Refugiados en Dinamarca: la vida en el centro Sandholm

Artículo publicado el 22 de Marzo de 2012
Artículo publicado el 22 de Marzo de 2012
Dinamarca fue uno de los primeros países en adoptar la Convención de las Naciones Unidas para los Refugiados en 1951. Nos reunimos con varios refugiados procedentes de Kuwait, Iraq y Siria que viven en un centro de acogida situado al norte de Copenhague, del que está a cargo la Cruz Roja desde 1986.

¿Cómo se mide la felicidad? Un grupo de investigadores pidió que se situase la respuesta en una escala del uno al diez. Los resultados mostraron que los daneses son los más felices del mundo, contando con elevados niveles de riqueza, igualdad, comodidad y funcionalidad, además de una fuerte conciencia de la capacidad de las personas para cambiar el mundo en el que viven. Están unidos en torno al concepto de fællesskab: el ideal de una comunidad vinculada por valores comunes. Sin embargo, el Centro Sandholm, uno de los dos centros de detención ubicados en el área de Copenhague, es un puesto fronterizo de los refugiados en Dinamarca, donde alrededor de 400 personas viven en el limbo.

Cigarillos y Calrsberg

El departamento de prensa de Sandholm insiste amablemente en que no describamos Sandholm como una prisión: “la expresión políticamente correcta para referirnos a Sandholm es centro de acogida y salida”. Las antiguas barracas militares acogen a 600 inmmigrantes y refugiados de todo el mundo. Desde el aeropuerto se dirigen solos hasta aquí. Algunos recién llegados permanecen brevemente mientras sus solicitudes de asilo son tramitadas. Otros son enviados aquí de manera previa a su deportación por la división nacional de extranjería. Un pequeño grupo se queda atrapado en un purgatorio burocrático. “Es como una tortura psicológica”, dice Talib al-Ansari, un iraquí que lleva 5 años en el campo. Los iraquíes constituyen el grupo más numeroso de solicitantes de asilo rechazado en Dinamarca. En 1979, Talib fue expulsado de su país de origen por el gobierno de Saddam Hussein, puesto que su padre era un activista chií. Después de vivir en el Irán revolucionario sin papeles, llegó a Europa. “Por lo menos, en la cárcel sabes cuando te van a dejar salir”, dice. “Aquí te sientas en tu cuarto, esperas a que llegue alguna carta, pero no recibes nada. No hay trabajo. No es vida”. Talib habla con coherencia y lucidez, pero su cara muestra una tristeza calmada. Su ropa tiene el toque de un hombre que hace mucho dejó de cuidar su apariencia.

Talib al-Ansari (Derecha)

Ali al-Jarrah, otro residente en Sandholm durante 12 años, se sienta con las piernas cruzadas en su cama, expulsando el humo de su cigarrillo al estilo de Picasso. Es uno de los apátridas de Kuwait, forma parte de una población árabe a la que el gobierno kuwaití se niega a conceder la nacionalidad. ¿Tienen algún sitio para rezar? Ali saca una Carlsberg y se ríe. En el sombrío patio que se ve a través de su ventana, el viento sacude el asta coronada con una pequeña cruz roja. Como a Talib, ningún país le acogerá. “Quizá porque tienen poder sobre mí”, medita. La Cruz Roja danesa ha estado al frente de este campo, contratada por el democráticamente elegido gobierno danés. “Les odio. Les he dado un nuevo nombre, la Cruz Negra. No me van a devolver mi libertad. Esto me está envenenando por dentro”. Sin embargo, la Cruz Roja danesa, que compró Sandholm en 1986, no es la que establece la política que ha recluido a Ali y a Talib en el centro. A ambos les molesta el trato paternalista que les otorga la caridad impersonal del Estado danés. No se les permite trabajar o vivir fuera del campo. Se les concede una asignación que se gastan en cigarrillos o alcohol. Uno de los vecinos de Ali entra en la habitación tambaleándose, con la camisa desabrochada y los ojos vidriosos, y sin percibir la presencia de los visitantes ajenos, coge una botella de leche y se va.

2012

De Siria a Sandholm

De acuerdo con la ONU, la guerra civil que comenzó en Siria en marzo de 2011 ya se ha cobrado 8. 000 vidas y ha suscitado una oleada de 25. 000 refugiados (cifra basada en los refugiados que se han registrado en ACNUR). George Elia y Jamal Mahmoud Raji son dos activistas sirios de la oposición que no se han quedado por mucho tiempo en Sandholm. Cruzaron a Turquía por las montañas de la provincia de Idlib con el apoyo de las guerrillas del Ejército Libre de Siria. Una vez entraron por barco en Grecia, se subieron a un avión con destino al adinerado norte europeo. George huía de Alepo, la segunda ciudad más grande del país. Amenazado por la mukhabarat local (la policía secreta), nos pide que no publiquemos su foto, temiendo una represalia contra su familia. A través del control del flujo de la información por la minoría cristiana de Alepo, el régimen ha infundido un temor en las minorías alawí y cristiana frente a la posibilidad de que los musulmanes fundamentalistas suníes asuman el poder en el país, imponiendo estrictamente la ley islámica.

Viven juntos, en una pequeña habitación, junto con un joven tunecino

George (cristiano) y Jamal (musulmán suní) se sientan juntos en perfecta armonía con Ali (musulmán chií) y nosotros (de creencias variadas) sin ningún tipo de recriminación o juicio. Antes de la represión desatada por el régimen, las acomodadas clases medias justifican su apoyo a esta sobre la base de que el presidente Bachar el-Asad parecía más secular, moderno e ilustrado, y por tanto más europeo, superior de alguna manera a la oposición islamista. La brutalidad creciente ha demostrado que esto es una mentira. En un vídeo que nos muestran en sus ordenadores, que han traído a escondidas desde casa, un miembro del Amn al-Jaysh (seguridad militar) hunde sus botas en el tórax de un hombre joven en el suelo de un edificio abandonado. Uno de sus compañeros graba la carnicería en un teléfono móvil, evitando capturar la cara del atacante. “¿Quién es tu dios?”, pregunta el agresor. “Bachar es mi dios”, continúa, colocando una foto del el-Asad en el suelo delante del hombre y diciéndole que la bese. El hombre destrozado escupe sobre la foto y recibe una paliza aún mayor. George y Jamal miran como si esto no fuese nada.

¿Una Dinamarca feliz?

Jamal y George no se quejan, excepto por el tiempo. Dicen que los daneses les han tratado amablemente y sin prejuicios. El gobierno danés se opone explícitamente al multiculturalismo, adoptando el modelo francés de integración de los extranjeros en valores nacionales universales, a diferencia del modelo británico o sueco de asimilación multicultural y celebración de la diversidad. Aún así, cuando cerca de 500 sirios huyeron a Bélgica a mediados de febrero, sus solicitudes de asilo no fueron tramitadas debido a la “incierta situación” existente en su país. La energía de cambiar el mundo aún fluye por las venas de Jamal y George y revigoriza brevemente a los iraquíes que hace tiempo que perdieron esas sensaciones.

Entre madres y jóvenes gánsgteres futuros está sentando enfrente de mí un hombre en el tren de vuelta de Sandholm a Copenhague. Lleva un casco con dos cuernos vikingos en forma de nervados consoladores de un pie de longitud que se agitan delante de mis ojos. Reacciono tardíamente ante esta extraña imagen. Es una abrupta divergencia entre el mundo de los migrantes de Sandholm y los felices daneses apretujándose en fællesskab. En una Europa que aceptase el multiculturalismo, el gracioso apátrida Ali podría reírse a gusto. En esta Europa, Ali se queda sólo en su cómoda celda, sorbiendo su Carlsberg y observando la lejana revolución árabe desarrollándose en un mundo aparte a través de su televisión.

Muchas gracias a Ulrikk Trolle y al equipo de cafebabel Copenhague

Este artículo forma parte de Multikulti on the Ground 2011-2012, una serie de reportajes sobre el multiculturalismo realizados por cafebabel.com en toda Europa

Fotos: © Nicola Zolin en ‘Multikulti on the ground‘ Copenhague para cafebabel.com