Rusia: entre ricos riquísimos y pobres paupérrimos

Artículo publicado el 27 de Febrero de 2012
Artículo publicado el 27 de Febrero de 2012
La caída del comunismo supuso la pérdida del poder adquisitivo para millones de personas. En aquella misma época, algunos oligarcas y avispados hombres de negocios consiguieron apoderarse de los inagotables recursos del país y hoy siguen figurando entre los hombres más ricos del planeta.
Análisis de un país que, hasta hace unas décadas, consideraba la riqueza como un crimen digno de persecución y que hoy está gobernado por un parlamento que se jacta de contar con 6 multimillonarios y 50 millonarios.

Mientras el 10% de los rusos ricos bate todos los récords de gastos en lujos que van desde yates hasta las mansiones en Cerdeña, el 26% de sus conciudadanos vive por debajo del umbral de pobreza y el 70% de los trabajadores recibe un salario mensual inferior a 120 euros. Un estudio de la consultora internacional Deloitte ha mostrado que Rusia se sitúa en la 16ª posición entre las 25 economías más fuertes del mundo, en el séptimo lugar en lo que respecta al número de millonarios y a la cabeza de las capitales de los ricos-riquísimos, con los 79 multimillonarios que residen en Moscú frente a los 58 que lo hacen en Nueva York. La otra cara de la moneda la aporta la Escuela Superior de Economía de Moscú, que señala que la renta del 60% de la población rusa se mantiene al mismo nivel desde la época soviética.

Rusia nunca había conocido tanta riqueza, pero su reparto sigue siendo una utopía. Como publica The American Interest, “negocios y gobierno se han convertido en dos ramas de un mismo proyecto cuyo objetivo principal es la autofinanciación. Putin consolidó su poder gracias a su habilidad para equilibrar los intereses financieros, económicos y políticos de los diferentes grupos de la clase dirigente”. En realidad, no es una coincidencia que haya 50 millonarios y 6 milmillonarios solo en la Duma. En una entrevista en Radio Svoboda, el periodista ruso Alessandro Minkin declaró: “Hace unos cien años, en 1917, se abolieron en nuestro país dos cosas importantes: la ley y la religión. Con ellas, se abolió también la justicia y se autorizó matar a las personas por la única razón de ser sacerdotes o ricos. Hoy tenemos que convivir con las consecuencias del régimen pasado”.

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Según el analista político Yuriy Lukanov, “tras la caída de la Unión Soviética, se enriquecieron los que se mantuvieron más cerca del poder y supieron sacarle ventaja al período de anarquía económico-política. En nuestro país, durante la época del comunismo, no existía la cultura de la riqueza. Ser rico era un delito. En los años 90, los mismos miembros del partido comunista que predicaban la pobreza se convirtieron en los únicos que tenían acceso a los recursos del país y se aprovecharon de ello. Otra razón que explica esta situación es que la clase media, débil y poco desarrollada, los trabajadores y los agricultores no están acostumbrados a luchar por sus derechos. El Estado, que debería protegerlos, es su principal enemigo.

80.000 metros cuadrados en tres plantas

Miles de millones de rublos

En 1991, en un solo día, millones de personas perdieron su trabajo. Miles de millones de rublos, fruto del ahorro de los trabajadores, se esfumaron. Mikhail Deliagin, un reconocido economista ruso, echa la culpa a las privatizaciones salvajes llevadas a cabo cuando las haciendas y los terrenos acabaron en manos de quienes detentaban el poder político. No fue un cambio económico estructurado y el abismo entre quienes tenían acceso a los recursos del estado y los pobres (simples trabajadores a los que se les había inculcado la idea de que “pobreza es belleza”) se volvió infranqueable. ¿Qué se puede esperar hoy de los políticos que se preparan de nuevo para las elecciones, cuando el 49% de los sueldos se va en impuestos y la mitad de lo que queda, se va en pagar las facturas, al mismo tiempo que el pan cuesta entre 2 y 4 euros?

Marina Arsenova, periodista en Moscú, declara: “en Rusia, la diferencia entre ricos y pobres es enorme y se caracteriza, en primer lugar, por la corrupción y por un sistema burocrático que desperdicia inútilmente los impuestos de los trabajadores. Todos los días, en los medios de comunicación se habla de casos en que el dinero del presupuesto público se usa para gastos privados de parlamentarios y gobernantes. Por algo la gente llama a Rusia Unida, el partido de Putin, el “Partido de ladrones y bandidos”. En las próximas elecciones, se dejará sentir el peso de una política social inexistente, del comportamiento inaceptable de los políticos en general, de los periodistas asesinados, de la represión contra la oposición, de las promesas no cumplidas o de las elecciones trucadas de los años anteriores. No es por azar que el eslogan más famoso de los protestatarios estos días es “Ni olvidamos ni perdonamos'”.

En Rusia, el presupuesto asignado a los gastos sociales es de apenas el 3% del PIB del país, una de las cifras más bajas del mundo. Y aunque no se van a reformar los sistemas heredados de la época comunista, como la educación o la sanidad, y los medios de comunicación seguirán en manos de la oligarquía, los políticos seguirán hablando de reformar el orden social. Amartya Sen, premio Nobel de economía, afirmaba que “la pobreza no depende de la cantidad de bienes, sino de las posibilidades que tiene la gente de acceder a ellos”. Hoy, los rusos, con sus manifestaciones en las plazas de Moscú y de otras ciudades, muestran que ha llegado la hora de que Rusia sea su país, el país del pueblo.

Fotos: portada (cc) mksystem/flickr; texto: Gum, grandes tiendas: (cc) gregorfischer/flickr; Marina Arsenova: © Arsenova; vídeo: euronewses/youtube.