¿Qué piensan los estadounidenses de Europa?

Artículo publicado el 25 de Octubre de 2004
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Artículo publicado el 25 de Octubre de 2004

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No es frecuente escuchar hablar de antieuropeísmo; ¿es porque les gustamos a los estadounidenses, o existe una inconsecuencia?

Por regla general, los estadounidenses reconocen similitudes básicas entre los valores norteamericanos y los europeos. Cuando piensan en Europa, es esa cercanía la que tienen en mente. En su ensayo “El antieuropeísmo en América”, Timothy Garton Ash sugiere que “la actitud popular más predominante en los Estados Unidos hacia Europa es probablemente la de una tenue y benigna indiferencia, mezclada con una buena dosis de arrogancia”. Lamentablemente, su análisis se ajusta bastante a la realidad, a pesar de que sería injusto no reconocer que muchos estadounidenses sienten determinada fascinación por Europa, acompañada de un cierto sentido de respeto.

Antes del 11-S, el estadounidense medio apenas era consciente de la existencia de un sentimiento antiamericano en Europa. Y cuando se era consciente de ello –normalmente a través de la experiencia directa de los turistas que visitaban Europa– la sensación se limitaba a un sencillo “no les gustamos”. El “ellos” se refería normalmente a franceses o ingleses, y sólo ocasionalmente a otras nacionalidades europeas. La típica reacción a esta certidumbre se resumía en un simple “¿De veras? ¿Pero por qué no les gustamos?”, para pasar rápidamente a olvidar la cuestión. Sólo tras el 11-S han empezado los estadounidenses a buscar explicaciones a este fenómeno.

Bush empeora la situación

Desde que George Bush asumió la presidencia en el año 2001, el desacuerdo entre los Estados Unidos y Europa se ha acrecentado, llamando la atención sobre el estado de unas relaciones que ya antes habían comenzado a ser tensas. Su administración ha criticado abiertamente la política de determinados países europeos, dando pie al surgimiento de manifestaciones antieuropeas que contrastan con el omnipresente antiamericanismo europeo. No obstante, sería erróneo culpar únicamente a la administración Bush del emergente antieuropeísmo que se vive en los Estados Unidos; de hecho, el fenómeno no es totalmente nuevo. Con diferentes variaciones, el antieuropeísmo ha existido siempre desde el propio nacimiento de los Estados Unidos, tomando un nuevo cariz en los últimos años tras el final de la Guerra Fría y la consolidación del proyecto europeo.

Desde el final del orden bipolar, Europa y los Estados Unidos no han vuelto a tener un enemigo común al que hacer frente de manera unida. Como resultado, han pasado a promover sus intereses particulares de forma abierta, pensando menos en el efecto que sus acciones tendrán en el antiguo aliado. El fortalecimiento de la Unión Europea es igualmente un fenómeno que los Estados Unidos han comenzado a percibir de manera diferente, como un potencial rival económico. De hecho, los desencuentros más pronunciados se han circunscrito al ámbito comercial: plátanos, transgénicos, acero... Pero no hay que olvidar que el comercio es sólo un factor de una relación multidimensional; la política exterior también ha contribuido al alejamiento.

Juegos de poder

Las diferencias en las políticas exteriores europea y estadounidense se deben en buena medida a la diferencia de poder que existe entre ambos actores. Generalmente, los Estados Unidos tienden a un enfoque más coercitivo y realista de las relaciones internacionales, ya que tienen el poder necesario para afrontar su lugar en el mundo desde esa perspectiva; Europa, por su parte, es más favorable a soluciones negociadoras y al recurso diplomático, ya que tampoco disfruta de los medios necesarios para imponer sus puntos de vista. Este hecho ayuda a explicar la diferente actitud que Washington y Bruselas han demostrado en el reciente conflicto iraquí. También contribuye a comprender el resentimiento europeo al respecto: los que tienen menos poder se sienten molestos frente a los que lo tienen. Al mismo tiempo, Europa está ganando fuerza internacional, y por ello la UE está menos dispuesta a confiar tanto en los Estados Unidos y a hacerle la vista gorda a la política exterior de Washington en aspectos en los que disiente, como ocurría durante la Guerra Fría.

La Administración Bush ejemplifica una clara tendencia a ejercitar el poder de una manera que puede llegar a resultar autoritaria, como demuestran sus prácticas unilaterales. Bush retiró a su país del Protocolo de Kyoto, despreciando diez años de complicadas negociaciones. También ha resucitado un sistema de defensa anti-misiles rechazado por el grueso de la comunidad internacional. De manera más alarmante, emprendió la guerra de Irak unilateralmente, sin tener en cuenta las muchas objeciones de varios países. El desdén manifestado hacia todos aquellos que estaban en desacuerdo con la Guerra ha agravado las tensiones con Europa, en especial con Francia.

Las políticas de todo gobierno influyen en la manera de pensar de la ciudadanía. Este hecho ha sido evidente después del inicio del conflicto en Irak. La actitud crítica de la Administración Bush ha permeado al público estadounidense. En los meses que han seguido a la guerra, ha sido corriente escuchar manifestaciones antifrancesas en la radio, o leer columnas contrarias a Francia en la prensa. Lo propio ha ocurrido en las calles, donde es normal escuchar comentarios ácidos que tiene al país galo como principal protagonista. La percepción generalizada de los franceses ha pasado a ser la de débiles e irresponsables, incapaces de acometer el duro trabajo que era necesario llevar a cabo y recriminados por no actuar como el “aliado” que supuestamente eran. Dejando de lado el particular sentimiento antifrancés, lo cierto es que el antieuropeísmo en general jamás ha sido tan profundo y generalizado en los Estados Unidos como el antiamericanismo que presenciamos en Europa.

La cuestión determinante es cómo puede ser frenada la reciente ola de renovado antiamericanismo que vive Europa. Dado que la Administración Bush intensificó el problema, ¿resolvería un cambio de gobierno la situación? ¿Sería una nueva administración liderada por John Kerry capaz de invertir la división transatlántica? El Senador Kerry ya ha anunciado que, de llegar a la presidencia, trabajará activamente para resolver el deterioro en las relaciones con Europa. Buen conocedor del otro lado del Atlántico, Kerry es más consciente de las diferencias entre ambos actores, una sensibilidad que debe repercutir positivamente en su forma de abordar la relación con Bruselas para rebajar tensiones. Pero tampoco es aconsejable asumir que una administración puede cambiar por sí sola el curso de un proceso que lleva fraguándose durante varios años, especialmente teniendo en cuenta que la agenda de seguridad derivada del 11-S seguirá vertebrando la política estadounidense en los años venideros.