Refugiados en Hungría: Bienvenidos y 'bon-voyage'

Artículo publicado el 7 de Enero de 2016
Artículo publicado el 7 de Enero de 2016

En Hungría, además de los muros físicos, son las barreras económicas y sociales las que se interponen en el camino de los refugiados. En este artículo, un joven húngaro ofrece su opinión sobre las dificultades que la crisis de los refugiados supone para la que una vez fue la floreciente capital de la cuenca de los Cárpatos.

Es en esos momentos en los que estoy sentado en un bar o en una cafetería del centro –en los que escucho sin querer a personas que discuten sobre los eventos actuales– cuando una canción se empieza a colar poco a poco en mi cabeza. Si has visto el musical sobre el barbero demonio de Fleet Street en Londres (o la película de 2007), puede que también recuerdes la letra de la canción que sonaba al principio: "Hay un agujero en el mundo, como un gran hoyo negro, y está lleno de gente, que están llenos de...".

Así no es como yo veo a mi amado país ni a la gente que vive aquí. Para mí, Hungría es el país de todos los países. Aunque hace años que dejó de ser la próspera capital de la cuenca de los Cárpatos, el ejemplo para todos, un modelo a seguir. Hoy yo diría que el país está estancado y que tiene dificultades para encontrar su camino sin creencias o valores. Hay quien podría decir lo contrario –que tenemos creencias y valores fuertes– aunque, para mí, es evidente que Hungría tiene problemas. A día de hoy es un país que huye de la progresión en favor de ideas y personalidades conflictivas. Se alejó hace tiempo de la senda por convertirse en uno de los lugares más interesantes, fascinantes, inteligentes, incomparables y bellos del mundo. Se acabó convirtiendo en un país con una economía terciaria y una sociedad que poco a poco ha ido alejándose de los forasteros.

La cuestión de los refugiados está demostrando ser más difícil de tratar de lo que pensábamos. La Unión Europea en conjunto, y cada estado de manera individual, tienen opiniones que cambian constantemente, pero, por desgracia, la principal pregunta sigue sin respuesta: ¿Deben quedarse o deberían irse?

Barreras físicas y sociales

Hungría ha sido el centro de atención desde julio gracias a su infame alambrada, construida a lo largo de su frontera con Serbia. El revuelo de reacciones negativas –o al menos el reconocimiento de que se trataba de una medida polémica– era comprensible. Especialmente desde que hace veintitantos años Hungría jugara un papel destacado en la descomposición de la frontera entre el Este y el Oeste. Y a este respecto, ¿cúan poco acogedor (o anti-europeo incluso) resulta construir una barrera en contra de cientos de miles de seres humanos que buscan asilo político, cuando su mejor opción es huir de sus hogares?

Encuentro hermosa la afirmación de Jean-Claude Juncker de que él no querría vivir en una Europa que restringe sus fronteras, pero también un tanto ridícula, en su ingenuidad. Casi estuve de acuerdo con los comentarios de los medios de comunicación alemanes cuando inicialmente calumniaron a Hungría por culpa de la valla. Afortunadamente, la ironía intervino una vez más y sólo unas semanas más tarde Alemania se dio cuenta de que no tenía más remedio que endurecer también el control de sus fronteras.

¿Sabías que –de acuerdo con este artículo– desde este verano, 19 leyes húngaras y otras tantas políticas del gobierno han sido modificadas debido a la cuestión de los refugiados? ¿Alguna vez pensamos en las consecuencias adicionales de la burocracia legal o de la  relacionada con el Estado? ¿Sobre su delicada complejidad? En cierto modo son "sólo" nuestros sentimientos los que ayudan a formar una opinión pública, pero ¿qué es lo que se supone que nuestros políticos y respetuosos representantes deberían tener en cuenta?

Desconfianza de los "forasteros" y realidades económicas

Lo que entendí tras escuchar a mis compañeros de bares es esto: Los húngaros son generalmente bastante simples en lo que se refiere a no confiar en nadie y no querer seguir órdenes de forasteros. Hace un par de años, uno de los temas más candentes y que generó un gran trastorno dentro de nuestra sociedad fue la pregunta de si se debía dar a la doble nacionalidad a los húngaros de fuera de las fronteras históricas del país. Ni nuestras raíces culturales comunes, ni nuestro idioma único, o incluso en muchos casos los propios vínculos familiares fueron suficientes para romper la desconfianza que nuestra nación sentía hacia "el otro lado".

A los que nos referimos son "forasteros" que vienen de mucho más lejos, que tienen una lengua, una religión y una cultura completamente diferentes a la nuestra. Este vergonzoso rechazo –y me quito el sombrero por el contraste con aquellos que han ayudado de muchas maneras– no debería ser una sorpresa.

Desafortunadamente, sin embargo, parece que la manipulación xenófoba de la situación por parte de nuestro Primer Ministro coincide con la opinión pública. La inmigración islámica en Hungría –aunque en menor medida– supondría para nuestra nación un cúmulo de tareas manejables, pero también de obstáculos, no sólo debido a las realidades económicas, sino por nuestra limitada preparación intelectual, moral e institucional. Aunque, para ser claros, el éxito a nivel nacional de las políticas actuales de refugiados húngaros no se deriva en absoluto de estas preocupaciones...

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Este artículo es parte de nuestro proyecto East Side Stories. A través de la lucha contra los clichés más comunes empataron en el sur y este de Europa, que tiene como objetivo mantener la idea europea viva mediante la sensibilización, la creación de un diálogo, el intercambio de ideas e informar más allá de los grandes medios.