Refugiados en Grecia: una vida entre sombras

Artículo publicado el 11 de Octubre de 2016
Artículo publicado el 11 de Octubre de 2016

Monotonía infernal. Sin colegio, sin futuro, enfrentados a un combate perpetuo dentro del campo, con muy mal acceso a la atención médica. Recuerdos de la guerra, recuerdos terribles. El pasar de los días en un campo de refugiados en Grecia es mucho más que difícil. "Los europeos deberían venir y ver en qué condiciones de vida vivimos". Nosotros hemos decidido hacerle caso e ir. 

La vida en el campamento les ha formado grandes círculos negros debajo de sus ojos. Schahd, una niña de 10 años, comparte tienda con su hermana pequeña, sus tres hermanos y sus padres en Karamanlis, un campo de refugiados situado a las afueras de la ciudad griega de Tesalónica, donde viven actualmente 600 personas. Dentro del campo hay un mercado de ladrillo muy grande que antes funcionaba como fábrica de cuero. El mar está cerca y deja las tiendas húmedas constantemente. Los mosquitos, que se propagan sin piedad por los callejones olvidados del campo, provocan picaduras en las manos, los pies y la cara, e incluso a veces, según la especie que sea, grandes hinchazones que tardan mucho en desaparecer. 

En el campo, son los militares griegos los que tienen el poder aunque los controles son más bien ligeros. Dos hombres vestidos de uniforme, pero sin armas, patrullan mientras charlan. La primavera pasada, los locales de la fábrica, abandonados desde hace mucho tiempo, se convirtieron de forma urgente en el hogar de muchas familias refugiadas. El Ministerio de Sanidad griego contabiliza 60 campos de este tipo en todo el territorio griego, en los cuales se amontonan al menos dos terceras partes de los 60.000 refugiados presentes en todo el país. Tras el cierre de la frontera macedonia y el acuerdo entre la UE y Turquía, a muchos se les envió a estos campos, como al de Idomeni, que en mayo de 2016 fue evacuado por considerar que no cumplía con los requisitos de sanidad necesarios. 

"Nos han echado gas lacrimógeno", dice Schahd con una voz neutra, cuando cuenta su experiencia en Idomeni. No tiene ningún resentimiento. Schahd parece haber aceptado su cruento destino. Los rayos de sol ardiente se cuelan entre las rejas de las ventanas de la antigua fábrica. Durante la noche, el alumbrado de las obras proyectan su luz blanca y viva sobre las tiendas de campaña. Para sentirse útil, Schahd ayuda a distribuir raciones de comida: patatas con verdura y un buen pan seco, dos veces por día. 

"El campo de refugiados es una bomba de relojería"

Dentro de la tienda, las niñas dan rienta suelta a su frustración: "No hay nada que hacer. Esperamos durante todo el día. Todo esto es de locos. Ojalá pudiéramos volver al colegio". Para los niños, volver a estudiar es su principal deseo. La tienda de campaña de la familia Schafik Sbihi, situada en el segundo mercado, pasillo nº4, apenas se distingue de las demás. Las persianas se levantan y dejan entrever el interior de la cocina, que sirve también de comedor y de habitación. Cuando estaban en Deraa [una ciudad del suroeste de Siria, ndlr], Schafik trabajaba como taxista y esto permitía que su mujer y sus hijos vivieran muy bien. Pero entonces llegó la guerra contra el régimen en el sur de Siria. Hoy, estas cuatro paredes de tela en Sindos son todo lo que les queda. Sobre la caja de madera, que sirve de mesa para las comidas, hay té y un racimo de uvas. 

La familia puso tierra de por medio, como muchos otros, con la esperanza de alcanzar una Europa en donde se da la bienvenida a los recién llegados. El cierre de la ruta de los Balcanes les ha dado una bofetada. "Si no tenemos derecho a avanzar un poco más, Europa al menos nos podría dar algo de dinero", explica disgustada Schahd que además lleva un tiempo mala. "Estoy así desde hace más de un mes porque no hay medicamentos", añade la niña. La mayoría de los campos presentan problemas de suministro. Hassan, un enfermero de 34 años originario de Alepo, lo confirma. Este joven kurdo tiene mucha tarea en un campo muy cerca de Vasilika, una localidad situada al sureste de Tesalónica, donde se cuida a cerca de mil personas. Según él, hay suficientes médicos, pero estos no tienen medicinas que suministrar. En su tienda, nos muestra con orgullo el pequeño cesto que se ha ido formando: vitaminas para las mujeres embarazadas, broncodilatadores para el asma y antidiarreicos. Han sido las organizaciones humanitarias las que los han donado. "El problema es que yo sólo puedo encargarme de primeros auxilios", explica. Las necesidades, que son inmensas, no sólo se limitan a los medicamentos. "Cada día, recibimos tres o cuatro personas en estado de estrés postraumático. Si de veras no tengo otra solución, llamo a una ambulancia. Unas veces llega, pero otras no", cuenta Hassan. "En una ocasión la esperamos durante tres horas. Y después recibimos una llamada: ¿Todavía nos necesitan? Así es como funcionan aquí las cosas". 

 

En el campo de Hassan, a los kurdos se les separa de los árabes. "Había muchos problemas entre ellos", cuenta un sirio que prefiere no compartir su nombre. "La gente se pega por tonterías, por objetos que comparten, por una silla o por algo de comer. No hay suficiente para todo el mundo", dice. Por normal general, la policía no interviene, por lo que a veces por miedo, muchos de ellos se cargan con armas y uno de cada dos guarda una navaja consigo mismo. "El problema es inherente al campo, comenta Johnny Tutton, un voluntario de 33 años. El campo es como una bomba de relojería. Si se les trata como animales, no es extraño que se comporten como tal". 

"Si quisiera ver cómo la gente se muere, me volvería directamente a Siria"

En la tienda de Hassan hay mucha gente. Cada día aparecen caras nuevas en busca de un medicamento o, simplemente, de consejo. "Sólo distribuyo la dosis necesaria para un día", explica. Si no lo hiciera así, los comprimidos acabarían en el mercado negro". Aprovecha que tiene un momento de descanso para enseñarnos las fotos de sus intervenciones en Alepo: fotos de cadáveres (en su gran mayoría niños) cubiertos de polvo tirados por las calles. Después nos muestra la foto de una mujer en una ambulancia cuyo cuerpo está cubierto por una manta de lana. Por su rostro pálido y tranquilo, corren dos finas líneas de sangre. Su mirada fija no permite saber si aún está con vida. "No duermo más de dos o tres horas cada noche", explica Hassan. "He vivido situaciones como ésta cada día. Las imágenes pasan una y otra vez ante mis ojos". Al lado de sus recuerdos, las peleas en los campamentos parecen algo ridículo. "Si quisiera ver cómo la gente se muere, me volvería a Siria". Frente a este dilema, muchos se ven obligados a dar media vuelta. "Para llegar a Siria, llegan a Bulgaria y luego pasan por Turquía", explica Johnny Tutton. Esta ruta no es ajena para muchos contrabandistas. Muchos de ellos también han pasado también por los campos de refugiados. 

Ali Maleki, natural de Isfahán en Irán, no tiene intención de dar marcha atrás. Ya ha cruzado una vez la frontera prohibida, la de Macedonia. Solo. A pie. "Ahí es donde comenzó el infierno, en la jungla de Macedonia", cuenta este joven de 26 años. "Tenía que esconderme de la policía y contentarme con comer lo que encontraba en los árboles". El viaje terminó en la frontera con Serbia. "Me cogieron y me metieron en la cárcel, donde me golpearon sin piedad". Mueve su mano y nos muestra una enorme hinchazón en la parte posterior de la cabeza. Habla de su expulsión. "Me tiraron al otro lado de la frontera". Durante su tránsito hacia el campamento más cercano, consiguió escabullirse de la policía griega. Desde entonces, vive en un parque. Decenas de familias se han instalado en los espacios libres situados a las afueras de Tesalónica. Es ahí donde pasan los días y las noches.

 

"Estamos esperando una llamada", explica Mina. Esta joven afgana de 19 años está sentada junto a su marido, su hermano, sus padres y sus abuelos en un suelo de cemento repleto de maletas. "Queremos ir a Alemania". El trayecto desde la frontera griega hasta Serbia cuesta 1000 euros por cabeza. "Hemos encontrado a un traficante en Atenas", cuenta Mina. Ya han pagado la mitad del dinero. El resto se entregará al llegar. En primavera, la familia huyó de Afganistán. "Los talibanes han tomado nuestra provincia, la de Maidan Wardak". A su padre, que trabajaba como distribuidor de gasolina para la OTAN, le secuestraron, amenazaron y vendieron su negocio. "Si vuelves a trabajar para los americanos, mataremos a tus hijos", le amenazó un soldado talibán, el culpable de que la familia decidiera poner tierra de por medio. "Los europeos creen que sólo venimos por razones económicas, pero no es verdad". Mina coge su fular antes de que el viento se lo lleve. "Teníamos una casa y una tierra con animales, pero hemos vendido todo. Nos fuimos porque queríamos vivir", añade. "He visto bombas explotar enfrente de mis ojos. Y no sólo una vez".

Cogieron un avión hasta Teherán y después un grupo de traficantes les hicieron atravesar Turquía, justo hasta la isla de Lesbos. "Todos los traficantes eran turcos", recuerda. "Turquía no para a los refugiados. Es en la frontera con Macedonia donde se impide el paso".  

Rasuk*, de 37 años, describe exactamente lo mismo. Hace cuatro semanas, cogió una barca hinchable en Turquía, en Cesme, para llegar a la isla de Quíos. "Nadie nos ha cerrado el paso. Los turcos paraban un barco al mes, pero a ojos de los medios de comunicación, ni más ni menos", nos explica este sirio con convicción. El sol se oculta por detrás de la fortificación medieval, principal atracción turística de la calle. En la sombra que proyectan las casas, hay instaladas pequeñas tiendas de campaña, así como construcciones provisionales para los refugiados atrapados en la isla, entre los que se encuentran sirios, palestinos, kurdos y argelinos. Los turistas siguen viniendo en vacaciones a este pequeño rincón paradisíaco griego. Pero desde que la isla forma parte de la ruta de los refugiados, el turismo disminuye.  

Rasuk tiene muchos problemas. Cuando habla, su voz tiembla. La primera sílaba que pronuncia tarda en salir cinco segundos. "Es una de las secuelas del Estado Islámico", explica. En sus brazos hay tatuajes con símbolos de la antigua Babilonia. Se sienta en una mesa improvisada junto a otro hombre. "Trabajé para el régimen de Assad, en el equipo de comunicación", cuenta. Su perdición llegó de la mano de un vídeo satírico que hizo en su tiempo libre en el que atacaba a los islamistas. "El Daesh me hizo preso y me torturó. No quiero pensar qué habría sido de mí si me hubiera quedado allí más tiempo...". Rasuk pone un dedo en su garganta. En realidad no se siente seguro en la isla de Quíos. "Soy el único ateo que hay aquí". De repente, un sentimiento de molestia le invade y su larga barba empieza a moverse con enfado. Según el Islam, la negación de la fe o apostasía, se paga con la muerte. Pero aquí, todos viajan en el mismo barco. Los hombres hablan de su vida en las calles, de la supervivencia, del crimen, del secuestro de niños, muy conscientes de que el sucidio no es un tema tabú entre los refugiados. 

Ali es iraní y pasa sus días en el parque de Tesalónica. Ve cómo las familias llegan. También cómo se van. Espera paciente su hora en la que cruzar la frontera e instalarse en algún lado. Mientras que dura la espera, ayuda a una organización humanitaria cuando es necesario, para hacer de traductor o para distribuir las raciones de comida. "Cuando alguien está angustiado, voy a verle e intento animarle un poco. Estar triste y desesperado no sirve para nada. Lo único que consigue es que la vida sea aún más dura". Ali no tiene ningún problema en explicar su opinión respecto a la política de inmigración. "Alemania hizo lo correcto". Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado. El resto de países ya no aceptan más inmigrantes. "Los europeos deberían venir aquí y ver en qué condiciones de vida vivimos". 

El nombre se ha cambiado. 

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Texto y fotos: Thomas Schmotz