Romaníes en Belgrado: (sobre) viviendo en un contenedor

Artículo publicado el 12 de Junio de 2012
Artículo publicado el 12 de Junio de 2012
Ignorada, aún denostada, numerosa pero impotente, la minoría romaní subsiste al margen de la sociedad viviendo de los desechos de los demás. Los fantasmas de la capital serbia han sido trasladados a orillas del río Sava- a las afueras de la ciudad- y realojados en "casas contenedor", no muy lejos de la zona hotelera de lujo de Nuevo Belgrado. Pronto podrían desaparecer totalmente.

Rifat sonríe y extiende sus brazos: “¡Bienvenido al zoo!”. Esquivamos por poco la intensa luz del mediodía gracias a una sombrilla sostenida por una mesa de plástico en torno a la cual nos sentamos. Hay para compartir refrescos y paquetes de cigarrillos, pero de comer, nada. Hace unas pocas semanas, el polémico desalojo por parte de las autoridades municipales afectó a Rifat y a otros tantos centenares de habitantes de Belville, el mayor asentamiento ilegal de romamíes que llegó a ser el hogar de unas 1.000 personas. Este sitio coincidía con la ruta trazada por una carretera de acceso que habría de culminar con la construcción de un nuevo puente sobre el río Sava. Ahora su hogar está en Jabucki Rit —en pleno campo y a 13 kilómetros de la ciudad— donde reina el más absoluto silencio y no se distinguen ni bloques de pisos ni ocupaciones aparentes.

Esto es lo que queda allí todavía

¿Viviendas móviles o contentedores metálicos?

Los dirigentes locales proporcionaron “viviendas móviles” a los gitanos. ¿Por qué no denominarlas “contenedores metálicos”?. Tienen unos 6 m2 —menos espacio que la superficie media de una celda— y suelen ser el hogar de familias numerosas. Pongo mi mano en la superficie de un contenedor y parece una caldera hirviendo. Hace pocos días, la televisión de un hombre mayor explotó por culpa del calor. Al cruzar este Stonehenge metálico, veo un muro salpicado de pintura blanca. Enver me cuenta que un grupo de jóvenes con el rostro oculto que empuñaban bates de béisbol apareció por allí durante la mañana del 1 de mayo y se dedicó a embadurnar los contenedores con lemas racistas y esvásticas. “Algunos de nosotros los vimos, pero ni nos acercamos ni les plantamos cara. Si lo hubiéramos hecho, al día siguiente la ciudad entera habría venido a matarnos”.

A pesar de que las condiciones sanitarias han mejorado notablemente, los residentes llevan una vida insoportable, se mire por donde se mire. Una mujer embarazada hizo hace poco los 30 km que le separan del pueblo más cercano, donde una ONG se dedica a repartir alimentos. “El autobús se estropeó y perdí todo el día”, dice. “No podemos trabajar aquí. ¿Qué vamos a hacer? ¿Comernos la hierba?”.  Los contenedores traen consigo un contrato peliagudo que amenaza con desahuciar a todos aquellos que no cumplan con innumerables exigencias, incluyendo el envío de los niños a la escuela a pesar de que la ausencia de transporte no facilite mucho las cosas. Algunos gitanos se ganan la vida en la ciudad recogiendo y reciclando cartones y metales, pero en la inhóspita Jabucki Rit es imposible. No es de extrañar que se respire un clima soporífero y desalentador.

Los fantasmas del pantano: “legalmente invisibles”

Las cosas podrían ir peor. Otros fueron enviados a Dren, a 20 km de Belgrado. Su parecido con el término “drain” [sumidero] no es una cuestión baladí, tal y como relata Jovana Vukovic, del Centro Regional por la Defensa de los Derechos de las Minorías. “Se podría decir que esto está construido sobre una ciénaga. ¡Hace poco sufrieron una plaga de ranas! La gente no puede dormir por culpa del ruido”. Cualquier intento de tomárselo con humor deja un regusto amargo. “Confinar a los gitanos en asentamientos de contenedores alejados de la ciudad les ha llevado a solicitar más ayudas sociales y que, por tanto, se vuelvan más pasivos” . Slavica Denic, Secretaria de Estado del Ministerio de Derechos Humanos y de las Minorías, anunció hace poco que “la situación de los gitanos en Serbia había mejorado ostensiblemente durante la última década de integración romaní”. Danilo Curcic, desde Praxis, replica que “Alemania también podría haber dicho en 1957 que las cosas estaban mejor diez años antes, pero la raíz del problema habría seguido siendo la misma. Los romaníes en Belgrado son personas legalmente invisibles. El desalojo fue practicado sin la correspondiente supervisión ya que coincidió con una huelga en el centro de bienestar social”.

“Los romaníes en Belgrado son personas legalmente invisibles”

En el extremo opuesto, nos encontramos en un estudio lleno de libros del espacioso hogar de Dragoljub Ackovic, el director del Museo Romaní de Belgrado. Una estatua de ónix negro se yergue sobre su escritorio: “un recuerdo de Sudáfrica”. El museo fue inaugurado en 2009 con reacciones positivas por parte de los medios de comunicación pero, desde entonces, el edificio ha sido saboteado y carece de recursos. “Es una batalla constante con las autoridades locales”, dice Ackovic. “Hace poco sufrí un infarto y estoy seguro de que fue por culpa del estrés”. Al parecer, muchas de las cuestiones que afectan a los romaníes tienen su origen en una falta de compromiso y representación por parte de la clase política.

Dragoljub lanza un discurso que aúna la denuncia contra sus enemigos políticos y los listados de figuras históricas con supuesta herencia romaní (según él, William Shakespeare y Bill Clinton). “Los romaníes pobres podrían convivir con los ciudadanos de Belgrado, pero para algunos de ellos la transición del Socialismo hacia el Capitalismo no ha hecho más que obstaculizar la venta de sus productos tradicionales frente a la competencia externa. Mucha gente trabaja en la gestión de residuos, el reciclaje o simplemente mendiga en las calles. He planteado la creación de sindicatos para el gremio de basureros pero, hasta ahora, el ayuntamiento ha hecho oídos sordos”. Al final de la entrevista me entrega un pesado libro, escrito por él mismo sobre la historia y cultura romaníes en Belgrado. Abro una página y me detengo en esta oración: “cuando toda una nación se hunde en la miseria, los marginados son los primeros en sufrir las consecuencias”.

El hormigón frente al lujo

Mientras tanto, en Belville, ubicada en una jungla de hormigón de rápido crecimiento como Nuevo Belgrado, algunos de los que viven en estos lares tienen una opinión diferente a la manifestada por un célebre romaní como Dragoljub. “Gente como él sólo representa a los gitanos que piensan que pueden obtener beneficio de ello”, dice Borka, una de los pocas residentes que quedan en el asentamiento ilegal y cuyo futuro se presenta incierto. “Nos explotan para obtener ventajas políticas y financieras. Si realmente se preocupara por nosotros, ¿cómo es que todavía no ha venido a Belville?”. De vez en cuando, las palabras de Borka quedan silenciadas por el estruendo de ferrocarriles que pasan justo por encima, pero no es otra cosa sino la rabia la que le hace estremecer. “No voy a vivir en un contenedor. Si intentan obligarme, denunciaré al ayuntamiento. O me marcharé a Bélgica”.

Dejo el campamento mientras transito penosamente por el descampado en dirección hacia la carretera principal. De inmediato, me encuentro con lo que parece ser un set de rodaje abandonado. A través del cercado puedo ver una gran plaza con un viejo tranvía y un automóvil clásico, todo ello rodeado de un lienzo pintado de edificios, entre los cuales se halla el Hotel Moskva. Se trata de una réplica del Plaza de Terazije de los años 30. “El Viejo Belgrado dentro del Nuevo Belgrado”, dicen. Echando la vista atrás hacia los escombros de Belville, surge una ciudad que abraza su glorioso pasado, pero que al no aceptar su presente, está condenada a ser invadida por los fantasmas para siempre.

Muchísimas gracias a Senka Korać, de cafebabel Belgrado.

Este artículo forma parte de Orient Express Reporter II, una serie de reportajes sobre los Balcanes que ha sido desarrollada por cafebabel.com entre 2011 y 2012. Este proyecto ha sido cofinanciado por la Comisión Europea y cuenta con el apoyo de Allianz Kulturstiftung.

Fotos: portada, (cc) Mathieu Péborde/flickr;; texto, ©Andrew Connelly.