremos rápidamente apreciar las cualidades de diplomático de Barroso.