Revolución musical en Estonia

Artículo publicado el 6 de Diciembre de 2006
Artículo publicado el 6 de Diciembre de 2006
Antiguo candidato a Eurovisión, el cantante Vaïko Eplik, de 24 años, rechaza lo comercial y preconiza una música “casera”.

“Estonia es tan pequeña, que cuando sabes hacer algo, la gente cree que puedes hacerlo todo.” Con éstas palabras, Vaïko Eplik resume su papel de presentador de los programas matutinos de Radio 2, la radio local de moda. “Me gusta considerarme músico, el resto sólo son detalles.” Más que una pasión, la música es la vocación de este joven hombre nervioso, cigarrillo en boca e independencia pegada al cuerpo.

Sin cronología, fecha o recuerdo precisos, enumera rápidamente los hechos que han marcado su vida: el profesor de canto que se fija en él cuando tiene 4 años, su debut en televisión con 8 años, la Academia nacional de música en la que aprende a tocar el piano, las primeras canciones con 14 años y el primer LP con 18, los años transcurridos con un grupo de pop-rock, la fama, la gente saludándolo en la calle, el festival de Eurovisión…

Eplik, antiguo miembro de Claire’s Birthday, el grupo brit-pop que fue la sensación en Estonia a finales de los noventa, se convierte en el líder del grupo Ruffus, seleccionado para representar a Estonia en el concurso de Eurovisión en 2003, que tuvo lugar ese año en Riga.

Anti-business

Por ello, estos logros forman parte del período de su vida que considera “comercial” y que ahora le avergüenza. Sin embargo, las historias de éxito son legión en Estonia, alentadas por un gobierno joven y liberal. La tasa de crecimiento ha alcanzado el 9,5% en 2005.

Con su curro de periodista radiofónico, Eplik afirma “ganar suficiente dinero para tener una creación musical libre e independiente”. Lo que le importa es “separar el mundo del dinero del universo de la creación”.

A ojos de este músico superdotado, la música ha de ser independiente de toda ambición financiera. Señala que, “Aunque Mozart haya escrito su Réquiem por encargo, hoy me parece más fácil ser independiente y hacer autentica música al margen del sistema comercial, en lugar de dejarse aspirar por el circuito de los tiburones.”

Marca de elite

Eplik defiende en cuerpo y alma su concepción de la composición musical. El artista ha de hacerlo todo por sí mismo: desde la escritura hasta la grabación, pasando por la interpretación y el diseño de la carátula. Dando una frenética calada a su Marlboro Light, la antigua estrella de rock no deja de evocar la casi-marca “Eliiit”, “un movimiento innovador susceptible de hacer nacer una auténtica revolución musical en Estonia”. El movimiento ha visto la luz hace cuatro años más o menos, y reagrupa artistas alternativos o no, deseosos se afirmar su independencia creativa.

“Todo el mundo puede participar” dice Eplik. “Antes, creíamos que había que cantar en inglés para triunfar”. Naturalmente dotados para los idiomas, todos los jóvenes hablan tanto estonio como inglés o finlandés gracias a la televisión finlandesa; el ruso se conoce y entiende, pero a los estonios no les gusta practicarlo. Hoy, muchos de sus compatriotas cantan en estonio.

Eplik quiere evitar la desnaturalización de la obra artística. La música, una vez distribuida por los tiburones, ya no pertenece a los músicos, y los CD se convierten en un objeto manufacturado cualquiera. El abismo se ahonda entre los que “quieren hacer dinero y negocio” y los creativos por los que Eplik confiesa admiración: Serge Gainsbourg o Michel Polnareff.

Música en casa

Eplik se muestra convencido de que con los progresos fulgurantes de una tecnología cada día menos onerosa, cualquiera puede concebir desde su ordenador, grabaciones de una calidad diez veces superior a la de los vinilos producidos por los Beach Boys o los Beatles.

En un mundo en el que lo digital es accesible a todos a bajo precio, y en un país en el que el wifi es omnipresente, el músico se pone a soñar. Nada podrá rivalizar con la “producción casera”, dice. “De aquí a 5 años, todas las casas de discos habrán quebrado.” Aprovechando la democratización de esta tecnología, Eplik propone nada más y nada menos que una revolución musical: “Quiero devolver la música al arte. No quiero comerciar”.

Escuchar semejante discurso en Estonia, donde la música fue un arma de resistencia y un medio para acceder a la independencia, es poco sorprendente. Mientras que ha habido que esperar a 1984 para que algunas canciones de los Beatles fueran por fin autorizadas en el país, Eplik deplora la falta de curiosidad de los jóvenes de hoy en cuestión musical.

“Miran MTV y compran recopilatorios.” A su juicio, lo esencial es la elección. “Cuando era niño, en mi pueblo sólo podía comprar cintas de Bon Jovi grabadas en Polonia. Ahora podemos elegir, pero los jóvenes no saben cómo hacerlo. Es triste.”