Salvador Cardús, embajador catalán ocasional

Artículo publicado el 16 de Junio de 2006
Artículo publicado el 16 de Junio de 2006

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

El sociólogo defiende la necesidad de un nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña que los catalanes votarán en un referendo el 18 de junio y que tiene que mejorar la relación fiscal con Madrid.

Salvador Cardús ha venido a París a dar una conferencia en la Maison de l’Europe. La mayoría de los asistentes, catalanes instalados en París, se han desplazado para conocer los detalles del proyecto del nuevo Estatuto de Autonomía que después de sufrir sustanciales recortes en Madrid, será sometido a referendo el 18 de junio. En cambio, a los franceses, la idea de autonomía les pone los pelos de punta. La mayoría se remueve en sus asientos cuando este profesor de universidad y periodista asegura que “los catalanes necesitan más competencias para hacer frente a nuevos retos como la inmigración”, que Cataluña padece una “recesión económica a causa de una solidaridad fiscal abusiva con el resto de España” o que “existe una insatisfacción política de carácter cultural e identitaria”.

No sé si ha llegado a convencer a los franceses, pero al día siguiente nos reunimos con este embajador ocasional de Cataluña en París en un restaurante de cocina tradicional francesa, Chez Camille, en el barrio del Marais. Nos encajan entre dos parejas. Dos dedos entre mesa y mesa y una conversación en cada oreja. Los ojos de éste sociólogo de 52 años se pasean juguetones entre el personal. ¿Qué hay? “Nada, que hay costumbres europeas que no cambian, como el hecho de hacer una pausa para comer en un restaurante. En cambio, en los Estados Unidos, la gente come cualquier cosa a todas horas”.

¡Oh... América!

Este profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) acaba de regresar de la Universidad de Cornell, donde ha estado tres meses trabajando en un grupo de investigación sobre la inmigración. Las comparaciones con los Estados Unidos son inevitables. “Me ha sorprendido el nivel de confianza que tienen los estadounidenses en su propia sociedad. La gente es muy amable, todo el mundo sonríe. Yo en Nueva York me atrevía a dejar la chaqueta con la cartera colgada en la silla e ir al lavabo”. En comparación, el sociólogo cree que la europea es una sociedad “más vieja, más cínica, menos ingenua”.

Lo que más le ha chocado es que los estadounidenses no se quejan. “En nuestro país, la gente se pasa el día lamentándose: que si todo va mal, que si los políticos, una mierda; que si la universidad no funciona, que si la calle está sucia, que si el vecino...”. Suspira y se pregunta: “¿Tan mal vivimos?” Hace una pausa y clava el tenedor en un pedazo de ternera al punto que desprende un jugo bien rojo. “Somos una sociedad desmoralizada, cansada. Pero lo que está en crisis es la percepción de la propia realidad, y no la realidad en si misma”. La ternera jugosa viaja del plato a la boca y el sociólogo continúa con prudencia, eligiendo bien las palabras: “Es posible que nos cueste asumir la complejidad social actual que hace difícil que existan los liderazgos políticos e intelectuales fuertes a los que estábamos acostumbrados. Cita como ejemplos a los ex presidentes François Miterrand en Francia y a Jordi Pujol en Cataluña.

¿De qué se quejan?

Cardús subraya que en la capital francesa todos hablan de crisis, pero él se lo mira con los ojos de un catalán: “Cuando llegas a París, te das cuenta de qué es un Estado potente. Cuando se proponen hacer una biblioteca nacional, es una biblioteca como Dios manda y cuando ves los museos que tienen, te quedas sin palabras. Si quieren llorar que lloren, pero francamente, me parecen lágrimas de cocodrilo”.

“Creo que Cataluña sufre un déficit de poder histórico. Nosotros no hemos tenido nunca la capacidad de ser potentes”, se lamenta el profesor, que ha dado numerosas conferencias en el extranjero. “En el terreno intelectual, a veces han nacido buenas ideas que no han trascendido porque no hemos tenido la posibilidad de exportarlas, de internacionalizarlas”.

Un pueblo hecho a sí mismo

A pesar de este déficit, Cardús es de los que ven la botella medio llena. “A veces no hemos caído en las malas tentaciones de quien tiene poder. Por ejemplo, la gente se pregunta cómo es posible que los flujos migratorios procedentes del resto de España en los años 1950-60 no desembocaran en un conflicto social violento en Cataluña. No pasó nada porque no teníamos poder. No había un Estado que pudiera tener la tentación de querer controlar este flujo, de imponer reglas... Nos las tuvimos que arreglar solos”. Salvador Cardús cree que el éxito del proceso de inmigración se debe al hecho de ser “una sociedad poco tutelada”. Cardús compara la situación tardofranquista de los años sesenta con la situación actual, en que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha aprobado una ley anti-tabaco de las más restrictivas de Europa. “Creo que tanta tutela puede restarnos vitalidad. Antes, nos barríamos la acera unos a otros y ahora si está sucia decimos que es culpa del ayuntamiento y nos resignamos a tener la calle sucia”.

Sueños independentistas

¿Por qué Cataluña necesita reformar el Estatuto vigente de 1979? “Cataluña se siente como un joven que vive en casa de los padres y que tiene el resentimiento porque no le dan suficiente dinero. Los catalanes tenemos ganas de tomar nuestras propias decisiones, de alcanzar la mayoría de edad”. Cardús añade: “Queremos mejorar la financiación para decidir nuestro futuro, no construido sobre un resentimiento de injusticias históricas”. ¿La independencia de Cataluña? “No creo que sea posible. ¿Para hacer qué, luego? Yo entiendo la política como una Ítaca y no como una Arcadia”. Los ojos del profesor brillan detrás de sus gafas casi transparentes: “Soy nacionalista porque pienso que mi país tiene futuro”.

El recuerdo reciente de los EE UU se impone en la recta final de la conversación. “Si tuviera 25 años, me marcharía a vivir 5 años allí. Son espectacularmente receptivos con las nuevas ideas”, asegura Cardús. Sin embargo, el profesor piensa que “pagan un precio carísimo por ser así. No tienen ningún tipo de vinculación con el territorio y están en movimiento permanente”. Los ojos se le inundan de alegría cuando recuerda un concierto de la irlandesa Mary Black: “Fue una experiencia inolvidable”, rememora, pero en seguida se le muda la expresión: “Lástima que no tenía nadie con quien compartir mi emoción, ya que fui completamente solo”. Y concluye ya con la vista puesta en Cataluña: “Todos tenemos tarde o temprano la necesidad de echar raíces y en mi país vivimos muy bien y nos cuesta movernos”.