Rusia: una olla a presión

Artículo publicado el 10 de Julio de 2006
Artículo publicado el 10 de Julio de 2006

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Ya sean anarquistas, trabajen para ONG occidentales o apoyen a asociaciones locales de “resistencia”, numerosos jóvenes rusos luchan por un mismo ideal: un Kremlin preocupado por fin por el aumento de la pobreza.

En abril de 2005, el primer Foro Social Ruso reunió a cerca de 750 personas en los locales de la Universidad de Moscú, un número poco elevado si lo comparamos con las grandes reuniones internacionales del Oeste, pero que al menos da fe de la capacidad de organización de la sociedad civil rusa.

Como consecuencia de ese encuentro se crearon los denominados “foros regionales de resistencia”, o Soviets de Solidaridad Social (SOS), que meten en el mismo saco a grupos tan dispares como asociaciones y sindicatos alternativos, defensores de los Derechos Humanos, asociaciones de inválidos y de víctimas de la radiación de Chernobil e incluso organizaciones de jubilados.

En resumen, se ha puesto en marcha un movimiento de protesta social rusa y ello “a pesar de las tentativas de endurecimiento de la legislación del Kremlin frente a los movimientos sociales y las ONG”, como bien explica Karine Clément, investigadora francesa del Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias de Moscú. Como consecuencia de la presión europea, el presidente, Vladimir Putin, tuvo que recurrir a volver a aplicar determinados preceptos de una ley que, promulgada en noviembre de 2005, prohibía a las ONG acceder a cualquier forma de financiación procedente del extranjero.

Crece la tensión

“El aumento de la protesta se explica por la degradación de las condiciones de vida de los rusos más pobres, como consecuencia de la progresiva supresión de los sistemas de protección social surgidos en la era soviética”, afirma Clément, y así, “mientras un amplio sector de la población vive bajo el umbral de la pobreza, o sobrepasa apenas ese límite, aquellas garantías constituían una especie de “red de seguridad” para la mayor parte de las familias, incapaces de acceder por sí mismas a los recursos asistenciales, educación, transporte o alojamiento, contando únicamente con un salario que, como media, no supera los 150 euros”.

Las grandes manifestaciones del verano de 2004 y del invierno de 2005 contra el replanteamiento de temas como el acceso gratuito a los transportes públicos o a determinados medicamentos para los más desfavorecidos han sido el catalizador de las protestas.

Frente a la amplitud de ese movimiento, Putin se ha visto forzado a recurrir a las decisiones más controvertidas, si bien la consiguiente ola de privatización de las viviendas sociales ha provocado una nueva protesta social, ya que numerosos jóvenes trabajadores han sido estafados por parte de sociedades de gestión inmobiliaria encargadas de recoger fondos para la edificación de inmuebles privados que jamás fueron construidos.

El aumento de estos movimientos no institucionales se ha visto favorecido por otro lado por el bloqueo del sistema político a las acciones de los opositores o disidentes del régimen, con la puesta en marcha de trabas burocráticas. Según Carine Clément, “el Kremlin ha alentado los métodos coercitivos de las fuerzas del orden y el control de los grandes medios de comunicación televisivos, así como la puesta en marcha de una sociedad civil calificada de “oficial”, mediante la creación de órganos diseñados y dominados por el propio poder presidencial, como la Cámara Civil”. ¿La obsesión de Moscú?: “Impedir que surja en Rusia una eventual “Revolución naranja” según el modelo ucraniano.

¿Qué actitud tomar frente a Putin?

Sin embargo, “la organización del primer G8 en Rusia, en San Petesburgo, es una excelente ocasión para repartir las energías y mostrar al mundo otra imagen de Rusia distinta de la que aparece en los discursos de Vladimir Putin”, señala Maxime Egorov, dirigente del movimiento nacional contra la pobreza, la plataforma rusa de la Llamada Mundial contra la Pobreza, una coalición internacional que reagrupa a 150 millones de militantes en ochenta países.

“Vamos a aprovechar la presencia de más de 2.000 periodistas en la Cumbre del G8 para atraer la atención de la opinión pública internacional sobre el aumento de la situación de extrema pobreza en Rusia y al mismo tiempo, presionar a las autoridades rusas para que actúen en sectores como el de las viviendas sociales o el mantenimiento del acceso a la educación para todos”, explica Egorov.

Cerca de 600 representantes de ONG rusas y extranjeras se dieron cita los 3 y 4 de julio en el foro ‘G8 civil 2006’. Putin, aun habiendo acrecentado su control de las asociaciones, se ha mostrado particularmente conciliador, mostrándose dispuesto a enmendar la ley restrictiva sobre las ONG rusas.

“Debemos mantenernos firmes frente a Putin, ya que las prioridades del Kremlin se centran más en temas como la energía nuclear que en la inversión de energías renovables o la preocupación por la seguridad o la salud de los rusos”, advierte Olga Myrasova, una joven militante anarquista.

Los “alter” rusos se muestran, a menudo, más pragmáticos que sus homólogos de Occidente, que perciben el tema de la pobreza desde un punto de vista un tanto retórico, concentrándolo esencialmente en el continente africano. “Es cierto que me resultó extraño ver banderas de Lenin o de Marx cuando acudí al Foro Social Europeo celebrado en Atenas la pasada primavera -recuerda Maxime Egorov-, aunque las barreras este-oeste están a punto de ser abolidas, ya que cada parte está convencida de la necesidad de luchar conjuntamente con los movimientos sociales, ya sea desde Europa Occidental o desde cualquier otro lugar. La pobreza es en esencia, un problema universal”, concluye Egorov.