Recelos persistentes en España

Artículo publicado el 31 de Octubre de 2007
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 31 de Octubre de 2007

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Año y medio después de los atentados del 11 de marzo y seis años después de los altercados raciales de la localidad almeriense de El Ejido, la sociedad española todavía duda entre el rechazo y la aceptación de los musulmanes.

Primer día del Ramadán de 2005, año 1426 en el calendario musulmán: la mezquita madrileña de la M-30, llamada así por estar situada junto a la autovía de circunvalación de la capital, no se vacía. Recogimiento y rezos, los fieles musulmanes celebran la revelación de los primeros versos del Corán a Mahoma. Ayuno y abstinencia sexual son de obligado cumplimiento hasta la caída de la noche. La Comisión Islámica de España (CIE) ha rubricado un acuerdo con el Gobierno para permitir a los musulmanes españoles poder conciliar fe y trabajo. Como institución representativa de los musulmanes, compuesta por chiíes y sunníes, la CIE trabaja, así, en pro de la integración de esta comunidad. No en vano, la incomprensión sigue presente en un país de honda tradición católica.

"Moros" problemáticos

Lavapiés es un barrio con solera del centro de Madrid. 33.000 habitantes, 88 nacionalidades censadas y una muy numerosa población marroquí que se siente excluida e indefensa. No sólo porque es extranjera, sino también porque es musulmana. Mohamed, de 32 años, habla sin rodeos de las discriminaciones y los prejuicios de los que es víctima: "Para ellos, nosotros somos moros, gente que da problemas, porque los autores de los atentados del 11 de marzo vivían aquí. Tras los atentados, todos somos sospechosos porque somos como ellos", explica. Antes de su arresto, los instigadores de la tragedia de la estación de Atocha, Jamal Zougam, Mohamed Choui y Mohamed Bakkali vivían y trabajaban aquí.

Del balcón de uno de los pisos cuelga una pancarta en la que puede leerse, en árabe y en español: "Papeles para todos". La vida parece discurrir de forma apacible, dos años después del drama. Pero en el día a día, muchos se sienten vigilados, excluidos. Casi todos tienen una anécdota que contar en relación con el celo policial. Como Mounir, que en la calle Caravaca, a unos metros tan sólo de la que fuera la tienda de Jamal Zougam, afirma: "Después de los atentados, la situación se volvió insoportable. Nos pedían la documentación en cualquier momento, así, en plena calle. Y los policías nos decían que sólo hacían su trabajo. ¡Ya ves! Ahora la cosa se ha calmado un poco, pero no es a los ecuatorianos a quienes controlan". Todos coinciden en señalar que el Islam no se reduce a las acciones de Al-Quaeda y que los musulmanes son ciudadanos como los demás. Para Elharif, inmigrante marroquí, "el Islam no tiene nada que ver con todo esto. Los que pusieron las bombas no sabían qué es el Islam. Nosotros, los musulmanes marroquíes, argelinos, senegaleses, etc, somos como los demás".

Una tolerancia con medias tintas

Para Ahmed Sefiani, presentador marroquí en la cadena de televisión andaluza Canal Sur: "Lavapiés es un marco específico, un espacio de marginación en el que se reúnen todos los inmigrantes y que tiende a exacerbar el racismo". Desde ese punto de vista, es difícil considerar este Barbès madrileño (el barrio parisino de Barbès Rochechouart es conocido por ser muy habitado por musulmanes de bajo nivel socioeconómico), como representativo de la situación española, aunque todos conservemos en la memoria los episodios de racismo en El Ejido hace seis años. Ahmed lo dice alto y claro: para él, su religión, así como su origen no han sido, en ningún caso, un obstáculo. Sus relaciones con las comunidades judía o cristiana siempre han ido bien y "de todas formas, la comunidad más extendida en España ¡es la de los ateos!". Una afirmación que, sin embargo, desmiente una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, según la cual, el 79,4% de los españoles se considera católico y, de este porcentaje, el 47,7%, practicante.

El 11 de marzo dejó a Ahmed atónito, porque él no vive así el Islam. A su juicio, "la reacción de la sociedad española fue ejemplar, sobre todo la de la presidenta de la Asociación de Víctimas del 11 de marzo. No me he sentido, ni excluido, ni rechazado". Si bien es cierto que tras la tragedia se sucedieron las llamadas a la tolerancia, Ahmed reconoce que a veces suscita cierta inquietud entre los pasajeros y el personal de seguridad cuando viaja en avión. "¡Pero a los vascos les pasa lo mismo!", añade después, riendo. ¿Su éxito social le permite, quizás, evitar determinadas desilusiones? Posiblemente. Como en cualquier parte, "los pobres siempre tienen las de perder", admite.

En muchos puntos, la situación de los musulmanes en España es comparable a la de los musulmanes franceses u holandeses. ¿Un ejemplo? La cuestión del velo, que en Francia ha sido origen de tanta polémica, también ha sacudido España. En 2002, la dirección de un instituto privado madrileño se opuso a que una alumna marroquí de 13 años llevara el velo en clase. La solución: trasladarla a un centro público. La entonces ministra de Educación, Pilar del Castillo, estimó que si bien la exhibición de signos religiosos en las escuelas no era "apropiado", no debía, por ello, estar prohibido. Una posición ambigua, a la imagen de un país vacilante, que se sintió traicionado tras el 11 de marzo de 2004.