Reactivar la construcción europea

Artículo publicado el 21 de Junio de 2006
Artículo publicado el 21 de Junio de 2006

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¿Por qué es deseable que haya una Europa política? Porque ello serviría al interés de todos. Tribuna para el historiador y ensayista francés de origen búlgaro, Tzvetan Todorov.

La Unión Europea, con una población de 450 millones de habitantes, es capaz de conducir una política económica pero es incapaz de imponérsela a ninguna de las naciones que la conforman, plantar cara a los problemas de aprovisionamiento energético que conciernen a todos los países, adoptar una actitud común sobre la inmigración o desarrollar centros de investigación de vanguardia que no podría ofrecer ningún Estado de forma aislada.

Los países europeos deben también unirse para luchar de manera más eficaz contra sus adversarios comunes. Hasta el momento, los terroristas circulan de un país a otro con más facilidad que los jueces de instrucción. Las amenazas ecológicas ignoran también las fronteras: la nube de Chernóbil no quiso pararse en el Rhin, los efectos del calentamiento global se sienten de igual forma en Italia y en Dinamarca… y sin embargo, las políticas de protección siguen siendo de ámbito nacional.

La necesidad de lo político

En un mundo más unificado que nunca, Europa jugará un rol que no podría llevar a cabo ninguna de las naciones por separado: defender sus intereses ante las otras potencias mundiales y encarnar un conjunto de principios que sirvan de modelo a todos. Escaldados por la experiencia dolorosa reinante durante los siglos anteriores (colonialismo, totalitarismo, guerras mundiales), los europeos aspiran hoy a convertirse en una "potencia tranquila" que, sin renunciar a su defensa, se imponga al resto del mundo más por sus valores que por sus armas. Los pueblos europeos ya no sueñan con un futuro radiante, sin embargo tampoco se contentan con gestionar sus cuestiones de forma rutinaria. Para retomar el impulso necesitan un proyecto, un >"gran diseño" que encarne y defienda los valores europeos.

Si más Europa es deseable, ¿cómo salir del estancamiento actual? En teoría, hay tres opciones: renunciar al Tratado constitucional, proponer otro o adaptar el texto actual para hacerlo aceptable para todos. La primera es impracticable, incluso si la rebautizamos como "Europa de los proyectos", por razones a la vez psicológicas (hemos dado un paso atrás que ahora es necesario corregir) y técnicas: el funcionamiento de la Unión está paralizado por los tratados en vigor, inadecuados para una Europa de veinticinco. El Proyecto de Constitución permitía remediarlo a través de cláusulas como la mayoría cualificada, las cooperaciones reforzadas o la presidencia estable del Consejo. Presentar un nuevo texto tampoco es concebible. No porque el actual sea perfecto, que no lo es, sino porque ha sido votado ya por dieciséis países y nada justificaría pedirles que vuelvan a empezar. Este texto es el resultado de un acuerdo por lo que es poco probable que una proposición nueva obtenga de repente la unanimidad.

Adaptar el texto constitucional

Sólo queda entonces la tercera solución: adaptar el texto. Para ello es necesario partir del principio de que no se debe someter a votación nada que no esté ya en el texto inicial, para que los nuevos países que no lo han ratificado tengan la posibilidad de adoptar una versión corta del Tratado, limitada a las partes I (las instituciones), II (los derechos fundamentales) y IV (disposiciones generales), y excluyendo la parte III (políticas y funcionamiento) y los anexos. Esta reducción, que disminuiría el texto de 183 a 23 páginas, está justificada no sólo por el hecho de que las reticencias francesas y holandesas estuvieran motivadas por la tercera parte, sino también porque esta última está más ligada a voluntades políticas, que evolucionan a merced de mayorías, que al marco general, que debe mantenerse estable.

A este texto reducido se le daría un nombre nuevo, por ejemplo Tratado Fundamental, y su adopción sería indispensable para todos los países que quisieran continuar formando parte de la Unión. Por esta razón, y puesto que comprometería el futuro político del país, la decisión debería ser tomada por los responsables de tales destinos políticos, es decir, el parlamento o la reunión de las dos cámaras. Para que esta decisión sea efectiva, bastaría con que el próximo Consejo Europeo la tome en cuenta y aplace la fecha límite de la ratificación al 1 de noviembre de 2007 dejando a cada uno de los gobiernos la elección del momento más adecuado para esta votación.

Tan pronto como se adopte esta ratificación común y se retome el impulso europeo, la Unión Europea podrá volver a ponerse en marcha, sirviéndose en particular de disposiciones como las cooperaciones reforzadas. Está claro que, en una Europa a 25 ó 27, ésta es la forma de avanzar. Así, la Unión Europea no tendrá siempre el mismo núcleo duro, sino un funcionamiento de "geometría variable" en los campos en los que parezca útil incrementar la colaboración. Algo que, por otra parte, es lo que ya está sucediendo: el espacio Schengen incluye catorce países, la zona euro doce, el Eurocorps concierne directamente a seis países, indirectamente a otros cinco –pero nunca son exactamente los mismos-. Sobre este modelo, se pueden tomar otros acuerdos, por ejemplo, en materia de protección social, colaboración jurídica o armonización fiscal.

Europa no es una nación

Francia tiene un interés particular en reforzar la Europa política ya que si quiere que su voz siga siendo escuchada en la escena internacional, su única opción es hacerlo a través de la Unión Europea: Francia será fuerte en Europa y Europa será fuerte en el mundo. Para ello, es necesario que el resto de europeos la vean actuar más por el bien común que por sus intereses particulares. Y eso podría demostrarlo a través de gestos elocuentes como dejando que el Parlamento Europeo se instale totalmente en Bruselas y no intentar retener una parte en Estrasburgo, donde incrementa el presupuesto de la Unión sin aumentar la grandeza de Francia. Podría también implicar más a la UE en las proposiciones que defiende como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU; o comprometerse a utilizar sus medios militares para proteger la integridad del territorio europeo y no en un contexto de "países aliados" indefinidos.

Contra ciertos miedos expresados, el reforzamiento de la identidad europea no perjudica a la identidad nacional: Europa no es una nación y no lo será nunca. Ambas identidades no son incompatibles y la prueba es que, cada uno de nosotros, lo sepa o no, tiene varias pertenencias. Primero, todos tenemos una identidad cultural, en el sentido amplio de la palabra, que recibimos durante nuestra infancia sin ninguna intervención por nuestra parte. Ésta comporta sobre todo la lengua materna y por tanto, la percepción del mundo, una religión o su ausencia, recuerdos de paisajes y hábitos alimenticios o corporales. Pero también tenemos elementos de cultura en sentido estricto: libros, imágenes, melodías. En segundo lugar, tenemos una identidad nacional y cívica, cimentada en la solidaridad y no en sentimientos compartidos. Ésta se basa en nuestra interdependencia económica y social, que pasa por el presupuesto del Estado y los impuestos, y que se traduce en nuestros sistemas de pensiones o de seguridad social, nuestros colegios y nuestros transportes públicos. Y por último, tenemos una identidad derivada de nuestras preferencias políticas y morales, en cuanto que nos adherimos a ciertos principios de vocación universal como son el régimen democrático, el estado de derecho o el respeto a los derechos humanos.

Es al conjunto de estas identidades colectivas al que se acaba de unir la identidad europea, originada de la puesta en marcha, irrevocable, de la pluralidad de nuestras naciones en el seno de una entidad única como es Europa. Consiste entonces en convertir una ausencia de unidad en una unidad de nivel superior: en convertir la diferencia en identidad. Conseguir comprometerse con la coexistencia, la comparación y la confrontación con aquéllos que no piensan ni sienten como nosotros, practicando la tolerancia y renunciando a la tentación de imponer el bien por la fuerza; animando a la unión y al mismo tiempo al espíritu crítico; y aprendiendo, como decía Kant, a "ponerse en el lugar de cualquier otro ser humano".