Raneem Matouk: cómo sobrevivir a una prisión siria

Artículo publicado el 4 de Enero de 2017
Artículo publicado el 4 de Enero de 2017

Según Amnistía Internacional, más de 18.000 personas han muerto en las cárceles sirias bajo el régimen de Bashar Al-Assad. Raneem, una refugiada siria que vive en Alemania desde 2015, pasó cuatro meses en prisión, en donde la tortura se convirtió en algo cotidiano. 

Mucho se ha aireado sobre los ataques aéreos y los miles de refugiados sirios que huyen de su país. Sin embargo, poco se ha dicho sobre las detenciones arbitrarias y las torturas en prisiones de distintas ciudades. La Red Siria por los Derechos Humanos, una organización independiente y no partidista, afirma poseer listas de más de 117.000 detenidos no relacionados con cargos criminales.

Amnistía Internacional (AI) presentó un informe el pasado mes de agosto en el que se muestra la cifra de personas asesinadas en cárceles: en total 17.723. Los supervivientes han denunciado torturas, confesiones forzadas, "golpes de bienvenida", violaciones, descargas eléctricas, confinamientos en solitario y otros maltratos psicológicos y físicos. Para arrojar luz sobre su situación, la organización lanzó una campaña en la que se creó un modelo 3D de la infame prisión de Saydnaya, basado en los testimonios de los presos.

El informe de Amnistía Internacional muestra que la mayoría de personas detenidas son activistas, periodistas, escritores y defensores de derechos humanos. Raneem Matouk, una estudiante de Bellas Artes que pasó cuatro meses bajo custodia de las autoridades sirias, se ajusta a esa descripción. Sus únicos crímenes fueron participar en protestas pacíficas contra el Gobierno y ser hija de un conocido abogado, especialista en derechos humanos.

La agonía de Raneem comenzó con la inesperada visita de un grupo de policías en su casa. Treinta agentes entraron para arrestar a una joven de apenas 1 metro y 57 centímetros de altura, resguardada junto a su madre y su hermano pequeño. La llevaron a un centro de detención en Kafar Souseh (Damasco), a más de dos horas de distancia de su ciudad natal, Homs.

Raneem, de 25 años, ojos oscuros y pelo largo y rizado, explica su vivencia en una conferencia organizada en diciembre de 2016 en Bruselas, por una plataforma ciudadana local en apoyo a los refugiados. Más de cien personas ocupan la sala. Antes de empezar, pregunta si hay niños presentes, la historia que está a punto de contar no es adecuada para menores y personas sensibles.

Raneem permanece impasible al relatar la irónicamente llamada "ceremonia de bienvenida" en la comisaría. Abandona su habitual sonrisa para describir cómo los oficiales la desnudaron y la pusieron contra la pared. "Nos quitaron todo, nos cachearon y empezaron a golpear sin mediar palabra, sobre todo en la cara y en la cabeza”, dice.

Compartió una celda de dos por cuatro metros cuadrados con nueve mujeres, algunas de ellas embarazadas. Sólo había cinco colchones en el suelo. Tuvieron que turnarse para dormir, o al menos intentarlo. "Desde nuestra celda podíamos ver las cámaras de tortura en donde utilizaban descargas eléctricas", recuerda. A través de su intérprete, explica que los agentes las atacaron y violaron. "Oíamos a gente gritar las 24 horas al día; el olor a muerte estaba con nosotras todo el tiempo. Había una pequeña ventana en la puerta de hierro de la celda por la que mirábamos constantemente por si veíamos a alguien conocido o a algún familiar”.  

Según Raneem, las cárceles del régimen tienen otros propósitos más allá de la represión. "He visto a los oficiales sacar a personas de sus celdas para quitarles los órganos, encerrarlas de nuevo y dejarlas morir dentro. A veces, los cadáveres permanecían en el interior durante días junto con otros presos vivos."

Un día se hartó y comenzó una huelga de hambre. El jefe de prisión la llamó a su oficina en donde encontró a otra chica que había tenido la misma idea. Raneem omite lo que le ocurrió a ella, como si no quisiera recordar. Sin embargo, relata que su compañera fue violada, obligada a sentarse en una botella.

En junio, tras cuatro meses de calvario, la llevaron ante los tribunales en donde el juez le preguntó si tenía dinero. Afortunadamente respondió que sí y gracias a eso pudo marcharse a casa.

Raneem recupera de repente la sonrisa. "Algunas veces me río o hacemos un poco de teatro sobre lo que ocurre en las cárceles", dice para explicar lo que ocurrió un día en la universidad, al escuchar un ataque con mortero, cuando una amiga con la que estaba le preguntó, "¿vamos a ver si alguien necesita ayuda?". Ella respondió con una sonrisa entre dientes, "está bien, pero si morimos será por tu culpa."

Es necesario "transformar el miedo en bromas", asegura. "Todos los días, al salir de casa para ir a clase me despedía de mi madre, mi hermano y mis amigos, con la duda de si volvería a verles de nuevo. Cada día podía ser el último”.

Después de salir de la cárcel, Raneem supo que había llegado la hora de huir. Tomó un taxi hasta la frontera con Líbano, a 20 kilómetros de Homs. Tuvo suerte: el taxista resultó ser contrario al régimen. Cuando llegó a la frontera, un funcionario de aduanas les paró, pero finalmente les dejó marchar ya que conocía a un pariente suyo. Una vez en Líbano, el conductor le hizo prometer que jamás volvería a su país. Pocos días después, solicitó en la embajada alemana de Beirut un visado como refugiada. Ahora está a salvo viviendo en Neubrandenburg.

Raneem no está segura de si cumplirá la promesa que le hizo al taxista porque quiere volver cuando se reinstaure el estado de derecho. Es una decisión que "depende de la actitud de Rusia y de Estados Unidos y sobre todo de cuándo decidan poner fin a Al Assad. Alemania es un país duro y Siria una tierra muy hermosa, no imagino a nadie viviendo en mi casa", apostilla.