Sandra Calligaro, fotógrafa de guerra (y paz) en Afganistán

Artículo publicado el 20 de Marzo de 2012
Artículo publicado el 20 de Marzo de 2012

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

En el oeste, Afganistán es sinónimo de "guerra" pero para la fotógrafa francesa Sandra Calligaro es más bien la “madre patria”. Hace cinco años que decidió hacer su vida allí. Una conversación sobre la fotografía, los prejuicios y el paso a la edad adulta.

Antes de conocerla nos imaginamos qué apariencia tiene. Extenuada, hastiada, envarada en un oscuro velo. Lo que damos por seguro es que reflejará la guerra, todos esos años pasados entre bombas y extraños. Sandra Calligaro es fotógrafa, tiene 30 años. Vive en Afganistán desde que cumplió los 25. En la página de inicio de su página web, una foto muestra a una niña delgada, casas destruidas, montaña, arena. Como nos lo habíamos imaginado. Solo cuando nos encontramos con Sandra comprendemos que todo lo que pensábamos era falso. No sabemos nada de su profesión ni de Afganistán, su país.

En realidad, sigue pareciéndose a la estudiante de arte que algún día fue. Los ojos con la raya negra, la piel pálida. Un jersey negro, vaqueros, zapatillas. Viene de estar varios días con su familia, tiempo de permitirse una sobredosis de vino y queso, dice ella alegremente, y de visitar una exposición. “Todo lo que no puedo hacer en Kabul", dice ella, riendo. Ríe sin cesar durante nuestra conversación y si no fuera porque está bebiendo un té a la menta en medio de todos esos parisinos que piden café, podría ser uno de ellos.

Convertirse un día en fotógrafa de guerra

¿Qué haces en medio de ese país perdido?, es lo que me apetece preguntarle. ¿Qué diablos te empujó a ir allí? “Un amigo me sugirió que Afganistán podría ser interesante para mi trabajo”. Eso fue en 2007, justo después de que obtuviera su diploma en fotografía en una universidad de París.

Kabul, 2011

“Era tan joven-explica Sandra- curiosa, inquieta, con energía". Aparta las negras trenzas de su cara, su mirada parece perderse a lo lejos. Convertirse un día en fotógrafa de guerra…¿no era lo que siempre había soñado? Así que se compró un billete para ir a Kabul. “Recuerdo esa luz. El sol, el calor, el polvo”. Era una cálida jornada de marzo. Había tres cosas que Sandra conocía en Kabul: el número de un conductor de taxi que hablaba francés, un hotel en el que los extranjeros estaban a salvo y un restaurante que solían frecuentar los periodistas cada tarde. Era una aventura para ella. Solo se quedaría un mes. Se acabaría quedando cinco años.

Dice que es Afganistán lo que le hizo crecer. En esta tierra se convirtió en todo lo que hoy es: una fotógrafa, una periodista, una mujer adulta. Durante los primeros días tenía miedo de enfrentarse sola a la aventura. Unas semanas después, manejaba un poco el darí, dialecto afgano del persa. Quiere enseñar la vida, enviar un mensaje positivo al mundo diferente al de la muerte y la destrucción.

Kabul, “mi ciudad”

Sandra acompañó a heroinómanos a una clínica de desintoxicación y siguió las primeras elecciones libres. Atravesó el país en taxi, sentada en el asiento trasero y envuelta en un burka. Apretaba con cuidado la cámara contra el cristal. “Jamás había fotografiado paisajes antes- cuenta- Sin embargo, era lo más bello que todo lo que había visto hasta entonces”. Sandra aprendió las costumbres del país: una mujer debe hablar dulcemente, estar tranquila, no dar la mano a los hombres. Pero jamás fue rechazada, ni maltratada, más bien al contrario. “La cultura afgana es la más acogedora que he conocido". Viajó, vivió, encontró una habitación en Kabul, hizo amigos, occidentales y locales. Sandra vendía sus fotos a Le Monde y a Paris Match. Afganistán se convirtió en el centro de su vida. Iba a París solo unos meses al año para visitar a su familia y a sus amigos.

“La cultura afgana es la más acogedora que he conocido”

Cuando conoces a Sandra Calligaro aprendes a conocer mejor tres cosas: a ella, Afganistán y a ti misma. Las historias de Sandra dan la vuelta a las representaciones de la televisión, a los prejuicios, el sentimiento de que nuestro mundo es el único posible. Algunas semanas más tarde, Afganistán será sacudido: soldados americanos queman varios coranes y la cólera de numerosos afganos explota en violencia. Sandra lo había previsto. “Una cosa ha cambiado- dice, desde hace más o menos dos años”. Quedó claro que la OTAN había fracasado. “Si preguntas a un afgano qué representa la democracia para él, responderá: corrupción”. Es la primera vez en esta mañana que mira al sol y hace una pausa. “Va a haber una guerra civil”.

Pero ella va a regresar. Ningún lugar en el mundo le ha tocado tanto, nos confía Sandra. Pero, ¿adónde irá después de haber aprendido todo sobre la vida en Afganistán? ¿Qué ha aprendido exactamente? “Que nadie debería quedarse en la superficie”, según ella. “Quien quiere conocer algo de verdad que cavar más profundo”. Suena a eslogan.

Fotos: ©Sandra Calligaro