Roma: el reto de sobrevivir al Vaticano

Artículo publicado el 9 de Enero de 2007
Artículo publicado el 9 de Enero de 2007
El Vaticano –ciudad dentro de la ciudad -, y la diócesis romana –que gestiona 338 parroquias, 247 colegios y 558 institutos de educación secundaria católicos- condicionan la vida de la capital de Italia.

El Catolicismo condiciona la vida de Roma en muchos aspectos: el urbanístico, el turístico, el consuetudinario…, y más. Como ejemplo reciente, el 24 de noviembre, los diarios de la ciudad anunciaban la “vuelta a las investigaciones por parte del Tribunal penal de Roma acerca del alto índice de casos de leucemia y linfoma en los alrededores de Cesano”. En esta ciudad del extrarradio romano se encuentran las gigantescas antenas de Radio Vaticana.

Toma y toma la llave de Roma

“El Vaticano posee entre el 25% y el 30% de los inmuebles del centro. Valoro esta propiedad en 5.000 millones de euros”, asegura Mario Staderini, responsable del Partido Radical en el distrito centro de la ciudad. “Si sumamos las casi 2.000 órdenes religiosas con sede en Roma, el mercado inmobiliario lo controla esta ‘monarquía absoluta’. De hecho, el 25% de Piazza Navona es de la Obra Pía española”, remacha. La propia sede del Partido Radical –que, además, ha mantenido una “alianza anticlerical” con el Partido Socialdemócrata- es propiedad de una congregación de monjas benedictinas.

Francesco Paoletti, responsable del círculo de Ateos, Agnósticos y Racionalistas de Roma (UAAR), nos explica que su organización aún se halla en el estadio “de luchar por que desaparezcan los crucifijos de los edificios públicos”. “En Roma”, añade, “las parroquias controlan el territorio de forma capilar, pues la gente acude al párroco del barrio para solicitarle favores o recomendaciones para un empleo”.

A menudo, estos empleos pertenecen al sector turístico, “cuyo actor principal es también el Vaticano”, retoma Mario Staderini. “Durante el jubileo, los conventos se convierten en albergues que no sólo se alquilan a peregrinos. Para colmo, el Vaticano está exento de pagar impuestos por esta actividad”.

Hablando del rey de Roma

“En Roma no hay república que valga. Tiene a su rey: el Papa”, me comenta irónico Fabio Mastretta, un siciliano de 29 años que lleva 10 aquí. Lo dice en Campo dei Fiori, la única plaza sin iglesias en esta urbe de 2.600.000 habitantes, apostado al pie de la siniestra estatua de Giordano Bruno, el pensador renacentista condenado a la hoguera por hereje.

Mastretta trabaja en un ministerio. Sin embargo, en esta ciudad de enormes iglesias por doquier, es difícil ver edificios gubernamentales. La mayoría de los ministerios están alejados del centro, como no queriendo allanar terreno ajeno. “En Roma se ven pocas personas enchaquetadas en grupo saliendo de los ministerios o de los centros financieros comentando reuniones y viajes de trabajo”, señala Alice Kiandra Adams, profesora de inglés de 36 años llegada desde la otra punta del mundo, Australia, hace año y medio. Nada que ver con el ambiente de las cafeterías madrileñas del Paseo de la Castellana y el Barrio de Salamanca o de las casa-puertas parisinas de Solférino o Rue du Bac, lugares céntricos donde se concentran tantas sedes ministeriales en ambas capitales europeas. Lo que sí vemos son grupos de monjas cruzando avenidas y curas de porte aristocrático saliendo de lujosos Mercedes para entrar en alguna capilla. En Roma, nada de barrios gays, como el Soho londinense, el Marais parisino o el Chueca madrileño.

Convivencia pacífica con otras religiones

Micaela Vitale trabaja en el Centro Cultural Hebraico –en el barrio del Trastévere- considera que “no es difícil no ser católico en Roma”. “Los judíos, cuando queremos organizar un acto en Roma, no tenemos problemas ni con las administraciones ni con la Iglesia católica.” Tampoco la comunidad musulmana ha tenido problemas para erigir en Roma la mezquita más grande de Europa, con capacidad para 3.000 fieles. La australiana Adams, que se considera católica, ni siquiera siente “que en Roma haya más espiritualidad que en otra ciudad del mundo”.

¿De modo que no es tan invasiva como se piensa la presencia de la Iglesia católica? “Sí que lo es”, se apresura en aclarar Vitale. “Hay demasiados peregrinos. Individualmente, no suponen ninguna molestia, ¡pero es que vienen a raudales y en enormes autobuses que colapsan la ciudad! Los miércoles, día de la audiencia papal, no hay quien logre circular por Roma.”

Arte y espiritualidad

Estos peregrinos, el domingo por la mañana, copan la plaza de San Pedro del Vaticano a la hora en que el Papa reza el Ángelus. Un esplendoroso sol domina esta cálida mañana invernal en la que, a pesar de vernos rodeados de más gente que en el estadio de Wembley una tarde de fútbol, no se escuchan apenas voces ni estridencias sonoras. Dentro de la basílica, 1.500 fieles cantan al unísono salmos y melodías propias de la eucaristía, creando una campana de sonido que envuelve al visitante y lo concentra en sus sentidos –inciensos para el olfato, melismas para el oído, doraduras para la vista-. “El arte y la espiritualidad que irradia el vaticano es una ventaja para la ciudad”, subrayan los malagueños Pilar Domínguez y Antonio Sintas, dos peregrinos católicos sobrecogidos por la experiencia de asistir a una misa en San Pedro. “A muchos no nos importaría tener al Vaticano en nuestra ciudad”, concluyen, convencidos.

Foto Piazza Navona: Pedro_qtc/Flickr

Foto Mezquita de Roma: Metaphoto/Flickr

Foto Interior Catedral de San Pedro: Judit Járadi