Quién se iba a esperar Schengen

Artículo publicado el 12 de Septiembre de 2008
Artículo publicado el 12 de Septiembre de 2008

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Terespol, límite oriental de Polonia. Un joven periodista recorre las calles allí donde el espacio Schengen llega a su fin; en una Polonia B donde el único negocio próspero es el contrabando

Son las dos de la madrugada. El tren de Brest, frontera bielorrusa con el territorio polaco, atraviesa el puente construido sobre el río Bug. Asomo la cabeza por la ventana abierta del primer vagón. El conductor del tren se las ha arreglado con los polacos; en Bielorrusia ha comprado cartones de tabaco que ahora lanza precipitadamente por la ventana del tren. La mercancía aterriza sobre la maleza y en menos de un minuto cinco jóvenes salen del bosque, se apoderan de los paquetes y desaparecen echando humo. Esta noche, la lluvia de contrabando ha sido un éxito. Los contrabandistas polacos se han ganado el pan y el mito de impermeabilidad de la frontera oriental de la Unión Europea se ha desvanecido en la maleza al mismo tiempo que la sospechosa mercancía. Por suerte, los tiempos de la Polonia B, la cara subdesarrollada del país, han llegado a su fin.

Me encuentro en la torcida acera de la plaza que hay frente a la cochambrosa estación de Terespol. Unos pocos kilómetros al este me separan de Bielorrusia. Al final de la calle, entre los edificios grises de la ciudad, se vislumbra una nueva pancarta con la bandera polaca y las estrellas de la Unión Europea grabadas. Sólo el silbido del tren que sale de Brest y los ladridos de un chucho abandonado perturban el silencio de este sábado por la mañana. Me pregunto cómo debe ser la vida aquí. Tras caminar un poco, aparecen por la calle algunas ancianas cargando pesadas bolsas. "¿Vodka, cigarros para el señor?", preguntan. Continuamente se giran para comprobar que ninguna patrulla de policía se acerca. Contrariadas ante el hecho de que no fumo y bebo poco, me venden medio litro de una botella cuya etiqueta está escrita en unas incomprensibles letras rusas. No han ganado gran cosa. "Bienvenidas a la Unión Europea", pienso para mis adentros.

Ardua tarea la de corromper a los aduaneros

"Aquí hay quien quiebra de la noche a la mañana. Apenas diez personas se han alojado en mi hotel durante los últimos tres meses, mientras que antes no dábamos a basto", me cuenta David, el amargado propietario del hotel de Terespol. Tras la entrada de Polonia en la zona Schengen, el tráfico de la frontera con Bielorrusia ha disminuido más de la mitad según las estadísticas de las autoridades aduaneras. La vida de la ciudad, en otro tiempo activa, se ralentiza. Sólo el contrabando de vodka, tabaco y gasolina perdura.

"Es como antes, solo que los precios han subido y resulta más difícil comprar a los aduaneros", afirman los contrabandistas. "Es un desastre", señala el vicecomisario Cezar Grochowski, portavoz de la policía municipal de Bialy Podlasce. "La misión de mis compañeros de la policía, como la de los aduaneros, es deshacerse de una vez por todas de los contrabandistas", afirma. "Hace algunos años deteníamos casi a diario un coche lleno hasta los topes de imitaciones. Ahora es raro si sucede una vez al mes."

"No hay otra. Hay que acostumbrarse"

El contrabando constituye sólo una parte de los ingresos. En la frontera, la prostitución de mujeres bielorrusas y el comercio ilegal de caviar son otra fuente de beneficios. Cuando todavía existía el tráfico en la frontera, se formaban colas inmensas en la entrada de Terespol. Si se llegaba el último, la espera podía alargarse hasta 15 horas. Pero en aquel entonces, bastaba con dar algo de dinero a la persona responsable por la ventanilla para ganarse el primer puesto de la fila.

"El año pasado, un joven se sublevó. Le derramaron gasolina sobre el coche y lo incendiaron en pleno día", recuerda Lukasz. "¿Y la policía que hace?", le pregunto. Una sonrisa asoma en su rostro: "Ahorcaron a un amigo de mi hermano en su propia casa. Iba a la 'lluvia de contrabando' y cogió mercancía que no le estaba adjudicada. Hace dos meses, los polis degollaron a otro. También hay quien dice que se divierten con las fulanas rusas", me cuenta Lukasz como si hablara del tiempo.

Grandes pérdidas

Las vacas flacas en el este empezaron hace tiempo, antes de la entrada de Polonia en la zona Schengen, justo después de que los rusos impusieran un embargo sobre la carne polaca. Hasta el 21 de diciembre de 2007, el comercio con Bielorrusia todavía era próspero. Hoy, las viejas estructuras ya no cuentan, y las nuevas posibilidades se dirigen únicamente al horizonte. No es de extrañar que los habitantes aguanten el tipo gracias a acuerdos del pasado.

"Tengo un amigo que fue un gran empresario. Tenía una fábrica de carne, algunos camiones y daba trabajo a más de cien personas", cuenta David. "Quebró hace pocos meses." Muchos como él viven aquí. Para ellos, Schengen es una lacra. Y todo porque el visado Schengen cuesta a los bielorrusos hasta 60 euros, la tercera parte de su sueldo. "Cuando se acaben los visados de los rusos, será el fin, la mitad de las tiendas de la ciudad cerrarán. ¡Será una pérdida enorme!", afirma Pawel, un habitante de Terespol.

La corriente de dinero va camino del este

Otros como él ya se han acostumbrado a la etiqueta de la Polonia B. No creen en las promesas de los políticos, ni de los locales ni de los de Bruselas. Durante este tiempo, sus regiones ya han recibido los fondos europeos. Hasta finales de 2015, Polonia dispone de 67 millones de euros procedentes de fondos estructurales. El gobierno ha repartido el dinero entre cada voivodie (región). Sin embargo, una operación de tal envergadura no puede hacerse de la noche a la mañana. Hay que tener paciencia, pero no todos pueden permitírsela.

Dentro de unos años, los polacos deberán cambiar de costumbres. Las mercancías dejarán de caer sobre los matorrales, los jóvenes de Terespol empezarán a estudiar, y los más ancianos se ganarán la vida honradamente. Los fondos comunitarios atraen nuevos proyectos de inversión hacia la Polonia oriental y con ellos nuevos puestos de trabajo. "¿Te sientes ciudadano europeo?", pregunto a Pawel guardando un ápice de esperanza. "No. Ellos viven allí y no saben lo que pasa aquí. Es la Edad Media", me dice a modo de despedida.

La versión extendida de este artículo, escrita en polaco, ha sido la ganadora del premio joven periodista europeo 2008.