“Retiraremos al soldado soviético”: guerra (de palabras) entre Estonia y Rusia

Artículo publicado el 27 de Abril de 2007
Artículo publicado el 27 de Abril de 2007

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El Gobierno anuncia la retirada del Soldado Desconocido ruso del centro de Tallinn. Las manifestaciones entre rusos y estonios causan ya un muerto.

¿Cual es la manzana de la discordia? Una estatua de bronce. Entre el Estado estonio y los 350.000 rusos que permanen en el territorio tras el final de la ocupación soviética en 1991, rien ne va plus.

El pasado mes de febrero las autoridades declararon su intención de trasladar al Soldado Desconocido de Bronce a un cementerio militar de las afueras de la ciudad. En principio, se trataba del “Monumento a los Liberadores de Tallinn”, que conmemora a los rusos caídos en la Segunda Guerra Mundial y ahora está situado en el centro de la capital estonia. ¿El motivo? Para algunos es inaceptable que un símbolo de la ocupación destaque todavía, exhibiéndose en pleno corazón de Tallin. Para otros, en cambio, se trata de una mera elección de seguridad interna. Sí, porque el Soldado de Bronce, que se encuentra a los pies del casco antiguo, ha sido a menudo escenario de enfrentamientos físicos como los que tuvieron lugar el pasado 30 de marzo. Hoy, esos enfrentamientos ya han causado un muerto.

Y Moscú gritó: “¡Así se fomenta el nazismo!”

El hecho de que esta pequeña república báltica (que justo ahora celebra el tercer aniversario de su adhesión a la Unión Europea) viva de manera conflictiva su relación con el pasado de la ocupación soviética, no lo dicen sólo las candentes polémicas acerca del Soldado de Bronce. En marzo pasado, el Parlamento adoptó un nuevo procedimiento encaminado a asimilar a la minoría rusa que representa el 20% de la población mediante una enmienda a la Ley sobre Lenguas que facilitará el despido de los trabajadores que no tengan un nivel adecuado de estonio.

Mientras tanto, el Kremlin no se queda de brazos cruzados. A raiz de la estatua de la discordia, habla, con el viceprimer ministro Servei Ivanov a la cabeza, de “vandalismo de Estado”, pide a los ciudadanos rusos que boicoteen los productos made in Estonia, amenaza con recortes en el abastecimiento de energía y llega hasta el punto de acusar a Tallin de “fomentar el nazismo”. Incluso la líder mundial de Amnistía Internacional, Irene Kahn, opta por criticar en público la política del Gobierno estonio, que considera “represiva y punitiva”.

Los políticos: “Para nosotros, la Segunda Guerra Mundial terminó en 1991”

Esto no es todo. La internacionalización de la discusión rusa en Estonia llega también al Parlamento Europeo, donde, el 14 de marzo, el eurodiputado comunista Marco Rizzo promovió una cuestión parlamentaria pidiendo a la Comisión que interviniese en la discusión acerca del monumento. Pocos días después, le llegaba el turno a la vecina Letonia, que también alberga una importante minoría rusa. Riga guarda las distancias declarando que no tiene intención alguna de seguir la línea rígida de los estonios.

Aislado y dividido. Kalle Laanet, Ministro estonio del Interior hasta las elecciones de marzo 2007, encaja mal las críticas internacionales: “Nosotros respetamos a Amnistía Internacional, pero esta vez el Gobierno ha contribuido mucho a la integración de los “no estonios”: cursos y exámenes gratuitos, millones de euros invertidos en la enseñanza del idioma, y una reforma del sistema escolar que entrará en vigor en septiembre de este año. No hay buena voluntad por la otra parte”. A continuación, explica la opinión que muchos tienen sobre el Soldado de Bronce: “Para nosotros, la Segunda Guerra Mundial comenzó con la ocupación soviética de 1940 y terminó con la independencia de 1991”. Durante medio siglo no ha habido libertad: sólo una sucesión de regímenes totalitarios. Si ese monumento asume varios significados para nuestra gente, por desgracia también lo usan los extremistas para sus manifestaciones chovinistas”. Lo que viene a decir: pensando en la seguridad, es apropiado retirarlo. Una opinión que Ludmilla Matrossova Zovina, presidenta de la Union de Organizaciones Educativas y Caritativas Eslavaa (una de las asociaciones más importantes de Estonia) no comparte. “Cada vez que lo veo me emociono. Que quede claro: soy de orígen ruso y eso no puedo ni quiero olvidarlo, pero me siento también estonia. ¿Tan difícil es de aceptar? Por desgracia, la política no ayuda : las discriminaciones parten precisamente de ahí, del estrato más alto de la sociedad, aquel que debería esforzarse más por cambiar las cosas.”

La radicalización de las posiciones entre estonios y rusos se esfuma cuando toman la palabra los jóvenes. Jelena, de 21 años, a pesar de sus orígenes rusos, dice: “Si quieren trasladar el monumento, que lo hagan y punto. Entiendo sus problemas y su punto de vista; además, no sería tan extraño”. Justo lo contrario de lo que defiende Tina, joven estonia que vive enfrente del “símbolo de la discordia” y se acerca más a las posiciones “rusas”: “No entiendo por qué deberían trasladarlo: siempre ha estado ahí y los verdaderos problemas comenzaron sólo cuando el Gobierno decidió retirarlo. ¿Por qué crear preocupaciones que podrían no existir?”. Mientras tanto, se espera que tenga lugar otra manifestación de ciudadanos rusos el día 9 de mayo que saldrá del casco antiguo hasta llegar al monumento. Puede que para esa fecha el Soldado ya haya sido relevado.