¿Qué nos ofrecen los nuevos Estados miembro?

Artículo publicado el 19 de Noviembre de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 19 de Noviembre de 2004

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Los nuevos Estados miembro no deberían preguntarse tanto qué puede hacer Europa por ellos, sino qué pueden aportar ellos a la Unión.

En La Lentitud, una de sus últimas novelas, el autor checo Milan Kundera esboza el retrato satírico de un científico checo que siente “melancólico orgullo” por la herida de su sufrido pasado comunista y espera que sus colegas de Europa occidental le ofrezcan un cierto reconocimiento en su suplicio. Nuestra sociedad actual parece sentirse igual. Interpretamos la oferta de adherirnos a la Unión Europea como la rectificación de los errores ajenos que podemos atribuir a un gran número de culpables: Hitler, Stalin, Roosevelt, Chamberlain…, olvidando referirnos a nuestra responsabilidad individual.

La necesidad de una sociedad políticamente comprometida

El año pasado, pudimos apreciar una interesante contradicción con ocasión de nuestra primera posibilidad de decidir sobre nuestro futuro inmediato: aunque había existido una fuerte demanda por el referéndum, la demanda excedió con creces la participación electoral real (55%). Nuestra relación apática, indiferente y resignada frente a temas públicos, legado de nuestra etapa comunista, es sólo uno de los puntos en los que situar la falta. ¿Alguien le pregunta a los políticos qué es lo que aportamos a Europa o qué camino queremos que Europa tome en la Historia? La mayoría de las preguntas giran en torno a lo mucho que Europa va a llenar nuestros bolsillos o a cuán rápido nuestros políticos (elegidos precisamente con este objetivo en las últimas elecciones) exprimirán la vaca de Bruselas.

Pero, tal como en una ocasión comentó el anterior primer ministro Miloš Zeman, si el dinero fuese nuestra única motivación para unirnos a la Unión Europea, hubiera sido más acertado solicitar pertenecer a los Emiratos Árabes. Es una cuestión de interés nacional no ver a Europa tan sólo como un espacio económico, sino como un espacio político, cultural y, sobre todo, social. Aún más, a pesar de que las ventajas económicas son sin duda una razón de importancia para la pertenencia a la UE, los políticos olvidan recordar a los votantes que tampoco en Europa existe un “buffet libre”. A pesar de que cierta porción de los fondos estructurales o de otro tipo de la UE se asignen a la República Checa, este dinero sólo se destinará a unos planes bien estructurados asegurados por el sistema de la co-financiación.

El renacimiento de la Europa Central.

Teniendo en cuenta nuestro tamaño y nuestro capital financiero y humano, es evidente que no podemos esperar logros deslumbrantes en nuestros primeros pocos años en la UE. De todas formas, con los checos, los eslovacos, los polacos, los húngaros y los eslovenos, Europa se ha limitado a recuperar una de sus dimensiones importantes, la centroeuropea. Con la Segunda Guerra Mundial, el espacio cultural único de Centroeuropa desapareció de la historia del continente. El genocidio nazi del pueblo judío -estos jugaron un papel importante en la creación del entorno cultural de Europa central- seguido de la expulsión de alemanes y húngaros de Checoslovaquia, Polonia y la región Báltica, completó el proceso de “nacionalización” y de homogeneización étnica de los Estados centroeuropeos. El telón de acero condujo este proceso a su objetivo final con la estricta división entre Europa occidental y oriental.

El acceso de los países centroeuropeos a la Unión Europea ha reabierto la por mucho tiempo prohibida frontera. La República Checa, Polonia, Eslovaquia, Hungría y otros países no se “occidentalizarán” tras su adhesión. Es más, el adherirse a la UE les da la oportunidad de reanimar la identidad cultural y política de centroeuropa. Noventa años después de la Primera Guerra Mundial volvemos a compartir un espacio político de valores compartidos, uno mucho más democrático que cualquier otro anterior en esta región.

Por lo tanto, ¿qué podemos ofrecer a la UE?

El personaje literario mencionado en la obra de Kundera utilizó su experiencia bajo el comunismo como justificación de su propia incapacidad. Una alternativa a esta aproximación sería utilizar el pasado como referencia negativa para nuestro presente. Después de todo, las lecciones extraídas de las guerras nacionalistas de los últimos siglos, que culminaron en la Segunda Guerra Mundial, son las que generaron la idea de la integración europea. Nuestro pasado debe sensibilizarnos, al igual que al resto de Europa, respecto al modo en que la democracia y las instituciones deben tratarse (no sólo en casa sino a nivel europeo) y así valorarlas, respetarlas y desarrollarlas. Y es que en los últimos siglos hemos aprendido lo rápido que se puede perder la democracia.