Rusia también tiene zanahorias

Artículo publicado el 14 de Septiembre de 2013
Artículo publicado el 14 de Septiembre de 2013

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La relación de Rusia con sus vecinos ex soviéticos la definen las tácticas de poder blando y una diplomacia de energía fuertemente armada.

Agosto de 2013 fue un mes tenso en las relaciones ruso-ucranianas: a mediados de mes Rusia bloqueó casi todo el flujo comercial con Ucrania. Sergei Gazyev, el mayor consejero comercial del presidente Vladimir Putin, no dio lugar a dudas: «Pensamos endurecer los procedimientos aduaneros si Ucrania decide tomar el paso suicida de firmar el acuerdo Acuerdo de Asociación con la UE».

Aunque el comercio entre los dos países sea ha reanudado es probable que esto no haya sido más que una advertencia en el periodo previo a la cumbre de Vilnius en noviembre, donde se ha planeado firmar un Acuerdo de Asociación entre Rusia y Ucrania (si antes consiguen solucionar todos los obstáculos). Europa y Ucrania pueden esperar más de estas tácticas de diplomacia dura que se han vuelto características de Rusia, pero la diplomacia rusa tiene otra cara. Moscú tiene todo un arsenal de potentes técnicas de poder blando que no se suelen mencionar en los medios de comunicación.

La base blanda de la diplomacia rusa

La diplomacia rusa no se basa en dar palos y ninguna zanahoria de premio. Han estado ocupados con Ucrania, aumentando la presión a través de canales extraoficiales de forma exhaustiva. Han desarrollada su propia mezcla de poder blando y métodos directos, que son básicamente el comercio y la energía. Este método, que se basa en la afinidad cultural y los negocios y valores políticos comunes, ha sido muy efectivo en las relaciones con muchos de sus antiguos vasallos.

Es verdad que Rusia no tiene que preocuparse mucho por su imagen para las masas de muchos países vecinos, en los que los procesos democráticos están subdesarrollados, por llamarlos de alguna forma. Sin embargo, la opinión de las élites nacionales sí tiene importancia. Rusia aún tiene poderosas redes de influencia económica en la esfera ex soviética, además de afinidades culturales y gobiernos déspotas que aprecian la visión de Putin sobre la democracia. Aunque estos países se sienten tentados por el glamur del desarrollo al estilo europeo, saben qué les conviene, aunque esto no sea lo mismo que les conviene a sus ciudadanos.

Mantener su influencia en Ucrania se ha convertida en la mayor prioridad de Rusia en cuanto a política internacional. Además de los intereses económicos, Rusia ve a Ucrania como una parte esencial de su propia identidad, así que su europeización entraña un riesgo existencial. Rusia tiene que construir mitos nacionales y metanarrativas para atar a los países y crear un destino común con ellos, y en Ucrania más que en ningún otro estado ex soviético.

Allí aún tiene una fuerte presencia cultural (como la Iglesia ortodoxa rusa y los medios de comunicación) que puede influenciar su opinión, especialmente la de muchos ucranianos rusoparlantes. Moscú también es un experto en cuanto a influenciar sistemas políticos fragmentados, marcos normativos pobres, debilidades institucionales y la comercialización de la política entre sus muchos vecinos. Es comprensible que el presidente ucraniano Viktor Yanukovych se preocupe por su futuro político si varios de sus oponentes están respaldados por Rusia.

En el sector privado las élites empresariales son cooptadas con sobornos y otros incentivos financieros. En Ucrania los peces gordos ya están preocupados por convertirse en el pez pequeño de un lago tan grande como la UE. Con los beneficios del mercado libre con Europa vienen las barreras que hay que superar, como una competencia más dura en el mercado nacional y mayores estándares para vender productos en la UE. A la larga estas fuerzas son muy buenas para la economía, las empresas sencillas sobreviven y prosperan en nuevos mercados. Pero los inquietos oligarcas podrían sentirse tentados de volver a aspectos de la cultura empresarial rusa (como la corrupción y los monopolios).

Dejad a Ucrania en paz

La clase política ucraniana se encuentra en una situación increíblemente compleja y debe sopesar la recompensa de corta duración de estas propuestas, y muchas veces la simple supervivencia política, con la meta máxima de una reconciliación de larga duración. Como es comprensible, las capitales europeas se sienten intranquilas al no saber cuáles son las verdaderas intenciones del país. Firmar un acuerdo mandaría un mensaje poderoso a los políticos precavidos de Kiev: que la UE quiere que Ucrania participe en su apuesta por Europa como parte de una estrategia a largo plazo, dentro de un marco que permitiría a la UE ejercitar suficiente influencia sobre futuras negociaciones.

Hasta hace poco Rusia estaba muy segura de que Europa no firmaría el acuerdo. Angela Merkel ha encabezado un grupo minoritario pero que se deja oír en el que se insiste que la iniciativa debería tomarla Ucrania haciendo alguna concesión simbólica, especialmente la liberación de la antigua Primera Ministra Yulia Timoshenko. Sea como sea, Europa debería reconocer la complejidad del panorama en la política interior ucraniana y apreciar la importancia estratégica que Ucrania ha depositado en Europa.